A DECIR COSAS|24 nov 2012, 12:00 AM|POR Aníbal de Castro

Barril de pólvora seca

Como yesca a la espera de una chispa, el Cercano Oriente permanece en el mapa de conflictos con categoría de peligrosidad absoluta y capacidad para desestabilizar una región que aún es la principal fuente de energía para gran parte del mundo. Una vez más se ha logrado evitar el incendio gracias a la diplomacia activa y a que la razón -extremadamente escasa en la zona-, se impuso por encima de las consideraciones y estrategias inmediatas. Israel y los palestinos de Gaza han acordado cesar las hostilidades que arrojaron decenas de muertos y destrucciones cuantiosas en unos pocos días, y lógico es preguntarse por cuánto tiempo callará la violencia, si esta tregua asemeja uno de los tantos espejismos que se registran en esas tierras desérticas, fértiles en rivalidades y versiones religiosas.

Se extinguió la Guerra Fría y con ella desapareció la versión de que los actores locales eran simples peones de las potencias que se disputaban el mundo. En el ajedrez de entonces, la sabiduría convencional atestiguaba que las fichas se movían en Moscú y Washington. Se anticipó el final de la historia y advino el choque de las civilizaciones. Certeza solo hay en una sosería: nadie ha logrado descifrar las claves del consenso y, por tanto, de la convivencia pacífica en el mundo árabe y entre este e Israel.

La Primavera Árabe ha mutado en otoño en Egipto e invierno cerrado en Siria. Cambio de las estaciones políticas, de la aparición de nuevos actores y circunstancias. La paz duradera, sin embargo, están tan cerca y tan lejos como las frutas y el agua de Tántalo. Israel ya existe. Los palestinos aguardan aún por un derecho que les pertenece. Más allá de la retórica, sin embargo, la solución de los dos Estados sería impráctica sin un reconocimiento mutuo de que ambos pueblos tienen derecho a la existencia, a la seguridad de sus ciudadanos, a fronteras reconocidas e inviolables. Seguridad es la palabra clave para Israel. Se entiende más fácilmente si se concibe el país como una isla delimitada no por mares, sino por la hostilidad de los vecinos con algunos de los cuales aún no acaba de entenderse. La parte más ancha del territorio israelí la cruza un cazabombardero en tres minutos. De la Franja de Gaza a la ciudad israelí más poblada, Tel Aviv, se llega por carretera en una hora. Hizbulah, comprometido con Irán en la destrucción de Israel, controla Líbano, al norte. Hamás, hermanado también con igual socio y en propósito, dio un golpe de estado en Gaza, al sur, y desde allí dirige sus operaciones bélicas y terror.

Egipto ha estrenado una versión moderada de islamismo. Aunque comprometida con Hamás, la Hermandad Musulmana que gobierna ha optado por la realpolitik en esta última versión del conflicto. Los cambios, sin embargo, son esta vez fundamentales. Hamás, organización calificada de terrorista, se ha convertido en un interlocutor válido, con la capacidad de llevar la guerra hasta Jerusalén y Tel Aviv. Quedó demostrado con los misiles que estallaron en las dos ciudades más importantes y pobladas de Israel. Hay que estudiar el mapa de una manera diferente en Israel, con los ojos puestos en un sur enemigo desde donde puede llegar la destrucción en cualquier momento. La frontera dejó de ser un punto de protección. Puede que los objetivos de la operación "Pilar Defensivo" se hayan alcanzado tras el ataque a 1,500 blancos durante la semana de hostilidades a causa de la ofensiva de Hamás. Sin embargo, la Fuerza Israelí de Defensa (IDF) admite que más de mil cohetes fueron lanzados desde Gaza. Los arsenales de Hamás estaban bien nutridos con los proyectiles que les llegaron desde Libia e Irán.

El sur israelí es una geografía de contradicciones. Reina el desierto, hostil, con temperaturas avasallantes. En medio del arenal del Negev que parece interminable, de repente brota el verdor de plantaciones de cítricos y vegetales, testimonio de que la naturaleza ha sido domeñada. Son oasis creados por el esfuerzo del hombre y su tecnología, una combinación que ha hecho florecer el desierto.

A un costado del extremo nordeste de la Franja de Gaza y suroeste de Israel se encuentra Sderot, conglomerado urbano de unos 20 mil habitantes compuesto en su mayoría por judíos llegados de Rusia y del norte de África. Mano de obra que suple unas cuantas factorías rudimentarias. Casas y edificios pequeños pero con todos los servicios modernos. Aún permanecen algunas de las soluciones habitaciones provisionales donde se alojaron los primeros flujos de inmigrantes tras el desmoronamiento de la Unión Soviética y la apertura de las fronteras rusas. En Sderot aplica la regla del 15, de los 15 segundos de advertencia antes de que caigan los cohetes que envía Hamás desde el otro lado de la frontera, casi siempre entre siete y nueve de la mañana y tres y cinco de la tarde, horario en que se supone hay más gente en la calle. El aviso es un toque de sirena, como se apreció en los vídeos noticiosos de las cadenas de televisión en estos últimos días.

Hace poco más de un año, tuve la oportunidad de visitar la zona y observar una exhibición de los distintos artilugios mortíferos que han llovido sobre Sderot, en el patio trasero de una estación de policía con techo fortificado. Imagino que el inventario habrá aumentado notablemente luego del chaparrón de cohetes de la semana pasada. Los demás asentamientos urbanos cercanos, como Kiryat Malachi, donde murieron tres israelíes, y Ashkelón, comparten la morfología social de Sderot: población de trabajadores pobres o clase media baja, muestra de la inmigración más reciente. La tecnología israelí moderna permite determinar con exactitud de dónde salió el proyectil, y responder con igual o mayor violencia. El escudo defensivo Cúpula de Hierro (Iron Dome), una red sofisticada de baterías de proyectiles de intercepción que se activa tan pronto despegan los cohetes enemigos, cumplió sus propósitos defensivos. Los cálculos apuestan a un 85 por ciento de efectividad, con la ventaja de que la intercepción solo opera cuando los artefactos caerán en lugares poblados. El problema, sin embargo, es también ético. Hamás utiliza a la población civil como escudo. El patio de una vivienda cualquiera sirve de base improvisada para enviar la destrucción allende la frontera. ¿Es válido hacer que paguen justos y pecadores en estas tierras bíblicas? Y ha ocurrido en múltiples oportunidades, como cuando las tropas de la FDI ocuparon la Franja durante las acciones de "Plomo Fundido", organizan expediciones punitivas o envían helicópteros para cazar desde el aire a los terroristas. Separar el grano de la paja no siempre es tarea fácil. El error es una posibilidad muy humana, y entre las decenas de bajas palestinas de seguro una proporción elevada corresponde a inocentes.

Amén de los muertos, la destrucción y heridos, los ataques de Hamás acusan otras bajas, sicológicas: abundan los traumas que genera la inseguridad tanto en la población infantil como adulta. Hay especialistas para atender las consecuencias mentales del estado de sitio. Y, sin embargo, la población no cede ni está dispuesta a mudarse a lugares más seguros. ¿Más seguros? Los hay, relativamente. Totalmente, ninguno, demostrado ampliamente en esta oportunidad con los misiles Fajr-5 de alcance medio, de factura iraní. Toda la geografía israelí está potencialmente expuesta a los cohetes de largo alcance que almacena Hezbolá en Líbano. Pero la cercanía de Sderot a la Franja de Gaza significa que la verdadera protección es observar con prontitud la regla de los 15 segundos y guarecerse en un refugio. Se encuentran en los supermercados, en las escuelas, por todos lados. No siempre disponible, el tiempo.

Quince segundos no es mucho. Un cuarto de un minuto. Un 0.01666 por ciento de una hora. Por eso la mayoría de las casas tienen un refugio fortificado en caso de que la sirena fatídica indique que un cohete está en camino. Las paradas de los autobuses son en Sderot una anomalía, porque no están abiertas al viento cálido que llega del Mediterráneo y ayuda a combatir en el verano el calor inclemente, húmedo, fogoso. Han sido convertidas en búnkeres, en protección adicional en una ciudad 24-7 a merced de un ataque que solo enfrenta la regla de 15.

Aun el visitante ocasional, como yo, siente la angustia colarse por mente y sentidos. Fui por unas horas apenas, pero suficientes para convencerme de la realidad mortal, a discreción desde unas cuantas millas. Con ella conviven ininterrumpidamente esos cuantos miles de ciudadanos acorazados en un punto de Israel cuya importancia quizás existe solo para ellos. O porque están convencidos de que, en verdad, es la tierra prometida que mana leche y miel. Hace falta más que mera valentía para exponer la familia a un riesgo que confirman las estadísticas de víctimas desde el año 2000 hacia acá. Son razones que explican por qué Israel activó sus reservistas y acantonó fuerzas importantes cerca de la frontera con Gaza, dispuestas para la invasión si la diplomacia fracasaba.

Aún pasean en mi memoria las imágenes del parque infantil de Sderot, el lugar de recreo de mentes y músculos que apenas se insinúan a la vida. En el centro, una oruga multicolor de cuerpo retorcido, gigantesco y hueco, diseñado para las correrías del niño cargado de energía y en busca de aventura. Este juguete es de concreto reforzado, blindado, a prueba de los cohetes de Hamás empero no del terror que implica la inseguridad permanente, la incertidumbre de no saber en qué momento entrará en vigor la regla de 15. Las agencias de prensa difundieron hace unos días una foto tomada a un niño en el vientre del gigantesco insecto de cemento. Aquella imagen infantil de rostro alterado por el miedo, con ojos ansiosos y expresión expectante, dice más que mil palabras.

Jerusalén es una ciudad dividida, aunque el muro que separa a Israel de la Ribera Occidental diste aún varias millas de su centro histórico. Barrios y vecindarios se organizan de acuerdo a religión y procedencia. Hacia el este y los confines urbanos se yergue una muralla gris, imponente e impenetrable, levantada para proteger de las bombas humanas, esos suicidas fanáticos cargados de explosivos que venían del otro lado y ocasionaron más de 400 víctimas en la población, incluyendo árabes israelíes, en esos años de terror aún cercanos. Hay más de un millón de ciudadanos árabes en Israel, el 20 por ciento de la población, con iguales derechos que los judíos pero exentos del servicio militar obligatorio. Son poco más de 700 kilómetros de barreras, de hormigón armado o de vallas de alambre acerado, en dos filas paralelas. Sin embargo, como leía en un análisis reciente sobre esta nueva crisis, es un error considerar las líneas divisorias y la geopolítica como invariables y naturales: "hoy, la tecnología y la urbanización están cambiando las fronteras en nuestros mapas. No significa que el tablero de ajedrez que llamamos geografía sea irrelevante, sino más bien que la geografía es infinitamente más compleja que las montañas, ríos, fronteras y cúpulas de las ciudades".

Es la nueva situación que confronta Israel, cuyas fronteras no representan protección alguna: un barril de pólvora seca cuya mecha enciende cualquier provocación.

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