Capítulo 3: Prueba viviente
Tras unas pocas semanas, la embajada norteamericana en Guatemala se había enterado de lo sucedido en Dos Erres.Una "fuente confiable" le había dicho a los oficiales de la embajada, que soldados fingiendo ser rebeldes, habían asesinado a más de 200 personas. Era el último de una serie de reportes recibidos en los que se culpaba a los militares por las masacres alrededor del país. El 30 de diciembre, tres oficiales norteamericanos fueron a Las Cruces, donde las entrevistas realizadas a los locales levantaron más sospechas.
El equipo sobrevoló Dos Erres en helicóptero. Aunque el piloto de la Fuerza Aérea de Guatemala se negó a aterrizar, la evidencia de una atrocidad -casas quemadas, campos abandonados-era suficientemente clara. En un cable, excepcionalmente franco, enviado a Washington, los diplomáticos aseguraron que "la parte, más probablemente responsable por este incidente, es el Ejército de Guatemala".
El gobierno estadounidense mantuvo el secreto hasta 1998. No se tomó ninguna medida contra el ejército ni el escuadrón. Los Estados Unidos continuaron apoyando a los gobiernos represores en Centroamérica, siempre y cuando fueran anti-comunistas.
Tendrían que pasar catorce años antes de que alguien intentara hacer justicia por Dos Erres. En 1996, después de más de tres décadas de guerra civil, las hostilidades cesaron con un tratado de paz entre los rebeldes y los militares de Guatemala. Ambos bandos acordaron una amnistía que exentaba a los combatientes, pero permitía juzgar las atrocidades.
Existía, sin embargo, una duda considerable sobre si el nuevo gobierno sería capaz de llevar a juicio esos casos. Los perpetradores de algunos de los peores crímenes de guerra, mantuvieron su poder en las fuerzas armadas o en mafias del crimen organizado que crecieron rápidamente. Los cárteles de droga reclutaron ex Kaibiles como sicarios e instructores.
La detective inusual que se enfrentó a estas fuerzas oscuras fue Sara Romero.

Le fue asignado el caso de Dos Erres. Hubo cientos de masacres durante el conflicto y Naciones Unidas llegaría a la conclusión de que el 93 por ciento de las muertes fueron a manos del ejército. Además, los asesinatos sistemáticos de indígenas eran considerados como un genocidio.
Romero tenía poco material. Los militares insistían que el caso de Dos Erres había sido obra de la guerrilla. Pero, por la declaración de Hernández, el sobreviviente que entonces tenía once años, la fiscal estaba convencida de que el ejército había tenido algo que ver. Necesitaba más pruebas.
Viajó a la escena del crimen, en un trayecto de ocho horas en autobús hacia la región en el norte del país. Un manto de silencio reinaba entre las ruinas. Entrevistó a sobrevivientes que estuvieron fuera de la aldea el día de la masacre. La mayoría tenían miedo de hablar. Susurraban que temían la ira del teniente Carías, quien seguía al mando en Las Cruces. Sospechaban que él había orquestado el ataque al haberse enfrentado con los habitantes de Dos Erres.
Romero se dio cuenta de que era difícil establecer los hechos más elementales, como identificar a las víctimas. Intentó realizar una especie de censo y pidió a la ex maestra de la escuela del pueblo una lista con los nombres de todos los niños y familiares que pudiera recordar.
Sin víctimas confirmadas ni testigos sólidos, Romero nunca podría resolver el caso. Pero encontró a una aliada: Aura Elena Farfán.
De aspecto digno, Farfán tenía el pelo gris y una disposición tan dulce como inflexible. Lideraba una asociación de derechos humanos en Ciudad de Guatemala para las víctimas del conflicto. A pesar de las amenazas, había logrado acusar al ejército de la masacre en Dos Erres. En 1994, había llevado con ella a un equipo voluntario de antropólogos forenses argentinos para exhumar los restos.
Los argentinos -cuyas habilidades se habían afinado al investigar su propia "guerra sucia"-trabajaron rápidamente y en condiciones riesgosas. El batallón en Las Cruces los había acosado al tocar música militar a volúmenes altos y al seguirlos. La exhumación extrajo e identificó inicialmente los restos de, al menos, 162 personas, muchos eran bebés y niños.
Farfán había logrado un gran adelanto, que podría ser aprovechado por los fiscales. Daba con frecuencia entrevistas en la radio donde invitaba a los testigos a involucrarse en el caso. Justo después de una de las transmisiones, oficiales de Naciones Unidas le dijeron que un ex soldado estaba dispuesto a hablar sobre Dos Erres. Viajó a la casa del hombre, donde se presentó con lentes oscuros, un sombrero rojo y un chal. Un oficial español de la ONU la seguía a cierta distancia para protegerla.
La puerta se abrió. Era Pinzón, el ex cocinero robusto y con bigote del escuadrón Kaibil. Estaba desayunando con sus hijos y, después de una sorpresa inicial, recibió a Farfán.
Pinzón le contó que había dejado al ejército y trabajaba como conductor en un hospital. Nunca había sido un militar como tal porque no tenía el entrenamiento necesario. Como cocinero, había sido maltratado por los otros soldados, que lo consideraban un estorbo, un eslabón débil. Dos Erres lo obsesionaba.
"Quería hablar con usted porque ya no puedo aguantar esto que tengo aquí en el corazón", le dijo Pinzón a Farfán.
Le contó la historia de la masacre y los nombres de los miembros del escuadrón. La conversación duró horas. Farfán se sintió abrumada con una mezcla de disgusto y gratitud. No era capaz de estrechar la mano del soldado, pero su arrepentimiento parecía sincero.
Poco después, Pinzón le presentó a Farfán a otro veterano: Ibáñez. La activista convenció a los dos hombres de testificar para Romero. Contaron sus historias fríamente, sin asomo de emoción. Habría sido imposible conocer los detalles de la masacre si los dos no hubieran hablado, por lo que se les concedió inmunidad y fueron reubicados como testigos protegidos.
Desde el principio, los detectives habían encontrado obstáculos y amenazas por parte del ejército. Ahora, tenían testimonios de primera mano que implicaban en el crimen al escuadrón Kaibil.
También contaban con una nueva línea de investigación: el rapto de los dos niños por el teniente Ramírez y Alonzo, el ex panadero del escuadrón.
Romero pensó que se trataba de un milagro, pero encontrar a los dos muchachos era una cuestión crítica. Tenían que conocer la verdad -estaban viviendo con las personas que habían asesinado a sus padres. Ninguna otra atrocidad registrada contaba con este tipo de evidencia.
En 1999, Romero y otro fiscal fueron a casa de Alonzo, cerca de la ciudad de Retalhuleu. Como su oficina apenas contaba con pocos recursos, no había apoyo policiaco, ni armas. Romero se mostraba inquieta sobre el hecho de enfrentar a un militar con acusaciones tan graves, sabía que los Kaibiles se veían a sí mismos como máquinas asesinas.
Cuando vio al soldado sentado en la entrada de su modesta casa, su miedo desapareció. "Es un hombre normal, un campesino humilde", pensó.
Las fotos familiares en casa de Alonzo confirmaron sus sospechas de que estaba en el lugar indicado. Él era un Maya de piel oscura, cinco de sus hijos se parecían a él. En cambio, el sexto chico, llamado Ramiro, tenía piel blanca y ojos verdes.
"Mi hijo mayor tiene una triste historia", Alonzo le dijo a la fiscal.
Confesó que tras la masacre se había quedado con Ramiro en la escuela militar por tres meses. Llevó al niño a casa y le dijo a su esposa que había sido abandonado. Alonzo dijo que había enlistado a Ramiro, ya de 22 años, en el ejército. Se negó a revelar la ubicación del chico. Cuando la oficina de la fiscal empezó a indagar, el Ministerio de Defensa le preguntó a Ramiro si tenía un problema con la ley. En vez de cooperar, el Ministerio lo movió de una base a otra.
Ramiro Osorio
Los investigadores estaban preocupados de que Ramiro estuviera en un grave peligro si los militares se enteraban de que era la prueba viviente de una atrocidad. Eventualmente, los fiscales lo encontraron y se lo llevaron de ahí. Ramiro les contó que tenía recuerdos de la masacre y del asesinato de su familia.
La familia Alonzo lo había tratado mal, declaró, lo golpeaban y lo usaban casi como su esclavo. Durante un episodio de ira Alonzo, borracho, le había disparado con un rifle. Las autoridades convencieron al joven de dejar las fuerzas armadas y le dieron asilo político en Canadá.
La búsqueda por el otro joven empezó.
Los fiscales se enteraron de que el nombre del chico era Óscar Alfredo Ramírez Castañeda. Su presunto raptor, el teniente Ramírez, había muerto ocho meses después de la masacre. Un día que usaba un camión para transportar madera a una casa que estaba construyendo, el camión se volcó y Ramírez murió instantáneamente.
Una hermana del teniente, interrogada en Zacapa en 1999, reveló que él había llevado al niño a principios de 1983, alegando que Óscar era el hijo que había tenido con una mujer, fuera del matrimonio. Los fiscales encontraron un acta de nacimiento pero ninguna señal de que la madre realmente hubiera existido. La hermana confesó que había escuchado que el niño era de Dos Erres.
Óscar había dejado el país para ir a los Estados Unidos, y como su familia no quería ayudar, Romero se vio obligada a cancelar la búsqueda.
Los investigadores lograron progresar en otras pistas. Habían identificado a varios ejecutores del escuadrón militar. En 2000, un juez decretó órdenes de arresto para diecisiete sospechosos de la masacre.
En medio de la realidad sofocante de Guatemala, de cualquier forma, los resultados eran decepcionantes.
La policía no lograba llevar a cabo los arrestos. Los abogados de la defensa bombardearon a la corte con papeleo y apelaron a la Suprema Corte. Alegaban que sus clientes estaban protegidos por leyes de amnistía, algo inexacto pero que estancó las investigaciones.
Romero había chocado con el poder del ejército. Parecía que la justicia escapaba de ella, como lo había hecho Óscar.
Capítulo 4: Extrañas noticias de casa
El verano de 2000, Óscar vivía cerca de Boston cuando recibió una carta que lo dejó perplejo.
Un primo suyo, en Zacapa, le había enviado una copia de un artículo publicado en un diario de Ciudad de Guatemala. Describía la investigación de Romero, en busca de dos jóvenes que habían sobrevivido a la masacre y habían crecido en familias de militares.
"La Fiscalía busca niños robados de Dos Erres", decía el encabezado. "Sobrevivieron a la masacre".
La nota seguía y explicaba que los fiscales habían identificado a ambos jóvenes. Uno de ellos, Óscar Ramírez Castañeda, estaba viviendo en algún lugar de los Estados Unidos. Era posible que fuera demasiado pequeño como para recordar algo de la masacre o el secuestro por parte del teniente, mencionaban los fiscales.
El periódico presentaba una foto de Óscar a los ocho años. El artículo reportaba más información sobre Ramiro, debido a que los fiscales habían logrado encontrarlo e interrogarlo antes de que lograra conseguir asilo en Canadá.
Había una foto reciente de Ramiro como cadete, sosteniendo un rifle y vestido con el mismo uniforme del ejército que había asesinado a su familia. El texto mencionaba que existía la sospecha de que ambos chicos, que tenían ojos verdes y piel clara, fueran hermanos.
"La orden fue eliminar a todos los habitantes de Dos Erres", decía el artículo. "Nadie puede explicar por qué el teniente Ramírez Ramos y el sargento López Alonzo tomaron la decisión de llevarse a los chicos".
Óscar estaba desconcertado y llamó a una tía en Zacapa.
"¿De qué se trata todo esto?", preguntó. "¿Por qué está mi foto en el periódico?".
Su tía había leído el artículo y le dijo que no sabía qué hacer con las acusaciones, salvo que sabía que eran falsas. Insistió que el teniente era el padre de Óscar y punto. Según ella, la historia era un intento de la izquierda por manchar el nombre de un honorable soldado.
En medio de los conflictos ideológicos de Guatemala, era posible. Muchas familias afiliadas al ejército y pertenecientes a los partidos políticos de derecha, sentían que la izquierda había distorsionado la historia de la guerra civil. Se quejaban de que los guatemaltecos y los críticos extranjeros exageraban los abusos de las fuerzas armadas mientras desestimaban la violencia de las guerrillas.
La tía de Óscar lo convenció de que las acusaciones eran demasiado bizarras como para ser creíbles.
"Si de verdad tengo un hermano, como dicen, deja que me encuentre", le dijo a su tía. "Él sabrá si es mi hermano o no".
Las memorias de Óscar referentes a su niñez eran borrosas. Nunca había sabido nada de su madre y no tenía recuerdos reales del teniente. El joven había crecido en una casa de dos cuartos, en una granja, en medio de la región seca y caliente de Zacapa, donde su familia cultivaba tabaco y cuidaba el ganado. La matriarca de la familia era su abuela Rosalina, quien se había encargado de criarlo a la muerte del teniente Ramírez. Óscar la consideraba como su madre.
Rosalina era afectuosa y estricta, y Óscar siempre tenía tareas que hacer. Ordeñaba a las vacas a las cinco de la mañana, trabajaba el campo después de la escuela e intentaba hacer cigarrillos -aunque nunca fue su fuerte. Amaba la vida en la granja, montar a caballo, caminar en el campo. Sus tías se aseguraban siempre de que fuera limpio e impecable a la escuela.
Los Ramírez eran personas trabajadoras y esforzadas. Uno de los tíos de Óscar era un prominente doctor en el lugar, dos de sus tías eran enfermeras. La familia y sus vecinos idealizaban al padre de Óscar, el teniente, por su generosidad y sus relatos en el campo de batalla. Había ayudado a pagar la educación de sus hermanos, y había llevado a sus compañeros combatientes de Nicaragua, para establecerse en Zacapa. Una comunidad incluso nombró un campo de fútbol en una escuela militar, en su honor.
Sin embargo, Óscar nunca mostró interés en seguir los pasos del teniente. Sus tías lo intentaron convencer de ir a un colegio militar, pero a él no le gustaba recibir órdenes, tenía un espíritu independiente.
Consiguió un grado como contador en la escuela preparatoria, era suficiente para conseguir empleo. Tras la muerte de su abuela, entró en conflicto por la herencia y decidió, mejor, probar su suerte en EUA. Así que, en 1998, Óscar viajó al norte como muchos otros guatemaltecos. Entró a México y cruzó ilegalmente la frontera hacia Texas.
Tras una breve estancia en Arlington, Óscar se estableció en Framingham, Massachusetts. El suburbio al oeste de Boston tenia una comunidad creciente de centroamericanos y brasileños. Encontró un empleo en una sección de un supermercado, el pago y las prestaciones eran sólidas y nadie lo molestaba con su estado legal como migrante.
Pronto, su nueva vida lo fue consumiendo. Se reunió con Nidia, su novia de la adolescencia, quien había llegado también de Guatemala. En 2005, se mudaron a una pequeña casa dúplex en un complejo residencial.
Nidia dio a luz a dos niñas y un niño, inteligentes y dinámicos que podían hablar igualmente inglés y español. La familia mantuvo ocupado a Óscar: la iglesia, las lecciones de natación, las parrilladas. Ascendió como asistente del gerente en el supermercado pero perdió su trabajo durante una campaña contra inmigrantes en 2009. Encontró otro empleo como supervisor: en las mañanas en una compañía de limpieza, en las tardes en un restaurante de comida rápida.
Óscar era educado, sereno y hablaba bien inglés. Algunos de los clientes frecuentes del restaurante mexicano donde trabajaba, llegaron a confundirlo con el dueño. A pesar de la naturaleza precaria de una vida como inmigrante indocumentado, Óscar gozaba de buena salud y tenía comida en la mesa. Se consideraba un hombre feliz.
El artículo en el periódico le había generado dudas, pero venía de un lugar donde los misterios abundaban, y donde las acusaciones y sospechas rebasaban por mucho a los hechos.
Con el paso de los años, pensaba cada vez menos en ese episodio de su vida.