Este empeño sabatino solo busca decir cosas sin mayores pretensiones, revivir recuerdos y experiencias, celebrar el fracaso de las convenciones y rescatar lo aparentemente banal en un ejercicio alegre en el que la palabra artesanalmente trabajada sirve de verdadero protagonista. Mi otro desempeño, el profesional, es tienda aparte. Empeño y desempeño, sin embargo, coinciden esta vez en un corto atado de cabos que conducen hasta el dominicano en Estados Unidos, héroe de una historia aún no escrita con la propiedad debida.
Que el dominicano de allá es un calco del de aquí no lleva lejos. La condición de inmigrante en una sociedad con una cultura marcadamente diferente, idioma incluido, impone de por sí otras consideraciones. Otros son, además, los resultados, producto de una cotidianidad cargada de drama tanto en los sueños destrozados o convertidos en realidad halagüeña como en el desarraigo. No hay instancia oficial o privada que haya tocado en mi peregrinar diplomático por la capital norteamericana con su Casa Blanca en el listado, donde no se resalten la contribución dominicana y el espíritu emprendedor de quienes se han marchado con sus esperanzas al norte revuelto y brutal. No han huido de nada salvo de la desesperanza, y las puertas por donde salieron continúan abiertas de par en par. Han apostado por el "American Dream" mas no necesariamente por el "melting pot". Son los muchos, no los pocos que aparecen en la crónica de los desaguisados.
Quizás porque los aprestos electorales copan la atención nacional, quizás porque el periodismo local acusa una negligencia imperdonable, la muerte de siete miembros de una familia dominicana en un accidente de tránsito en el Bronx neoyorkino ha pasado sin la atención merecida. Se escapó esa tragedia por el sumidero de las noticias intrascendentes, de ésas que pueblan nuestros medios cargados de tantas declaraciones y tan pocas aclaraciones luminosas. No me canso de repetir que cuando más he aprendido de mi país ha sido en el exterior. Tocó a un periódico extranjero, The New York Times, recoger en un reportaje esclarecedor la saga de los Núñez y su brusca interrupción en una autopista urbana llamada Bronx Parkway River. El Honda Pilot en que viajaban camino a la misa dominical saltó las barreras de la medianía y el lateral de los carriles contrarios y cayó 60 pies en una área desierta de un zoológico. Todos los ocupantes perdieron la vida.
Es la saga típica de una familia de inmigrantes. Julia Martínez y Jacobo Núñez solo conocían la miseria de su natal Dajabón, en la línea fronteriza con el país cuya indigencia abundante nos hace lucir ricos. Corría la década de los años 70 y a una hija se le ocurrió buscar fortuna en el Nueva York de las ilusiones. Pasaron los años, y seis hermanos le siguieron los pasos. Echaron allí raíces e iniciaron la conversión del sueño americano en realidad. Otra fue ya la suerte de la segunda generación, alejada de la condena a la pobreza que suponía aquel pedazo de tierra fronterizo apenas suficiente para la subsistencia y un pequeño excedente generador de algún efectivo en el mercado local. Para Ana Julia Martínez, de 81 años, y Jacobo Núñez, 85, fue su tercer y último viaje en una década a la ciudad que nunca duerme. En la jungla urbana los sorprendió el sueño eterno, junto a miembros de la familia nueva y vieja.
La nota periodística trasciende el simple relato de los detalles de un accidente. Sin decirlo, invita a una reflexión dolorosa sobre las paradojas de la vida y las sorpresas del destino. Los Núñez son una familia profundamente religiosa, católica, aferrada a valores tan fuertes como el amor a la tierra del verdadero campesino dominicano. En la información se destaca una de esas virtudes, y que retrata de cuerpo entero al grueso de nuestra comunidad en el exterior: la ética del trabajo. La heredaron de sus padres y la transmitieron a sus hijos, convencidos de que en la vida escasean las facilidades y a la mayoría toca esforzarse con denuedo para educar a los descendientes y proporcionarles un futuro menos severo. Otro saliente de la personalidad del inmigrante emerge a lo largo de la crónica, y es el enraízado concepto de la familia como correa de transmisión de las tradiciones y nuestra cultura.
La nueva generación de los Núñez viajaba en las vacaciones al país. Todos se reunían con frecuencia, y después de la visita a la iglesia de la Sagrada Cruz la familia disfrutaría de una comida dominical en la que no faltarían el arroz, las habichuelas, los tostones y algún trozo de puerco asado. ¿Dónde? En la casa de Juan González, el esposo de aquella joven que dio el salto en 1979, comprada con el dinero ganado como taxista, uno de los oficios más duros en Nueva York y que ahora solo desempeñan inmigrantes como los Núñez. No murieron siete dominicanos innominados en un accidente de tránsito. Se perdió una parte importante de una familia noble, ejemplar, representante de lo mejor de nuestro pueblo. Pobre, sí, pero rica en valores y siempre dispuesta a dar el paso al frente en el cumplimiento de la sentencia bíblica de ganar el pan con el sudor de la frente. Aunque mis ideas del más allá y el destino de los restos mortales sean otras muy alejadas de la norma cultural nuestra, celebro que cuando la misión diplomática que encabezo se comunicó con el Consulado dominicano en Nueva York para pedirle ayudasen a que los cadáveres fuesen trasladados a la tierra patria, ya la solidaridad y sentido del deber de nuestra representación se habían manifestado con largueza.
La comunidad dominicana, directa o indirectamente, ocupa la atención del diplomático. Sin buscarlo, el drama llega en episodios que se repiten, a veces simultáneamente; o en cadena, como si la dureza de la vida del inmigrante necesitase de incentivos adicionales para mutar en calvario real. Las deportaciones, por ejemplo, suelen ser el epílogo de un cúmulo de desgracias. No todos son narcotraficantes o criminales redomados con los que no puede la sociedad norteamericana, la misma en cuyo seno aprendieron las malas artes que ahora llevarán como material importado a la patria que los vio partir hace mucho, o en la que nunca hicieron vida adulta. No me toca juzgar la bondad o maldad de las leyes del país donde represento al nuestro. Las consecuencias, que nos golpean de lleno, si importan, y son funestas. Si estuviesen limitadas a la angustia que embarga a quien ya cumplió condena pero ignora la fecha de la deportación. Si no pasasen de la impotencia ante la imposibilidad de salvar del abismo a quien cometió una infracción leve y debe pagarla con la remoción forzosa del país que creía suyo. Si el yo careciera de la compañía de las circunstancias. Ejercicio futil cuando se cae en cuenta de que con el deportado se irá la unidad de una familia, de que esposas se quedarán sin maridos y viceversa, e hijos sin padres. Nadie dice que no sean acreedores del castigo que les impuso el juez. Vale preguntarse, empero, si con el cumplimiento de la condena se retribuyó a la sociedad, ¿por qué agregar otra pena que cumplirán por igual el reo y los inocentes?
Esta señora es de San Francisco de Macorís, de mi tierra. La deportaron después de vivir 15 años en Boston, sin importar los dos hijos, de cuatro y doce años, salidos de una unión libre con un norteamericano. Una pariente lejana suya les dio albergue, pero una corte concedió la custodia al padre y a la madre extrañada le fue imposible comunicarse en lo adelante con sus vástagos. Intervino nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores (MIREX) vía la representación consular en Nueva York. No había manera de saber qué suerte habían corrido los dos niños hasta que se logró contactar al mayor y verificar que su bienestar peligraba. De nuevo a una corte y felizmente una decisión favorable: ahora los dos niños viven con su madre en República Dominicana.
En silencio por razones entendibles, sin vanaglorias, Relaciones Exteriores opera con mucho éxito y pocos recursos materiales un departamento de auxilio a los nuestros con problemas en el exterior. Aquel dominicano emigró y logró llevarse legalmente a su hija nacida en la tierra dejada atrás. Casó con una norteamericana y luego fue enviado a prisión por tráfico de drogas y posteriormente deportado. La hija, ya una adolescente de 15 años, quedó en manos de la madrastra pese a su deseo expreso de marcharse a República Dominicana a reunirse con su papá y su verdadera mamá. Radicada una solicitud a una corte en tal sentido, fue rechazada en una primera instancia. No por eso la representación consular dominicana se arredró. Se coordinó que la madre fuese a la sede de la Cancillería, desde donde se arregló una conferencia telefónica con el juez y un traductor en Estados Unidos. Los argumentos y lágrimas de una madre son irrebatibles, y el juez cedió. Familia reunida.
Reciente en el recuerdo la comunicación de una agencia de protección de menores de Carolina del Norte. Tenía bajo su custodia a dos hermanas, de once y doce años, cuyo padre sería deportado por maltratar a su mujer norteamericana y probablemente a las hijas. La madrastra tenía sus razones para desembarazarse de las dos niñas, nacidas en República Dominicana y cuyo estatus legal estaba próximo a expirar. El propósito era enviar a las dos hermanitas de vuelta a su país, pero la agencia quería asegurarse de que alguien apropiado las recibiría y les brindaría un hogar. Contactado MIREX, de inmediato se buscó la ayuda de CONANI y dos especialistas fueron enviados a María Trinidad Sánchez para una inspección social. Tras la investigación in situ, se determinó que un tío, con hijos propios y un hogar estable, reunía las condiciones para convertirse en tutor. Satisfechas las aprensiones de la agencia norteamericana, enviaron un especialista con las niñas en un vuelo a Puerto Plata donde los aguardaba la contraparte de CONANI y el tío. Alivio para la Embajada dominicana en Washington y un final color de rosa para un capítulo que pudo haber concluido con dos dominicanos en un centro de atención a menores en Estados Unidos o con una familia adoptiva extraña.
Son esos otros dominicanos los que aportan con sus envíos una cuota apreciable del producto interno bruto, los que han llegado a posiciones de principalía en el Washigton del gobierno federal, en universidades de prestigio, en la práctica privada de profesiones liberales. Son ellos los que vadean ríos de nieve en los inviernos crudos para llegar al centro de trabajo y construir día a día para sus hijos y familiares un futuro diferente al que les aguardaba en Santo Domingo. Gracias a ellos y lo que he visto y nadie me ha contado, he recuperado el orgullo de decir que soy dominicano y el representante de mi país, pequeño pero noble. Como los Núñez, cuya hoja de vida he visto, satisfecho, reivindicada por uno de los mejores diarios del mundo.