El erotismo guarda luto

Aquel cartel enorme con la figura seductiva y tentadora de una actriz veinteañera dominó por años la fachada de uno de los cines en la emblemática avenida parisina de los Campos Elíseos, a unos pasos del archiconocido restaurante Le Fouquet donde Nicolas Sarkozy celebró su triunfo electoral sobre Ségolène Royal.
Apropiadamente llamado Triomphe por la cercanía al monumental arco del mismo nombre, la sala cinematográfica acogía diariamente en sus múltiples tandas a centenares de franceses y a una babel de turistas, atraídos por la belleza estática de Sylvia Kristel, convertida en una Emmanuelle atrevidamente lasciva de la que nunca más logró desprenderse en vida. Inmunes al tiempo, a la veleidad de la moda y las costumbres, el filme y su protagonista estamparon el cine erótico con una frescura y candidez que atraparon a los espectadores durante once años sin interrupción, hasta entrada la década de los años ochenta.
El jueves cundió urbi et orbe la noticia de que Silvia Kristel había muerto, exterminada por un cáncer que nació en su garganta y luego se le desplazó agresivamente por los pulmones y el estómago. Frisaba los 60 años y solo quedaban vestigios del atractivo de aquella mujer que nos encandiló a todos en un viaje furtivo hacia el deseo, que subvirtió emociones y sembró fantasías en la mente fértil que acuna los pensamientos en los años jóvenes. Las ediciones digitales e impresas de los grandes diarios, incluido el francés y solemne Le Monde, nos trajeron la foto de un rostro avejentado, de piel atropellada por los años y una vida en la que hicieron mella el alcohol y las drogas. Apenas emerge un recuerdo fugaz de aquella belleza a la vez calmada y excitante en los ojos verdiazules aún radiantes, colores que transportan al exotismo de la Tailandia donde vivió sus aventuras placenteras la ninfa cinematográfica.
La trama de la película se encamina por lo simplón, como si adrede se hubiese allanado el libreto con una ausencia total de vericuetos y trampas que desviaran la atención de una Emmanuelle exuberante, con los sentidos en ebullición, dispuesta a contrariar las convenciones sin importar el lugar o las circunstancias. El síntoma predominante en el ama de casa encarnada por la actriz holandesa es el aburrimiento, marcadamente contrario al efecto que provoca en el espectador a fuer de un lenguaje fílmico cargado de sensualidad.
Las escenas de sexo en el largo trayecto aéreo de París a Bangkok fueron de alto vuelo para la época y sin lugar a duda se llevaron las palmas en pulsión onanista. Era época en que la moralina aún arropaba sociedades con un manto retrógrado, caso de la España franquista que forzaba a cruzar los Pirineos para encontrarse con Emmanuelle y Marlon Brandon y María Schneider en El último tango en París. Sylvia Kristel se impuso a la llaneza de la trama. Pese a su educación conventual, personificó una mujer presa del deseo y dispuesta a la exploración erógena de su cuerpo con una diversidad de amantes en prácticas de las que ni siquiera el sadismo o el lesbianismo estaban excluidos. Toda una revelación para esos tiempos, y de ahí la etiqueta feminista con que algunos quisieron identificar el filme, con el que me encontré sigiloso, subtitulado en inglés, en la sala del Triomphe en mi primer viaje a la Ciudad Luz en el verano de 1975.
Nunca segundas partes fueron buenas. Siguió una secuencia de fracasos, de intentos burdos por replicar aquel hito que entreabrió una nueva puerta al erotismo en el cine al tiempo que recordaba en las sociedades más diversas y repartidas por todo el mundo algo básico, extraviado en la gazmoñería: el placer tiene el sabor dulce de la satisfacción, y sus fronteras, si entre adultos responsables, las determinan ellos mismos. Otra Emmanuelle era imposible al margen de la Sylvia Kristel que se nos presentaba en los afiches de promoción sentada en un sillón de mimbre con el espaldar en forma de cola abierta de pavo real. En el cuello, un collar de perlas que con una mano intenta llevar a la boca, a contrapelo del monopolio de atención que reclaman aquellos senos turgentes al desnudo, completamente naturales, quién sabe si un anticipo de la magia posteriormente inventada por los cirujanos plásticos para el disfrute de todos los mortales. A la imaginación tocaba el resto, cubierto a medias por una ropa íntima belle époque, y unas botas que simbolizan poder.
Emmanuelle fue gloria y desgracia de la actriz europea. Aunque logró otros papeles bajo la atención de directores de cine prestigiosos como Roger Vadim y Claude Chabrol, siempre se la vio como la sacerdotisa oficiante del erotismo fílmico, desprejuiciada, apasionada, y para quien el sexo era el único antídoto eficaz para la vida deslustrada como mujer de un diplomático francés, comprensivo y libertino, pero indispuesto para los reclamos carnales desbordados de la esposa que se había encontrado a sí misma en el hedonismo. Aun los más puristas encuentran arte en las simulaciones sexuales de Sylvia como Emmanuelle, a distancia de la vulgaridad o de la pornografía que ha remplazado casi por completo el sensualismo en el celuloide. La compenetración de la actriz con el personaje se desdobla en escenas de una espontaneidad sorprendente, en la que cada gesto, cada movimiento, cada expresión rebosan un erotismo sublime, apenas insinuado pero igualmente eficiente en comunicarnos un cuadro de lujuria contenida.
Le Monde refiere que la película se estrenó el 26 de junio de 1974 en nueve salas y, contrario a las predicciones desastrosas, rompió récord de taquilla sin que hubiese una explicación atendible para tanto éxito. Influirían la presentación en salas normales, sin el estigma de esos antros consagrados al porno, y un relajamiento de las normas estrictas que regían hasta unos pocos años atrás. Sin embargo, los británicos, víctimas de la censura y del puritanismo, no pudieron disfrutar de la versión completa hasta el 2007.
Contrasta Sylvia Kristel con otra actriz erótica que nos llegó desde los confines australes del Nuevo Mundo. Hace apenas unos días se cumplió medio siglo del estreno de El trueno entre las hojas, cinta en la que Isabel Sarli protagonizó el primer desnudo total del cine latinoamericano. De la mano de Armando Bo -productor, actor y director-, la beldad argentina se convirtió en la reina del erotismo con su cuerpo bien torneado, glúteos arrolladores y senos creados para la prisión de sujetadores de talla mayor, entre muchas posibilidades.
Las películas de la dupla argentina hicieron historia en el desaparecido cine Independencia frente al lado occidental del parque del mismo nombre, en el Santo Domingo pacato. Era, sin embargo, otro erotismo, menos refinado y por tanto peligrosamente cercano a la vulgaridad. Los atributos físicos de Isabel Sarli, pronunciados y con superávit de material, no necesitaban de apoyo alguno de la imaginación para descontrolar las emociones del público variopinto que la idealizaba en las tantas salas del continente donde sus películas aseguraban un lleno completo.
Si el libreto de Emmanuelle peca de simplón, los argumentos de los filmes de la voluptuosa Isabel Sarli se aproximan a la ramplonería. Repetitivos, de arte escaso, centran la historia en un hombre entrado en edad como pareja de la Sarli, cuyos apetitos sexuales solo encuentran correspondencia en una anatomía joven. Para mayor ahorro de originalidad y creatividad, el reparto se quedaba en la familia: el binomio Isabel-Armando Bo, y el hijo de éste, Víctor, quien recientemente aparece en un vídeo colgado en YouTube embistiendo contra la censura. Contonearse, provocar silbidos y encender la libido en las masas afines a la cultura sazonada de pueblo no requiere de mucho, salvo carne femenina repartida con sentido de justicia por casi todo el cuerpo, y de injusticia en las posaderas y las glándulas mamarias, no precisamente para avalar las tesis freudianas. Sirva de explicación adicional el título de la última producción teatral en que participó: Tetanic.
Al igual que la Kristel, "Coca" Sarli había sido reina de belleza y modelo. Con una treintena de películas y 77 años a cuestas, la presidenta Cristina Fernández acaba de declararla "embajadora de la cultura popular". ¡O tempore, o more! En el decreto enaltecedor se la describe como "una verdadera representante de la cultura nacional, tanto por sus dotes de actriz cinematográfica, como por estar considerada un ícono popular de su época y una figura emblemática del cine argentino".
Podría discreparse de los merecimientos decretados para mayor gloria de la hoja artística de Isabel Sarli, pero su paso por el mundo cinematográfico latinoamericano ciertamente simboliza una época y describe el estado de la cultura de masas en nuestro lado del globo. Fue víctima repetidas veces de la censura, impuesta en ocasiones por los regímenes militares que usurparon el poder en la Argentina durante las cuatro décadas en que ocupó lugares de precedencia en la cinematografía y el gusto de ese país y del continente. También en nuestro pedazo de isla la mojigatería con autoridad censurable despojó a los asiduos al Cine Independencia y las salas populares de la voluptuosidad de Isabel Sarli en las escenas más tórridas junto a su mentor y amante.
Ambas actrices y sus promotores, salvadas las diferencias, apostaron a un erotismo a horcajadas entre el despertar sexual y la seducción, con atisbos de acción física suficiente para levantar las emociones. Tanto la filmografía de la dupla argentina como Emmanuelle rompen con el voyerismo ginecológico y legitiman el deseo sin llegar a la crudeza de la pornografía, potenciada ahora por el internet a niveles comerciales insospechados.
Sylvia Kristel se ha marchado, a destiempo y despojada por los años y el descuido existencial de su garbo, de la belleza sencilla, impactante que cautivaba desde la inmovilidad de ese cartel gigantesco frente al cine Triomphe de los Campos Elíseos en el París desinhibido de los grandes cabarets como el Lido, Crazy Horse y el Moulin Rouge, cuyas bailarinas inmortalizó Toulouse-Lautrec mucho antes de que el cine nos regalara otra versión del erotismo, esta vez a cargo de una joven holandesa.
Como compensación por su partida, nos deja a Emmanuelle, -cuerpo esbelto, rostro inmarcesible y atributos de estatua griega-, la siamesa de la que finalmente ha logrado liberarse: ya nunca más podrá encarnarla ni verla. Y con ella y el erotismo rescatado, hay apoyo suficiente para aferrarse al recuerdo de una época hija de la revolución del '68, uno de cuyos lemas aún resuena con fuerza en toda ansia de libertad y de expresión del deseo: prohibido prohibir.
Aníbal de Castro
Aníbal de Castro