A DECIR COSAS|17 nov 2012, 12:00 AM|POR Aníbal de Castro

Sobre cuestiones generales

China, el país más populoso de la tierra y con una economía cuya salud es seguida con igual cautela en todos los rincones del mundo, recién renueva todo su complicado entramado de poder. La crisis europea y no la reelección de Barack Obama mantienen las bolsas mundiales, centros neurálgicos del capitalismo, de capa caída: ya es oficial, la zona euro entró en recesión. En Siria continúa la carnicería de civiles en medio de un conflicto armado que cada día se complica más por la obligada inacción del "mundo libre". Tantos y tan variados problemas de envergadura, y, sin embargo, un aparente lío de faldas monopoliza la atención mundial.

No es un atado cualquiera, sino que envuelve al jefe de los espías norteamericanos y, en remedo de la ficción ahora en pantalla en la que el todopoderoso James Bond se ve impedido de salvar a la cabeza del MI6 británico, ni siquiera el presidente pudo evitar la caída estrepitosa de David Petraeus, el general retirado de cuatro estrellas que hasta hace una semana dirigía la Agencia Central de Inteligencia, conocida en todo el mundo por sus siglas en inglés, CIA. A mayor tamaño, mayor ruido en la caída, reza la ley de la física popular.

No es la misma compañía de la época del comunismo "ateo y disociador", del muro de Berlín, Bahía de Cochinos, Salvador Allende y todos esos acontecimientos que calentaron la Guerra Fría. Ahora se ocupa de cuestiones más centrales, como el combate al terrorismo internacional o darles una mano a los luchadores por la libertad, como se ha dicho ocurrió en los albores de la Primavera Árabe.

Atribuible a los tiempos también, la cabeza de Petraeus no rodó porque se descubrió un topo o uno de los agentes se pasó al enemigo cargado de información clasificada y el listado de los agentes en los puntos más tórridos del globo geopolítico. O porque fue incapaz de impedir un trasiego escandaloso de secretos militares, incluidos los diseños de armamentos capaces de provocar más daño que el cambio climático, con Sandy haciendo de las suyas a lo largo de la costa oriental norteamericana donde se concentran las riquezas y las gentes. Voló porque una señora llamada Paula Broadwell le era tan complaciente con sus encantos femeninos como con sus talentos literarios, a juzgar por la biografía encomiástica que escribió del general con quien compartía la cama a escondidas, obsesión atlética, preocupaciones intelectuales y unos correos electrónicos explícitos.

Súmenles a las incontables entrevistas y contactos personales para documentar el libro biográfico a lo largo de varias temporadas en Afganistán donde Petraeus comandaba las tropas norteamericanas, la comunidad de intereses -egresados ambos de la famosa academia militar de West Point-, y encontrarán la química humana que los convirtió en amantes. Solo que para desdicha, ambos estaban casados. Con otros, claro está. Al menos el romance se desarrolló después del retiro, porque el estricto código militar norteamericano define el adulterio como un delito. Descansen en paz los generales Dwight David Eisenhower y George S. Patton.

El principio del final arrancó con los correos amenazantes que recibió una amiga del ex-jefe de la CIA. Asustada, Jill Kelley, casada con un médico al igual que su némesis desconocida, contactó a un allegado en el Federal Bureau of Investigation (FBI). Se inició una investigación, y la fuente del dislate resultó ser Paula Broadwell, celosa por el acceso que la señora Kelley tenía a Petreaus, a quien esta conoció cuando el militar estaba al frente del Comando Central de los Estados Unidos, en Tampa, Florida. En la ópera Tosca, el gran melodrama trágico creado por el magistral Giacomo Puccini, los celos, "el dragón que mata el amor con el pretexto de mantenerlo vivo" como sentenció un prominente sicólogo, abrieron las compuertas al desastre.

Hay una mujer en todos los casos, escribía Alejandro Dumas en Los mohicanos de París, obra olvidada a no ser por el archiconocido Cherchez la femme! No olvido, adolescente aún al despuntar la década de los años sesenta, cuando leía las rutilantes descripciones del episodio John Profumo, el secretario de Guerra británico, casado también, que cometió el gravísimo error de inadvertidamente compartir la prostituta Christine Keeler con un diplomático de la embajada soviética en Londres. Ardió Troya en el parlamento cuando Profumo admitió que había mentido. Renunció y hasta su muerte el antiguo miembro del gabinete llevó una vida anodina. No lo perdió el adulterio, sino la mentira. Hace unos años me enteré de que se había dedicado por completo a obras de caridad anónimas, como castigo autoimpuesto para pagar por una falta inexcusable en las altas esferas del poder. Y la Keeler era la vecina calmada a quien un compañero mío de universidad veía tender la ropa recién lavada en las pocas mañanas cálidas del oeste galés, una ama de casa más, antítesis del glamour de las "call girls" de alto vuelo.

Por el hilo se llega al ovillo. Los agentes del FBI escarbaron una y otra vez en la computadora de la señora Broadwell y muy pronto tropezaron con los correos que delataban la relación adúltera. Cuando se envía un mensaje electrónico, queda una huella fácil de seguir para los investigadores. Cada ordenador tiene una etiqueta numérica asignada --IP por las siglas en inglés de protocolo de internet-, cuando se conecta a la red mundial. En muchos países se exige un documento de identidad a quienes acceden a los ordenadores en los cafés cibernéticos, a fin de determinar quién origina el tráfico en caso de delito.

Cuidadoso como todo mortal versado en el arte de la inteligencia, Petraeus adoptó una práctica de los terroristas para burlar sus trazas en el espacio cibernético. Los amantes secretos crearon una cuenta de correo electrónico a las que ambos accedían por separado, escribían los mensajes y los archivaban como borradores. Sin generar tráfico y por tanto tampoco rastros, se contaban sus cuitas, intercambiaban amores y deseos, arreglaban citas y todos esos pormenores que los amantes manejan en su vida de engaño. De no haber sido por los celos de mujer enamorada que veía una rival en la amiga del general retirado, ese mundo de ensueños, placeres escondidos y encuentros furtivos aún existiese. Y la CIA continuaría con el mismo jefe que tomó el mando apenas el año pasado.

Aparente novela de folletín, y reincido en el adjetivo. No lo es, porque detrás de lo banal de una relación fuera del matrimonio, con todo y la dosis de morbosidad, se esconden otros factores de importancia para entender el mundo de hoy en día, más llevadero por el desarrollo de una tecnología, la de la información, que al mismo tiempo acarrea un serio peligro para la intimidad y el derecho que tenemos a hacer con nuestras vidas lo que nos venga en ganas, siempre que no tropecemos con el vecino y tengamos presente no desear la pareja del prójimo.

Pretensión no albergo de meterme en camisa de once varas con opiniones sobre la investigación del FBI, si estuvo en juego o no la seguridad nacional, si en la cama se compartían otras cosas además de sexo o si todo este embrollo responde a una sociedad pacata, con un exceso alarmante de moralina. Me tienta debatir si en la función pública elevada importa la capacidad y no las relaciones sexuales, si los militares pueden bajar la bandera en señal de rendición pero no sus pantalones. Centremos la preocupación en la vulnerabilidad a que están sometidos nuestros espacios más íntimos con la indispensabilidad que la vida moderna ha acordado a los ordenadores, al internet y a las redes sociales. Quienes por una razón u otra intercambiaron correspondencia electrónica con los protagonistas de este escándalo, tienen hoy su identidad comprometida y les quedan más años que existencia terrenal en archivos potencialmente públicos.

El espacio cibernético ha devenido delación, acusaciones falaces, acoso y los peores ejemplos de comportamiento humano desviado, amparado el descalabro en la insolencia que depara el anonimato. Pocas veces las víctimas osan identificar a sus verdugos o buscan la protección de las autoridades. Abundan los casos de adolescentes que han encontrado en el suicidio la respuesta a las intimidaciones y exclusiones insultantes por parte de sus compañeros de estudios. A otros les han colgado un inri con la divulgación de fotografías comprometedoras, detalles personales, aventuras sexuales que a nadie importan y chismes del peor jaez. Cada vez con mayor asiduidad, la tecnología de la información sirve de paredón en el que se fusilan honras o se desfogan las pasiones más bajas.

El chantaje está a la orden del día. Las tantas informaciones almacenadas y a las que se puede acceder con programas baratos han despertado el espíritu inquisitivo en las parejas y generado un fisgoneo que ha dado al traste con relaciones estables. No faltan los casos en que el internet es vehículo para entrampar, crear situaciones falsas y buscar la paja siempre en el ojo ajeno. Estamos expuestos al robo de identidad, a que nos saqueen la cuenta bancaria, nos escalabren la tarjeta de crédito y a que, valiéndose de la intercepción de nuestros correos, nos coloquen en el papel de villanos.

Hay desventaja para la privacidad en la rapidez que las nuevas tecnologías imprimen a la difusión de informaciones. Cuando se desmontan los mensajes impropios es ya demasiado tarde y millares o millones de personas los han visto o escuchado. Los discos serán duros de nombre, pero sumamente maleables a la hora de proporcionar información. No importa que los archivos y los mensajes se echen a la canasta de reciclaje. Hay una pista por algún lado, ya sea en los servidores o en el cerebro de los ordenadores. La recuperación de los datos borrados es una siempre cuestión de tecnología, a disposición tanto de las autoridades como de los criminales y de los pérfidos.

El delito ha avanzado con mayor rapidez que los correctivos legales. Las legislaciones contra el crimen cibernético están en pañales. Hay, como en toda situación novedosa, más preguntas que respuestas. Las redes sociales y el internet tuvieron como cuna a la globalización y, por consiguiente, su utilización para fines delictivos no siempre tiene un carácter local. Es tal el flujo de información y tan intensivo el uso que las medidas preventivas resultan prácticamente imposibles de adoptar.

La violación de la privacidad cuenta con la publicidad comercial y las promociones como protagonistas de primer orden. De una manera u otra, nuestros correos electrónicos son bombardeados con ofertas indeseadas de servicios y bienes. Los culpables se han inventado métodos sofisticados para saltarse los filtros y ha surgido un comercio de direcciones electrónicas al margen de nuestros derechos.

Como adultos dueños de sus actos, lo que pasó entre Paula Broadwell y David Petraeus es de su responsabilidad exclusiva. Las derivaciones, a todos nos dejan al desnudo.

Abundan los casos de adolescentes que han encontrado en el suicidio la respuesta a las intimidaciones y exclusiones insultantes por parte de sus compañeros de estudios.

A otros les han colgado un inri con la divulgación de fotografías comprometedoras, detalles personales, aventuras sexuales que a nadie importan y chismes del peor jaez.

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