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Mediterráneo puro... y duro

Insistimos: la dieta mediterránea es algo más, bastante más, que comer regularmente espaguetis{r.

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Mediterráneo puro... y duro

MADRID.- Hace ya bastantes años que se puso de moda lo que ha dado en llamarse "dieta mediterránea", basada en el consumo de determinados alimentos que, presuntamente, forman parte de las rutinas gastronómicas de los países bañados por el Mediterráneo.

Al final, la gente asoció los términos "dieta mediterránea" y "cocina italiana". Después de todo, comer pasta es agradable; otra cosa es que sea saludable comer pizza cada día, que mucho me temo que no lo es.

La supuesta dieta mediterránea incluye el consumo de pescado azul (lo que sucede en España, pero no en los demás países de la zona), el aceite de oliva... en fin, cosas inequívocamente "mediterráneas" vistas desde la óptica anglosajona. Pero es que hay cosas específicamente mediterráneas que gozan de menos popularidad en el mundo no latino. Por ejemplo, el ajo. ¿Alguien se imagina la cocina española, provenzal, napolitana o griega sin el uso del popular bulbo?

El ajo lo impregna todo, está un poco por todas partes; eso sí, hay que saber usarlo. Pero para pituitarias anglosajonas, y no digamos escandinavas (hace poco, un sociólogo decía que los escandinavos eran, en realidad, seres procedentes de otro planeta), el ajo es... una agresión. Para un mediterráneo, es un aroma. Hay quien le llama perfume.

Hoy, la cocina mediterránea está muy mediatizada por los usos noreuropeos; no sólo su propia composición, sino el concepto, porque lo mediterráneo no es una dieta, sino un estilo de vida. Un estilo de vida en peligro de extinción en nombre de la eficiencia y la racionalidad.

Un español, un portugués, un francés, un italiano, es incapaz de meterse en el cuerpo, recién levantado, un desayuno anglosajón. De hecho, el concepto de "pequeño" (pequeno almoço, petit déjeuner, piccola colazione) es intrínseco al del desayuno.

En cambio, la comida del mediodía va mucho más allá del aburrido lunch oficinesco, consumido en veinte minutos: incluye aperitivo, tertulia, buena cocina, sobremesa... Ya digo: no es una dieta. Es un concepto diferente de la vida. Pero ellos, erre que erre con la dieta mediterránea.

Vamos a ver, entonces, un plato rabiosamente mediterráneo, pero no italiano, sino del Mediterráneo oriental, griego. En él se combinan dos vegetales en torno a los cuales el mundo está dividido radicalmente: el ajo y el pepino.

Es una receta polivalente. Dependiendo de la textura que se busque, puede ser una bebida (no es lo más frecuente), una sopa fría refrescante o una salsa adecuada a pescados a la parrilla. Se llama "tsatsiki". Les animo a ponerse a ello.

Pelen un par de pepinos y córtenlos en trozos; hagan lo mismo con un diente de ajo pequeño y una cebolla blanca dulce. Purguen todo en un bol con agua y un chorrito de vinagre, de 20 a 30 minutos en la nevera; al cabo de ese tiempo, escúrranlo bien: ya no repetirá.

Pásenlo a un robot de cocina y tritúrenlo, añadiendo un vaso de agua fría, un chorrito de aceite, una cucharada de vinagre blanco y suave -el vinagre de sidra va muy bien-, y la sal necesaria, mejor si es marina.

Mezclen bien y vaya incorporando cuatro yogures, dos desnatados y dos griegos, hasta conseguir la textura deseada, en nuestro caso como la de una sopa cremosa.

Guarden el tsatsiki en la nevera y sírvanlo en cuencos individuales, decorando con una cucharada de huevos de salmón en cada uno y unas briznas de cebollino... o unas tiras finísimas de piel de pepino. Y ahí tienen una deliciosa sopa veraniega; deliciosa, claro, si les gusta el pepino y no les espanta un toque de ajo. Que son dos plantas de lo más mediterráneas. Como el olivo. Como la vid.

Insistimos: la dieta mediterránea es algo más, bastante más, que comer regularmente espaguetis.