Actualidad|31 may|3|POR SEBASTIAN ROTELLA, PROPUBLICA, Y ANA ARANA, FUNDACION MEPI
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Masacre, memoria y justicia en Guatemala

Buscando a Óscar (IV)

Con reportes por Habiba Nosheen, especial para ProPublica, y Brian Reed, This American Life
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CAPITULO 6: Cocorico2

Las detenciones en Estados Unidos dieron nuevos aires a la investigación de la fiscal Romero.

El Ejército de Guatemala recibió mejor las indagaciones de autoridades estadounidenses que las de sus propios fiscales. Se entregaron documentos sobre los comandos fugitivos detenidos por ICE. Y los investigadores estadounidenses los compartieron con sus colegas en Guatemala. La confesión de Jordán reforzó el caso y fue la evidencia contra más de una docena de sospechosos que eran fugitivos.

La atmósfera en Guatemala cambió. Para finales de 2010, el Presidente Álvaro Colom nombró un nuevo fiscal general. Claudia Paz y Paz, la primera fiscal general mujer del país, comenzó una campaña sin precedentes contra los violadores de derechos humanos. Acusó al ex dictador Ríos Montt de genocidio y de crímenes de ‘lesa humanidad'.

Además, la Corte Inter Americana de Derechos Humanos en Costa Rica había dado un fallo a favor de los activistas de derechos humanos guatemaltecos. Su edicto forzaba a la Corte Suprema de Guatemala a ordenar que el caso de Dos Erres continuara.

Después de 15 años de investigación, la fiscal auxiliar Romero ordenó un número de arrestos en 2011. La policía pudo capturar a tres de los kaibiles implicados en el caso, y a Carías, el ex comandante de Las Cruces.

Los investigadores se enfrentaban a situaciones hostiles y peligrosas. Familias de militares en los barrios de Ciudad de Guatemala, donde vivían los ex militares sospechosos, amenazaban a los policías que buscaban a los criminales de guerra. Un testigo en un caso fue asesinado. Los fiscales sospechaban que algunos de los fugitivos de Dos Erres, y otros casos, vivían protegidos en bases militares o en áreas dominadas por los militares.

Uno de los kaibiles detenidos habló de los dos niños robados en su declaración en Ciudad de Guatemala. El juez supervisor ordenó a Romero que redoblara sus esfuerzos para encontrar a Óscar, y al segundo niño. Años atrás, la renuencia de la familia de Óscar en Zacapa había acabado con cualquier esperanza de encontrarlo. La historia que salió en el periódico tampoco ayudó al caso de la fiscalía.

Pero ahora, otra vez había una oportunidad. En mayo de 2011, Romero regresó a Zacapa, donde Óscar creció. Otra vez visitó a su tío, un reconocido doctor en esa región. En una primera visita hacía unos años, el doctor la había acusado de difamar el nombre y honor del Teniente Ramírez, con sus preguntas sobre el origen de Óscar. Esta vez, el doctor parecía más cooperativo. Le dijo que Óscar vivía en los Estados Unidos con su esposa e hijos, pero que no tenía su número telefónico. Sin embargo, le dio una pista.

"El apodo de su mujer es La Flaca".

Con ese detalle, Romero y sus investigadores preguntaron al dueño de una pequeña tienda, quien les ayudó a encontrar a los familiares de la esposa de Óscar en un caserío cercano. La fiscal entrevistó a la familia de la esposa y ellos le dieron el correo electrónico de Óscar. La dirección tenia la palabra ‘Cocorico2'. Romero entendió que Óscar utilizaba el mismo apodo que el Teniente Ramírez.

Unos días después, el mismo Óscar llamó a Romero, pero ella no quiso hablarle mucho. No quería tirarle una bomba así por teléfono.

En vez de eso, Romero se sentó frente a su computadora a escribirle un correo electrónico. Se esmeró en encontrar las palabras adecuadas, que le explicaran a Óscar que su vida, hasta ahora, había sido una mentira. Romero sabía que Óscar vivía en EUA sin documentos. Se imaginó su existencia tan lejos de su patria. Pensó en cómo lo impactaría el mensaje.

¿Necesitaría ayuda psicológica después de recibir la noticia?

Continuó con su mensaje. Lo tenía que hacer. Comenzó asi: "Usted no me conoce".

Ver en PDF carta de Sara Romero a Oscar 

Cuando Óscar terminó de leer el mensaje en Framingham, su cabeza se volvió un torbellino de pensamientos confusos. La fiscal insinuaba que había tenido una vida completamente diferente hasta los tres años. Lo encontraba difícil de creer. No podía recordar ninguna imagen de cómo era Dos Erres. La familia que conoció en Zacapa lo había tratado como uno de ellos.

Luego volvió a pensar en el artículo en el periódico sobre él y Ramiro, de hacía una década. Ésa fue la historia que sus familiares de Zacapa le dijeron que era impensable. Todas las dudas cayeron como en una cascada.

Óscar volvió a llamar a Romero y aceptó hacerse una prueba de ADN. El 20 de junio de 2011, Fredy Peccerelli, un investigador de derechos humanos guatemalteco, lo visitó en Framingham. Estaba allí para recoger la evidencia que determinaría la identidad verdadera de Óscar para siempre.

Los dos se llevaron bien. Peccerelli tenía la cabeza rapada, el físico de un levantador de pesas y un acento de Bensonhurst, el barrio italiano de Brooklyn, New York. Parece más un héroe de acción que un científico y luchador de derechos humanos.

Nacido en Guatemala y criado en Brooklyn, Nueva York, Pecerelli, a sus 41 años, es uno de los mejores antropólogos forenses en Latinoamérica. Su organización, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) apoya en investigaciones sobre violaciones de derechos humanos. Hacen exhumaciones en sitios donde ocurrieron masacres y en cementerios clandestinos. Las pruebas de ADN se llevan a cabo en un laboratorio de alto nivel científico, localizado detrás de unas paredes altas, con concertina de seguridad, en Ciudad de Guatemala.


Fredy Peccerelli


En 2010, la Fundación de Peccerelli analizó los restos de Dos Erres, recolectados por el equipo argentino en 1995. El equipo de Peccerelli utilióo tecnología reciente sofisticada para extraer ADN de los familiares de las victimas de Dos Erres y buscar conexiones.

Cuando Peccerelli se encontró con Óscar, intentó imaginarse cómo había sobrevivido cuando niño. ¿Había visto a toda su familia ser asesinada?

Peccerelli quería proteger a Óscar. El joven se sintió incómodo con la atención. Peccerelli le dijo que él sabía lo que significaba ser un inmigrante escondido en las sombras. Su padre había sido un sindicalista en Guatemala. Cuando Peccerelli era un niño, su familia tuvo que huir por amenazas de muerte y se trasladó a los Estados Unidos.

Poco a poco, Óscar se sinceró. Le contó sobre su odisea de Guatemala a EUA. Peccerelli tomó la muestra de ADN. Después, Óscar y su esposa prepararon una gran cena para todos los presentes.

Peccerelli había pasado toda su vida de adulto uniendo las piezas de esqueletos destruidos. Hoy, por primera vez, estaba frente a una evidencia viviente. Tenía la rara oportunidad de hacer preguntas importantes.

En otros casos de robo de niños por soldados, los menores habían sufrido abusos. Ramiro, por ejemplo, fue forzado a dormir con los animales y a trabajar 20 horas al día. Peccerelli estaba fascinado al escuchar esta experiencia de primera mano.

"¿Cómo te trataron?", le preguntó a Óscar.

"Donde yo crecí, crecí bien", le respondió Óscar de forma serena y lacónica. "No fui tratado diferente de los otros niños".

Peccerelli regresó a Guatemala para terminar la prueba de ADN. Se quedó con la impresión de que Óscar quería saber más, pero al mismo tiempo tenía muchas dudas.

En algún lugar de su alma, Peccerelli pensó, Óscar no quiere que esto sea verdad.

Capítulo 7: "Mis penas también nadan"

Óscar esperó alrededor de seis semanas los resultados de la prueba de ADN.

El 7 de agosto, Peccerelli le llamó desde Ciudad de Guatemala. Le explicó que las pruebas habían descartado una de las teorías de la fiscalía: que Óscar y Ramiro podían ser hermanos.

"Gracias", dijo Óscar. "No me sorprende".

Peccerelli hizo una pausa. Había más.

"Encontramos a tu padre biológico", le dijo a Óscar. "Es un hombre llamado Tranquilino".

Óscar volteó a ver a Nidia. Le dijo las palabras que aún le costaba creer: "Encontraron a mi padre".

Tranquilino Castañeda había sido un campesino en Dos Erres. Había escapado de la masacre porque se encontraba trabajando la tierra en otro pueblo. Por casi treinta años, pensó que los militares habían asesinado a su esposa y a sus nueve hijos.



Óscar era el más joven de sus ellos: Su nombre real era Alfredo Castañeda.

Peccerelli, Aura Elena Farfán y otros investigadores armaron una conversación en video entre los dos sobrevivientes.

Óscar pudo ver a su padre a través de la pantalla de la computadora. Castañeda era un hombre larguirucho, de 70 años, con un sombrero vaquero. Su rostro evidenciaba décadas de trabajo, soledad y tristeza.



Los investigadores habían tomado muestras del ADN de Castañeda, pero nunca le contaron de sus sospechas sobre quién era Óscar. Cuando tenían la certeza y decidieron contarle, llevaron a un doctor, por si las dudas. Uno de los encargados de derechos humanos acercó la silla del hombre a la suya y se inclinó.

"Le voy a contar algo", le dijo. "¿Conoce a esa persona? Al tipo que aparece en la pantalla".

"No, no tengo idea que quién es", contestó Castañeda.

"Es su hijo".

Castañeda se quedó pasmado. Su reacción fue más bien triste y de desconcierto que de alegría. El grupo se junto alrededor de él, mientras el viejo se tomaba un trago de licor.

El padre miraba la pantalla sin dar crédito. Intentó comparar el rostro del hombre a cuatro mil kilómetros de distancia con el del niño regordete y pequeño que recordaba. Mientras lo veían con lágrimas en los ojos, Castañeda llamó a su hijo por su verdadero nombre.

"Alfredito", le dijo. "¿Cómo estás?"

La conversación era emotiva e incómoda. Óscar no sabía qué decir. Castañeda le preguntó si recordaba que le faltaba su diente delantero cuando era pequeño. El joven le dijo que lo recordaba. Sobre todo, pasaron tiempo sólo mirándose uno al otro.

Padre e hijo hablaron de nuevo por teléfono y por Skype. Pronto, se encontraron hablando cada día, conociéndose más, llenando las tres décadas que pasaron separados.

La familia del teniente estaba igualmente sorprendida, pero no tenían rencor aparente. Habían invitado a Castañeda a visitarlos a Zacapa, y se maravillaron al ver la semejanza entre el viejo y el hombre que conocían como Óscar. Castañeda se unió a una parrillada que organizaron los Ramírez. En fotos que la familia le envió a Óscar, su padre lucía años más joven.

Castañeda quedó destrozado por la pérdida de su familia. Tras la masacre, se refugió en una choza en la selva. Nunca se volvió a casar, y bebió tanto como una persona puede llegar a beber.

 

"Pensé que podría ahogar mis penas, pero no se puede", dijo Castañeda. "Mis penas también nadan".

La nueva y profunda relación de Óscar con su padre lo llevó a otro mundo. Tuvo mucho que pensar. Aunque hablaba fácilmente de algunos temas -el trabajo, el fútbol, la vida como un inmigrante indocumentado-- le tomó un gran esfuerzo abrirse a las maravillas y traumas de ese año pasado.

La persona con la que pudo hablar sobre el tema fue Ramiro, el otro sobreviviente raptado. Tuvieron largas charlas por el teléfono. Se hacían preguntas sin respuesta.

¿Por qué los soldados les habían perdonado la vida?

¿Qué clase de hombre asesina familias pero decide salvar y criar a un niño?

Durante las dictaduras en Argentina y El Salvador, el robo de infantes de familias de izquierda, se volvió un tráfico organizado y a veces redituable. En un nivel ideológico, los secuestradores querían eliminar a una generación de futuros subversivos al raptarlos y venderlos a familias de derecha.

En Guatemala, esos crímenes eran oportunistas y sin mucha idea. Los investigadores oficiales estimaban que los militares habían secuestrado a más de 300 niños durante la guerra civil. En una sociedad pobre y rural, la historia de Ramiro, de maltratos y abusos, era común.

La experiencia de Óscar destacó porque se le había tratado bien. Los investigadores piensan que el teniente lo llevó a casa para darle gusto a su madre, quien se quejaba por no tener un nieto.

Óscar entendió entonces que su padre "adoptivo" supervisó los asesinatos de sus hermanos y de su madre. Leyó sobre los horrores ‘medievales' de la masacre y se dio cuenta de que una foto en el álbum del teniente -con soldados posando con un aparente prisionero atado-probablemente mostraba una escena como la del "guía" asesinado después de Dos Erres.

Se sentó en la mesa de la cocina y examinó el álbum de fotos. Volvió, silenciosamente, a dos hechos. El teniente lo había salvado y la familia Ramírez lo había tratado como uno de los suyos.



"Aún es un héroe para mí", dijo Óscar. "Lo veo de la misma forma como lo hacía antes".

Y de repente: "Él estaba en el ejército, allí te dicen cosas y tienes que hacerlas. Especialmente en tiempos de guerra, aunque no quieras".

Para los investigadores, Óscar se había vuelto un poderoso nuevo testigo al que había que proteger. Peccerelli lo ayudó a encontrar a un importante abogado estadounidense. Scott Greathead, un socio de la firma Wiggin and Dana, en Nueva York, había tenido un trabajo activo en derechos humanos a lo largo de Latinoamérica, por tres décadas. Entre sus casos más importantes, Greathead representó a familias de monjas de EUA que fueron violadas y asesinadas por soldados salvadoreños en 1980.

Greathead y sus colegas en Boston compilaron una demanda en busca de asilo político para Óscar en EUA, bajo los argumentos de que sería un objetivo potencial si volvía a Guatemala.

"Hay gente", dijo Óscar, "que no quiere desenterrar el pasado".

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Continúa mañana 

 

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