¡Buenas noticias!|18 mar 2013, 4:50 PM|POR AP / E.J. TAMARA

Donante de riñón termina maratón de Los Angeles

"Mi padre, Bernardo, quien se incorporó a la carrera en la milla 15, me dio alas"
LOS ANGELES.- Las cosas que me pasan por tener un solo riñón. Creo que tomé demasiada agua en mi primer maratón y en medio de la competencia, me moría de ganas de ir al baño.

Al final, no pude hacer otra cosa que hacer una pausa y aliviarme. El retraso me tomó unos ocho minutos.

Menos mal que yo no estaba contando el tiempo, sólo quería terminar el Maratón de Los Angeles realizado el domingo.

Al arrancar del Estadio de los Dodgers había tanta gente que apenas podía trotar. Temía que si corría me iba a chocar con algunos de los 24.000 corredores. Después me pareció buena idea trotar, porque era un paso más lento que el que había llevado durante mi entrenamiento que comencé en diciembre y me servía para ahorrar energía.

La llegada a la primera milla me sorprendió cuando vi la estación de agua. Como muchas personas me habían dicho que cuidara mucho mi riñón y que tomara agua en todas las estaciones, tomé dos vasos de agua en cada milla hasta la milla 10, cuando ya no me entró ni una gota más.

Dos horas antes de la salida, había tomado dos vasos de agua con mi desayuno: jugo de naranja con un emparedado de pollo.

Moraleja: En mi próxima carrera de larga distancia sólo voy a tomar suficiente agua como para hidratarme, como cualquier otro corredor.

Y es que realmente estoy bien. Estoy bien a mis 44 años, luego de haber donado uno de mis riñones a mi madre, Ita Támara, en diciembre del 2009.

Mi doctora me había dicho que estaba en buena condición física y que debía de entrenar y correr el maratón como cualquier otro corredor.

Mi riñón no me dolió para nada, por si quieren saber. Luego del transplante no he tenido ninguna complicación.

Lo que sí me dolieron fueron las rodillas. Afortunadamente fue un dolor que ya conocía. Digo afortunadamente porque pude identificarlo como tal y saber que ya lo había sentido y superado antes, durante mi entrenamiento.

Lo sentí cada vez que aumenté las millas que corrí en las carreras largas de fines de semana. Cuando corrí 8 millas sentí este dolor a las 6 millas, lo superé y pude alcanzar mi objetivo. Lo mismo me pasó en las siguientes carreras largas.

Así que cuando sentí que las piernas se me hundían en el asfalto en la milla 23, recordé mi entrenamiento, ignoré el dolor y seguí corriendo.

Mi padre, Bernardo, quien se incorporó a la carrera en la milla 15, me dio alas.

Al principio, como estaba fresco, corrió adelante, luego, un poco más cansado, corrió a mi lado, y al final, caminó muchas veces detrás mío. El maratón también es una metáfora de la vida.

"¿Recuerdas que cuando estuviste chico nunca fuimos juntos al estadio a ver un partido?", me preguntó.

"Aha", le contesté.

"Qué bueno que Dios nos ha dado esta oportunidad para correr juntos ahora", agregó mi padre.

Esperanza. Algo tan sencillo como correr crea espacios sin tiempo.

Cuando él estaba adelante, miraba atrás y me buscaba con la mirada. Yo le levantaba la mano y luego nos emparejábamos y seguíamos juntos. Cuando me tocó estar adelante, hicimos lo mismo.

Durante el almuerzo, luego de llegar a la meta, mi padre de 72 años me confesó que decidió entrar en la milla 15 porque estaba seguro de que yo iba a estar tan casando en las últimas millas que las iba a caminar.

"Pensé que si tú ibas a caminar las últimas millas, yo fácil te podía acompañar caminando. Nunca pensé que me ibas a hacer correr", dijo mi papá, peruano como yo.

Osea que al primero que convencí con esta aventura fue a mi padre.

El mensaje que quería dar con esta carrera es que ciertos donantes de riñones como yo pueden llevar una vida normal y sana después de un transplante.

Dicho esto, debo aclarar que no estoy promoviendo la donación de riñones de parte de donantes en vida. Esta es una decisión personal que debe de tomarse luego de haberse informado exhaustivamente sobre el asunto y ver los pros y posibles efectos secundarios, a corto y largo plazo.

En la milla 15 me saludaron mi madre, mis hermanas y sobrinos. Unos amigos me dieron ánimo unas millas atrás y otros familiares unas millas más adelante.

Las primeras tres millas casi ni las sentí. Iba absorto viendo las formas y colores de mi ciudad adoptiva. Las jacarandas y palmeras, las casas y sus jardines. Todo pasaba muy rápido, como un video en "súper slow motion".

En el centro de Los Angeles vi un desamparado que vive en la calle. Estaba parado y tenía la mirada perdida, con el rostro hacia la marea de corredores. Lo miré a los ojos y no me vio. El maratón también puede ser soledad. A veces, me quedaba absorto como el desamparado; en otras, me regocijaba en el ánimo que nos daban los espectadores.

A lo largo del recorrido hubo música de varios tipos, desde ensambles de taiko, pasando por mariachi y por supuesto, mucho rock'n'roll. Los angelinos sabemos divertirnos y muchos de los corredores así lo demostraron. Algunos lucieron trajes alusivos al Día de San Patricio, que se celebró el domingo, otros vistieron disfraces, como una capa de Superman y atuendos completos de Elvis Presley.

Correr por emblemáticos lugares como los bulevares Hollywood y Sunset, Rodeo Drive, el Barrio Chino y la Placita Olvera me hizo recordar lo afortunado que soy de vivir en esta ciudad y este país. Me sentí como parte de una ola que pasa por una villa, rumbo al mar.

Al llegar a la ciudad de Santa Mónica, un ataque de estornudos me recordó que no me había recuperado de la gripe totalmente.

Pero tuve que despreocuparme de eso porque era mi turno de dar ánimos a mi padre, quien ya estaba muy cansado.

Cuando llegamos a la milla 25, lo animé a que corriéramos juntos las siguientes 1,2 millas hasta la meta. Teníamos que llegar juntos.

El dolor en la rodilla desaparecía ante el delirio de terminar el maratón.

Mi madre me aguardaba en el área de espera. Ella se vería muy bien con mi medalla, pensé. Me imaginaba dándole un beso y poniéndole la medalla en su cuello, como regalo adelantado por su cumpleaños, este domingo, cuando cumplirá 67.

Me preguntaba si la medalla la convencería de que estoy bien de salud.

Como sea, ella me daría un beso al lado del mar. Felicidad. No lo soñé. Eso ocurrió media hora después de que pisé la línea de meta. Como prueba tengo una medalla que ya no es mía, una marca de 5 horas y 16 minutos y el recuerdo eterno de haber terminado el maratón al lado de mi padre.
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