A DECIR COSAS|06 jul 2013, 12:00 AM|POR Anibal De Castro

Perdido en la China nebulosa

Shanghái solo existe de la mitad hacia abajo, sus alturas perdidas en la inmensidad de la niebla que engulle pisos, tejados, luz, cielo y colores, embadurna el paisaje urbano de gris sucio y acorta el día en favor de una noche tan temprana como destemplada. Lo fantasmagórico de la ciudad china más poblada podría atribuirse a la temporada lluviosa que en el decurso del verano se desparrama por todo el oriente, réplica menor de las furias líquidas conocidas en el interior asiático como monzón. La razón, empero, es otra.

Tras un corto vuelo desde Hong Kong, aterrizo por segunda vez en menos de una semana en la megalópolis y el pronóstico meteorológico no varía: nebuloso. La humedad recarga el aire de pesadez. La llovizna amenaza con aguaceros que al final no caen. Apenas a unas decenas de metros del suelo, la capa que lo cubre todo obedece a los efluvios de millares de plantas industriales y automotores que ocupan la geografía urbana. Tan grande como China es el problema de la contaminación, efecto secundario de una industrialización descontrolada en riña permanente con las reglas más elementales de conservación. Contribuyentes importantes son el proceso sostenido de urbanización y el surgimiento de una clase media consumista, propietaria de millones de coches que a diario arrojan toneladas de tóxicos a una atmósfera cada vez más enrarecida.

Aconsejan tomarle el pulso a Shanghái con una caminata por el Bund o un crucero crepuscular por el Huangpu, arteria de agua que parte la ciudad en dos mitades, cada una con sello propio. Pudong acoge la ciudad financiera, el gran comercio y los negocios internacionales. La pueblan edificios imponentes diseñados por los arquitectos más renombrados del mundo oriental y occidental, y los hoteles de lujo donde se alojan los hombres de negocios extranjeros o los nuevos ricos locales, producto sui géneris del peculiar comunismo chino. En cambio, Puxi vibra al compás de la cotidianidad, con sus calles atestadas de gente en un fluir incesante como queda demostrado en Nanjing, vía comercial, peatonal en parte, iluminada de noche por el sinfín de luces y colores de los carteles de neón que invitan a consumir a lo largo de casi diez kilómetros.

En esta última sección, el famoso Bund se acomoda a las veleidades del Huangpu en el trazado de su ruta de encuentro con el mar, ochenta kilómetros más abajo. Es un microcosmo de la China expoliada por las potencias occidentales antes de la Segunda Guerra Mundial, con trazos recordatorios de un pasado colonial similar a los que se encuentran aún en Singapur, Malasia, Camboya, Vietnam y, por supuesto, India. Con la apertura forzosa al comercio llegaron esos edificios del Renacimiento, estilo gótico, barroco, clásico y romanesco, totalmente ajenos a la tradición cultural china.

Ciertamente hay una estampa muy bien lograda del punto neurálgico del Shanghái histórico en esa joya cinematográfica dirigida por Steven Spielberg, El imperio del sol. Rienda suelta a la mente y se precia la estampida humana provocada por los soldados japoneses, nítidamente uniformados mientras desfilan por el Bund ribereño tras derrotar a las tropas chinas. Restaurado tras los excesos de la Revolución Cultural que embruteció y empobreció China por diez años hasta 1976, el malecón luce impecable. Ya no alberga las oficinas de los mandantes franceses, británicos, rusos, alemanes y norteamericanos de las concesiones, sino bancos, agencias estatales y hoteles elegantes.

Anochece porque la bruma causada por los excesos del hombre en el afán de producir riquezas se ha robado el sol. Su reemplazo son los destellos multicolores que vierten focos invisibles y la coreografía a cargo de miríada de luminarias adosadas a las paredes de los rascacielos. Los edificios semejan arcoíris cuyo esplendor se observa desde las embarcaciones que se desplazan con paciencia oriental por las aguas mansas y opacas del Huangpu, negado a reflejar con claridad aquel derroche de luces. Hay que acudir a la imaginación para completar las líneas del paisaje urbano.

Tenía la esperanza de que Shanghái amaneciese de cuerpo entero con el nuevo día. La niebla no ceja y subir hasta la plataforma de observación de la torre de televisión Perla Oriental equivale a sumergirse, tan solo a la mitad de sus mil quinientos treinta y cinco pies, en un tejido espeso de sobras químicas milimétricas. Una buena parte de los ciento y un pisos y mil seiscientos veintiún pies del Centro Financiero Mundial, con su fachada de vidrio azul y puesto quinto entre los edificios más altos del mundo, desapareció también en esas nubes bajas, plomizas, presagios agoreros sobre el futuro del país de no acometerse con seriedad la defensa y recuperación del medio ambiente. Tampoco es posible ver a qué altura marcha la construcción de la postmodernista Torre Shanghái, que con sus dos mil setenta y tres pies y ciento veintiocho pisos será dentro de poco la edificación más alta del mundo.

Atiborrada por veintitrés millones de habitantes esparcidos en seis mil cuatrocientos kilómetros cuadrados de extensión (una octava parte del territorio dominicano y casi dos veces y media nuestros habitantes), Shanghái no es solo la mayor ciudad de China sino del globo. Definitivamente, su rostro es occidental, los rasgos urbanos salpicados de rascacielos imponentes, avenidas arboladas, elevados y centros comerciales con representación abundante de las grandes casas del diseño mundial. Las barriadas tradicionales han desaparecido para dar paso a una modernidad que apenas enmascara una sociedad diferente en su organización y estructura. El espejismo desaparece al ingresar a un restaurante, intentar comunicarse con el ciudadano común, leer los diarios o reparar en la otra ciudad que vive, come, duerme e interactúa detrás de las estructuras de acero y el trajinar atropellado. La política de un solo hijo por pareja, los hospitales de atenciones médicas tradicionales, la propiedad estatal hasta de las agencias que organizan las visitas turísticas, el acceso controlado al internet y, en fin, la conducta colectiva deferente ante una autoridad superior que no se ve mas se percibe, son indicios ciertos de que hemos arribado a otro mundo.

Suzhou de jardines milenarios, epicentro industrial de la seda y trajes de novia; y Hangzhou, de belleza simpar que complementa la placidez del Lago Occidental, son una pausa amable de varios días antes de la visita ansiada a Pekín. Merecen ambas ciudades que de ellas se digan cosas. Quizás en otra entrega. Asegurado el retorno si China reaparece en el calendario de vida viajera.

El avión inicia el descenso y prontamente se pierde en la niebla, esta vez más densa, más pesada. Pekín es otra ciudad a medias, y yo aplastado junto a ella por aquella masa nubosa que por momentos y en algunos lugares toca el suelo. Los monitores de la contaminación apuntan alarma y en las calles es común ver gente con máscaras quirúrgicas que cubren boca y nariz.

La degradación pronunciada del aire en Pekín y otras ciudades es un fenómeno con origen treinta años atrás, cuando se aceleró el proceso de industrialización como salida al secular atraso del país milenario, cuna de invenciones que como el papel y la pólvora revolucionaron la época. El problema no se queda en el aire, sino que se filtra en los acuíferos y emponzoña las reservas de los manantiales. Solo el cuarenta por ciento del agua subterránea es potable, de acuerdo a un reporte publicado el mes pasado luego de cinco mil exámenes en ciento noventa y ocho ciudades. A las entrañas de China, sobre todo en el corredor este, van a parar sin tratamiento los residuos domésticos, las descargas de las tuberías industriales, los detritos humanos y el veneno de los pesticidas y fertilizantes. Por arriba y por abajo, la contaminación corroe la salud de los chinos y a ella se atribuye la muerte a destiempo de medio millón de personas cada año.

Hace tres años, un estudio de la Academia China de Planeamiento Ambiental fijó en doscientos treinta millardos, o sea el 3.5 por ciento del producto nacional bruto, el costo de la degradación. En solo seis años, la cifra se había triplicado. Es ese el precio pagado por el Made in China ubicuo y que compruebo en las calles de una capital circundada por montañas: un hoyo con el hollín de las industrias y los escapes de gases de millones de coches, motocicletas y vehículos pesados, como tapón.

Ni la Gran Muralla China se salva. Incapaz de contener las hordas de invasores nómadas de Mongolia y Manchuria, su sección más próxima a Pekín, Badaling, está cerrada a la vista por otra muralla de construcción más reciente: la contaminación, coaligada con una cortina húmeda que desaparece las montañas circundantes. A menos de veinte pies de la nariz, solo existe esa masa gris. El mediodía muta en un claroscuro que aleja temprano a los millares de turistas, habitantes de paso del lugar más emblemático de China, un jirón de historia catapultado por la ONU al nivel de Patrimonio de la Humanidad. He estado y no estado allí. Me quedé sin las vistas prometidas de un paisaje majestuoso, de alturas verdes perdidas en lontananza en la compañía de esos ladrillos y argamasa que costaron la vida a cerca de diez millones de personas cuando la mano humana los convirtió en la Gran Muralla China, durante el período de los quinientos años de los Reino Combatientes. Es incierto que esa estructura zigzagueante, jalonada a trechos por almenas y atalayas -destruida ya en grandes segmentos por el hombre, los tiempos y la naturaleza--, pueda ser avistada desde la luna o Marte. Cierto es que no la avisto ni siquiera a un palmo de distancia.

Viernes, sábado y domingo, el fin de semana completo, y el lunes, Pekín continúa devorado por la contaminación. En China no se andan con remilgos a la hora de aplicar la ley o cuando las altas instancias del todopoderoso Partido Comunista trazan una pauta. El crimen ambiental ya está incorporado a los códigos legales y ha habido condenas de hasta once años en prisión para los responsables de "diseminar veneno". La alcaldía capitaleña ha anunciado planes agresivos para contrarrestar la contaminación, y se restringirá la circulación de vehículos. De este año al 2015, se construirán cuarenta y siete plantas de tratamiento de las aguas residuales y mil doscientos noventa kilómetros de alcantarillado sanitario. El setenta por ciento de la basura será incinerado y se tomarán medidas adicionales para mejorar la calidad del aire y reducir las emisiones tóxicas.

Perdido en la nebulosa pequinesa, con los ojos enrojecidos, ardientes, y los tabiques nasales apestados por emanaciones cuyas partículas puedo ver en el aire que respiro, acepto que no era un cuento chino aquella advertencia de que en algunos días, el gris de aquel mantón de porquerías aéreas devenía negro; y salir a la calle, un riesgo. No me extrañan ya las fotos de escolares jugando en un ambiente artificial, auxiliado con equipos costosos para purificar el aire. Entiendo perfectamente el porqué de aquellas dos máscaras de oxígeno en el clóset de mi habitación de hotel en donde lo pienso dos veces antes de salir y sucumbir a la tentación de un suculento pato pequinés.

Fue un fin de semana memorable en términos de contaminación, según la reseña en los diarios. La noche anterior a la despedida, una lluvia torrencial lavó la capital china. Cuando rodaba hacia el aeropuerto en el taxi mañanero, el sol reinaba impedido en un cielo del azul más intenso. Perdí a Pekín una vez más.

Perdido en la nebulosa pequinesa, con los ojos enrojecidos, ardientes, y los tabiques nasales apestados por emanaciones cuyas partículas puedo ver en el aire que respiro, acepto que no era un cuento chino aquella advertencia de que en algunos días, el gris de aquel mantón de porquerías aéreas devenía negro; y salir a la calle, un riesgo.

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