Entre creyentes

Desde hace 60 años y cada primer jueves de febrero, en el Washington de los corredores del poder, de cabilderos de las causas más disímiles y capital del país capitalista por excelencia, se reúnen líderes locales y de todo el mundo, congresistas, empresarios y diplomáticos, encabezados por el presidente norteamericano de turno. Se congregan al despuntar la mañana, cuando aún el rocío no ha desaparecido de los parques alfombrados con las hojas muertas que dejó el otoño, y antes de los alborotos del congestionamiento del tránsito que marcan el inicio de la jornada laboral en la línea divisoria entre el sur y el norte estadounidense. Los tantos problemas del mundo no son la razón de una convocatoria que atiende gente de más de 100 países. La salvación que se busca no provendrá de las órdenes que podrían emanar del Pentágono, al otro lado del dormilón río Potomac. Tampoco de las ideas o análisis de los tantos tanques de cerebro que tienen su asiento en las calles gentiles de la ciudad que lleva el nombre del preclaro general que enfrentó con éxito a las tropas coloniales británicas.
Ese cónclave, amalgama de nacionalidades, idiomas, culturas, mentalidades y abanico de colores epidérmicos bajo exigentes medidas de seguridad pese al mundo pos Bin Laden, tiene una sola finalidad, indicada claramente en la codiciada invitación que cursa invariablemente cada año un distinguido grupo de senadores y representantes: rezar. Se trata del Desayuno Nacional de la Oración (National Prayer Breakfast), al que han asistido sin fallar todos los presidentes norteamericanos desde el precursor del evento, Dwight David Eisenhower, el general que salvó a los ingleses al encabezar el desembarco de Normandía, paso importante en la dirección correcta para destruir la maquinaria bélica nazi.
No me atrevería a decidir entre el poder de la oración o el que se concentra en el inmenso salón en los intestinos del Washington Hilton, el mismo hotel en cuya parte frontal se produjo el atentado contra el presidente Ronald Reagan, a quien se le olvidó, como jocosamente proclamó posteriormente, agacharse como tantas veces hizo en las películas del oeste en las que también peleaba contra los malos, claro, sin la contraparte efectiva de Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II. Estoy entre creyentes, y con la frase me apropio del título del libro donde el caribeño y premio nobel de literatura V. S. Naipul relata su viaje emblemático por el mundo del islam, él, con antecedentes familiares inmediatos en la India milenaria.
Estados Unidos es un país de creyentes, de cristianos de todas las clasificaciones y que extraen de la Biblia las lecciones más disímiles, algunas fundamentalistas, guiados por el derecho a interpretar el texto de acuerdo al mejor aviso. Esa libertad para la exégesis de escritos que agotan milenios se refleja con vigor en el espíritu del norteamericano, cuyo himno nacional proclama con notas altas la definición del continente patrio como la tierra del hombre libre. Una vuelta al dial mientras se recorre la distancia inagotable del paisaje estadounidense revela un número asombroso de radioemisoras religiosas, y a la vuelta de cualquier camino o calle, sobre todo en el sur, hay una iglesia de una denominación que se escapa al pequeño mundo de un cerebro caribeño e isleño. No extraña, pues, que el Desayuno Nacional de la Oración se haya convertido en una tradición de peso. Se remonta al 1935, en Seattle, cuando diecinueve ejecutivos se reunieron a discutir la situación crítica que confrontaba esa ciudad del noroeste, castigada con dureza por la Gran Depresión. No encontraron mejor antídoto para su desesperanza que rezar, empujados por el ejemplo evangélico de Jesús cuando invitó a varios de sus discípulos a desayunar en las orillas del Lago de Tiberíades.
"Los ejecutivos de Seattle continuaron reuniéndose periódicamente, y así surgió una nueva visión de servicio útil en la vida. Su compromiso creció hasta convertirlos en agentes de reconciliación en sus vidas personales y en su comunidad de negocios. Entre ellos se desarrolló una preocupación por los pobres y la gente oprimida en su ciudad y más allá", relata la historia en el programa de la reunión washingtoniana. Mi mesa, la 35 entre más de 300, es una torre de babel que remedia la nueva lengua franca, el inglés. Una pareja de Corea del Norte, otra de Noruega, una más de Rusia, una señora china, un norteamericano, un armenio y, no podía faltar, un dominicano. Casualidad, el noruego a mi lado no carga consigo la frialdad de sus tierras heladas para estas calendas y pronto me cuenta que República Dominicana es la tierra soñada para su hijo, donde pasó recientemente seis meses en la escuela mejorando el español y deslizándose en tabla por las olas encrespadas del Atlántico, en el litoral norte.
¿Coincidencia? No importa, estoy entre creyentes y la fe reina suprema. Todos en la mesa asisten con devoción a las invocaciones bíblicas de los senadores y representantes en la mesa principal. Nos diferencia el camino para llegar a las mismas metas. Para ellos, la solidaridad, la obligación de hacer el bien en la medida de nuestras posibilidades, la autenticidad en nuestras creencias, el convencimiento de que el interés común está por encima del individual, proviene del comando de un ser superior. Es una doctrina que apuntalan con citas bíblicas que en este desayuno son más abundantes que los manjares servidos.
Todas las religiones, sin excepción, prescriben en mayor o menor medida lo que ha devenido práctica indispensable para la vida en comunidad. Esos valores se encuentran, con las particularidades culturales anejas al origen de las religiones, en el islamismo, judaísmo o budismo. E, incluso, en filosofías más antiguas que los Evangelios, como el confucianismo. La obligación evangélica, que transita por la mediación divina, es, a mi entender, intrínseca a la naturaleza humana y a nuestro marcado gregarismo. Sin embargo, esa misma libertad que se respira a raudales en la tierra del hombre libre y que es un derecho consubstancial a todos, obliga al respeto al otro. Ante el creyente me inclino con reverencia, y no es pose sino un convencimiento, una cuestión de principios.
Las convicciones de los verdaderos cristianos son admirables. Sobre todo cuando las llevan a los hechos, como descubro de inmediato en la conversación con los nuevos amigos noruegos. Trabajan con la pareja de norcoreanos a su lado, y ellos, cristianos también, son sus invitados. En pocos minutos y mientras doy cuenta de los trozos de frutas que aún quedan (fui el último en llegar), se despierta mi admiración hacia esta pareja ya entrada en edad, él, agente de viaje y ella, maestra oriunda de Bergen, donde comienza o termina -depende si se viene del sur o del norte-, una de las maravillas del mundo y ante cuya belleza el mortal se siente anonadado: los fiordos noruegos. Es también la tierra de Edvard Grieg, el compositor cuya música nacionalista canta a la naturaleza. Su casa-museo, en las afueras de esa ciudad, es sitio de peregrinación obligada, incluida la sala de concierto construida a un costado.
Sabedores de las tantas desgracias que aquejan a los norcoreanos, esperaron pacientemente por años a que las autoridades de ese remoto rincón asiático que aún acuna el estalinismo más rancio se convencieran de que no eran espías. Iniciaron una obra admirable y que ya cuenta con autonomía, administrada por la pareja de coreanos cuyos ojos se iluminan y luego se humedecen al escuchar el himno religioso que entona un prodigio de apenas diez años, Jackie Evancho. Tras escucharla, ya no me interesa si los ángeles existen y cantan. Uno encarnaría en esa niña, a la que Michelle y Barack Obama felicitan efusivamente antes de abandonar el inmenso salón.
El proyecto se llama Iniciativas para el Desarrollo del Área del río Tumen (TRADI, por las siglas en inglés). Se desarrolla en la apartada geografía del norte, en una zona de comercio llamada Rason y que incluye a las ciudades de Rajin y Sanbong, relativamente cerca del triángulo fronterizo con China y Rusia. El ingreso promedio es de menos de dos dólares al mes y las hambrunas, frecuentes. Cada día, estos intrépidos ciudadanos dan pan y leche de soya a trece mil niños. Mediante varios proyectos se proponen "no sólo satisfacer necesidades prácticas sino también alimentar y fortalecer el espíritu de la comunidad". Así reza en el pequeño folleto que me entrega el señor Duck Soo 'Peter' Hahn. Curioso, nada delata la inspiración religiosa de la tarea, explicable por las condiciones políticas en la dictatorial Corea del Norte. Con o sin la factura cristiana, el trabajo de estos coreanos y su contraparte noruega tiene que llegar por igual al corazón del creyente como del no creyente.
Con los años, TRADI ha mejorado la calidad de vida de esta gente que no aparece en el radar interesado de la política de las grandes potencias o en la lucha de poder que se da hoy en día en Asia, con la emergencia de China como una gran potencia ante los ojos preocupados de Rusia y Japón y, del otro lado del Pacífico, Estados Unidos. Vale más enseñar a pescar que regalar alguna vez un pescado. En vez de simplemente repartir alimentos y dinero, TRADI arrima el hombro a la gente de la comunidad a la que sirve, emplea y entrena para el futuro. Han conseguido que el Estado done un millón de metros cuadrados de terrenos y ahí levantan un poblado al que llaman Piedra Blanca. Han construído una segunda planta de fertilizantes, un centro de cuidado infantil y hay planes para un taller de reparación de equipos agrícolas, una procesadora de alimentos, una plantación de árboles maderables, ganadería y una escuela vocacional. Un propósito resume la tarea, no muy distante de los testimonios que oigo como oración: cambiar vidas.
Habla Obama y reivindica el bienestar del hombre como la razón final de la acción de gobierno. Da constancia de su fe, de sus oraciones y de las llamadas de amigos y pastores para unirse en plegarias. Es otro creyente. No vacila en afirmar que reza para recibir luz antes de tomar sus decisiones. La invocación final, como para que nadie argumente que la religión es cosa de viejos, corre a cuenta del fervor de Robert L. Griffin, III, una estrella del baloncesto y ganador del Trofeo Heisman correspondiente al 2011. Antes, desafía a un juego amistoso de baloncesto al presidente, practicante confeso del deporte del aro, y promete no hacerle daño y repetir así ese labio roto que sufrió el mandatario en un uno a uno con un amigo, no hace mucho.
Termina el desayuno, mas no la oración. Porque, ¿qué es la vida sino una oración constante, una búsqueda inagotable de aliento para enfrentar las adversidades, un escarbar en lo más profundo de nosotros mismos para desenterrar la inspiración que nos haga más sabios y prudentes, más valientes para reconocer los errores y humildes en la celebración de los triunfos? ¿Y para qué la excelencia una vez salvado el ego sino para servir al otro? Yo le llamo ejercicio de humanidad. Pero no me desalienta e inquieta si otro lo denomina cristianismo o religión. Al final, yo también rezo a mi manera y sin intermediario.
Porque, ¿qué es la vida sino una oración constante, una búsqueda inagotable de aliento para enfrentar las adversidades, un escarbar en lo más profundo de nosotros mismos para desenterrar la inspiración que nos haga más sabios y prudentes, más valientes para reconocer los errores y humildes en la celebración de los triunfos? ¿Y para qué la excelencia una vez salvado el ego sino para servir al otro?
Aníbal de Castro
Aníbal de Castro