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El huracán Nadal

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El huracán Nadal

El guerrero ha vuelto a reencontrarse en el ruedo, con hambre de victoria en cada golpe, resuelto hasta el último minuto del combate, implacable en su lógica arrolladora de regresar a la cima de donde lo destronaron los padecimientos musculares. Rafael -Rafa- Nadal Parera se pasea nuevamente por las canchas en los torneos de solera y a su paso deja una estela de récords en una caminata contra lo imposible, reflejo de proeza física como de compromiso con la excelencia. Mente y cuerpo combinados en una personalidad que destila grandeza y bonhomía dentro y fuera de esas estructuras ya históricas donde juegan los grandes de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP).

Ave fénix, vencedor de sí mismo cuando las fuerzas le han fallado. Sísifo redivivo y victorioso posteriormente, roto el conjuro al remontar la cima pese al peñasco de sus articulaciones de falencias a rastras. Rafa ha vuelto desde el exilio a que lo condenaron sus dolencias en las extremidades. Para bienestar de sus millones de seguidores y de quienes aman ese deporte simpar en su variante de sencillos, como es mi caso. Hasta el invencible Aquiles tenía su punto débil. Ese desplazamiento huracanado por los confines de la cancha, de suelo a veces duro, otras blando o alfombrado de grama, tiene un coste. Más temprano que tarde, los atletas terminan rendidos ante la fragilidad de músculos apaleados en cada desafío. En innúmeras oportunidades retornan a la acción sin el debido reposo para recomponerse, distenderse y recuperar la elasticidad y poder perdidos.

En deportes, confesé años ha, mi rey era el béisbol. Desde pequeño, cuando mi padre me enseñó a ser aguilucho y en un radio de pila seca seguíamos las venturas y desventuras de los equipos en la liga cubana. El histórico "¿Qué te parece, Cuchito?" al final de cada inning resuena aún en mis oídos y podría sintonizar en la memoria la Cabalgata Deportiva Gillete y revivir jugadas al comando verbal de Buck Canel. De un tiempo acá, he ampliado mis horizontes para incorporar el fútbol, y con muchísimo fervor, el tenis, un deporte de caballeros que también lo practican damas con una declaración de estilo en sus atavíos.

Cuando las raquetas entran en acción, es el único deporte de asistencia masiva donde reina silencio de iglesia. Solo se escucha el jadeo de los jugadores y el golpe seco de la pelota en un ir y venir a velocidades cambiantes, sin lugar predeterminado de encuentro en el terreno, buscando rincones insospechados dentro de los límites de la cancha con la intención aviesa de escapar del envés enemigo. Los partidos siempre se saldan con un estrechón de manos o un abrazo que borra la rivalidad de hace segundos. Y el mismo estrechón de manos, a veces débil, con el árbitro ¿o el verdugo? Nunca hay contacto físico en la contienda ni el cuerpo del rival es el blanco, como en la esgrima o el boxeo. Se defiende el territorio con evitar que la pelota lo golpee con impunidad. Ambos contendientes están igualados en la oportunidad de agresor y defensor, con reglas claras para el uso del tiempo, sin la ventaja del apoyo de un equipo. El tenis es una verdadera fiesta del músculo al servicio de la mente en un ejercicio individual sujeto a lo impredecible de la resistencia e inteligencia humanas.

Fueron varias las señales de agotamiento. Mental y físico, porque la concentración intensa es imprescindible. Alguien que se pone de pie en las gradas distrae. Un estrépito inesperado se roba la inspiración. Estuve como testigo apenado de aquella única derrota del 2009 en el Abierto de Francia, en el París veraniego tan dado a desdecirse como Ciudad de la Luz y cobijarse con techos de nubes bajísimas de gris pesado, incontinentes de la carga líquida que libran en lloviznas incansables. Si al aire libre -ya hablan de techar el Roland Garros al igual que hicieron los ingleses en Wimbledon--, el tenis se resguarda al menor asomo de humedad sobre todo si la superficie es de tierra batida. Al héroe de Manacor, allá en la lejana Mallorca que tan buenos emigrantes nos ha regalado, lo expulsó en los cuartos de finales Robin Soderling, apodado Perro Loco. En la mejor etapa de su carrera, el sueco alcanzó el duodécimo puesto en el listado de la ATP. Hoy en día, ronda el número doscientos.

Las rodillas, se supo luego, acusaban "una tendinitis de inserción con ligero edema óseo", tratado el cuadro con fisioterapia y cuantos remedios la ciencia de la medicina deportiva había creado. Días después, Roger Federer conquistaba el título francés por primera vez tras imponerse contra el verdugo de Nadal 6-1, 7-6(7-1), 6-4.

No hubo Queens ni Wimbledon ese año. Las canchas quedaron despejadas para el suizo, quien el año anterior había mordido el césped del All England Club en un partido disputado por dos titanes, dos gladiadores empeñados en un duelo que la oscuridad y la lluvia arrastraron hasta el día después sin despojarlo de la pasión que lo ha convertido en (eliminado el probablemente) el mejor de toda la historia. Un Nadal arrollador en los dos primeros sets: 6-4, 6-4. Un Federer inspirado a continuación: 7-6, 7-6, dos puntos de campeonato salvados en la muerte súbita del cuarto set. Un Nadal corona de Wimbledon por primera vez: 9-7.

Hubo un 2010 de gloria, de reconquista del Roland Garros sin dejar que contrario alguno se alzara tan siquiera con un set. Cuatro capitales europeas rendidas a los pies del tenista inmenso: Roma, Montecarlo, Madrid y París. Veintidós partidos en juego y veintidós partidos ganados. Lo imposible fue posible, porque en la catedral inglesa del tenis se llevó ese verano el trofeo tras sacudirse del checo Tomás Berdych, 6-3, 7-5, 6-4. De París a Londres se llega sin sobresaltos en avión o en el Eurostar veloz que repta por debajo de las aguas del Canal de la Mancha gracias a la magia de la ingeniería. Del Abierto de París a la Cancha Central en el londinense barrio de Wimbledon se requiere un cambio completo de juego y de actitud. La bola no rebota en la tierra batida reblandecida con agua o endurecida por el trajín de los jugadores, sino sobre una grama verde que al paso del campeonato amarillece. Maestro de la arcilla, segador en el césped. Para rematar, se llevó el Abierto de los Estados Unidos en los albores del otoño. Rey también de la superficie dura.

Desastre muscular en el 2012. Tras haber ganado medalla de oro en Pekín en el 2008, los problemas en la rodilla le impidieron defender el título en Londres. Luego sobrevinieron la penuria de los casi ocho meses de retiro forzoso y el descenso al cuarto lugar después de ocho años santificado como el número uno o dos. Le diagnosticaron el Síndrome de Hoffa, "inflamación del tejido graso" por detrás del tendón rotuliano, relacionado con la tendinitis que ya había sufrido. Meses de especulación y de rumores de que la carrera del guerrero manacorí había concluido. "Trabajo de fisioterapia de musculación, iontoforesis (electrodos), láser y termoterapia profunda", dijeron los sabios doctores. Y llegó este 2013 en el que hace apenas unos días Rafa Nadal cumplió 27 años.

Indian Wells es un paraíso en el desierto californiano que se adentra desde México por la frontera sin necesidad de visado. No muy lejos de la emblemática Palm Springs que las celebridades han colocado en el mapa, rebosa un merecido entusiasmo como el lugar de apertura de la temporada de los maestros de la ATP. La participación es obligatoria y en juego hay 1000 puntos y una bolsa más que millonaria. Con montañas de cabeza nevada de fondo, palmeras que baten ramas al compás de las brisas cálidas que refrescan considerablemente con la noche, cada año se repite el rito de la competencia en que no se admite una sola derrota. Pese a ser el segundo estadio mayor del mundo, dará paso a otro con apertura programada para el 2014. Este año, mi peregrinaje al santuario contaba con el aliciente del retorno de Nadal, quien ya había emergido victorioso en unas pruebas sin mayor importancia en Brasil y en el cercano México. En esa misma cancha lo vi caer ante Novak Djokovic en el 2011, en los prolegómenos de su annus horribili, y Roger Federer, el año pasado, en un partido interrumpido por una lluvia indebida en esas latitudes desérticas.

Anticipaba un duelo encarnizado en la semifinal frente al veterano Roger Federer. Nadal inició el partido como una tromba, y si las rodillas le habían flaqueado meses atrás, esta vez le respondían con docilidad. No hubo cuartel para el suizo, que se derritió como chocolate frente a las inclemencias de unos botes que le explotaban a diestra y siniestra, unos tiros paralelos desquiciantes y unos reveses con las dos manos cuya violencia reflejaba el español en el rostro curtido ya por unos pocos días bajo el calor abrasador del sol californiano. Un resultado sorprendente en apenas hora y media y que me dejó insatisfecho por lo corto: 6-4, 6-2 y solo dos puntos de ruptura en el servicio del Lázaro de la cancha.

En la final del torneo, Nadal enfrentaba a un Juan Martín del Potro que había mostrado sus mejores cuarteles en el combate contra Djokovic. Se alzó el argentino con el primer set. Pensé que pese al triunfo contra Federer y Berdych, Nadal no se había recuperado del todo. Error de cálculo. Rafa arremetió con la entereza de siempre y en dos horas y veintinueve minutos peleó de igual a igual con un Del Potro al que le sobró coraje y le faltaron coces, quizás porque las agotó el día anterior cuando se impuso al serbio. La humanidad del gigantón sureño no soportó esas idas obligadas a los extremos de la cancha en rondas sucesivas, esos golpes inesperados, esa compostura sorprendente pese al calor tan duro como el cemento de la pista. Nadal se llevaba el primer campeonato importante del año. Su retorno denotaba seguridad en sí mismo y pasión por un deporte al que le ha dado la vida. En ese domingo de marzo había ganado el partido número 600 de su carrera magistral.

Lo vi nuevamente en la Mutua de Madrid, en mayo, donde se alzó con la Caja Mágica. Al pobre Pablo Andújar lo estrelló en el polvo del Manolo Santana por 6-0 y 6-4 en apenas setenta y siete minutos. Pese a su juego brillante en la final, el suizo Stanislas Wawrinka tampoco pudo con el guerrero. En Roma, Nadal fue César: vini, vidi, vinci. Hasta llegar al Roland Garros y reivindicarse como el rey absoluto de la arcilla: siete títulos parisinos. David Ferrer luchó, se esforzó, dio lo mejor de sí, pero en un momento del partido su gesto confirmó el retorno del guerrero: Nadal embistió una bola imposible desde un costado de la cancha tras recuperarse de una posición inverosímil en otra devolución de antología.

En el juego de Nadal hay una riqueza inagotable, que comienza por el reloj avistado en el primer partido que disputó este año, en Sao Paulo: un Richard Mille del que solo se han fabricado cincuenta y que cuesta US$690,000, o sea, veintiocho millones de trajinados pesos dominicanos. Su golpe frontal es tan mortífero como el revés. Con el servicio hasta 130 millas por hora del norteamericano John Isner, sería Aquiles con el talón acorazado. No se rinde nunca, pelea cada punto como si en juego estuviese el partido; su determinación es el signo positivo de su carrera brillante. Wimbledon y después Shanghai son las próximas estaciones de combate. En el tenis, las rivalidades son un atractivo inconfundible. Con Nadal en la cancha, la competencia ha resucitado. Las emociones y alegrías que depara el tenis siguen figurando entre las mejores que se pueden disfrutar con ropa.

No se rinde nunca, pelea cada punto como si en juego estuviese el partido; su determinación es el signo positivo de su carrera brillante.

En el tenis, las rivalidades son un atractivo inconfundible.

Con Nadal en la cancha, la competencia ha resucitado. Las emociones y alegrías que depara el tenis siguen figurando entre las mejores que se pueden disfrutar con ropa.