Se estrelló contra una caseta de concreto en un centro de esquí italiano, entre barrancos y pendientes. Lo sacaron en un helicóptero que no encontró dónde aterrizar. Le auguraron la muerte. Las probabilidades hablaron de invalidez. Contra todo pronóstico, volvió a esquiar, pero él ya no sería el mismo. Esta es la historia de Max y del golpe que lo transformó en otro hombre.
Max Bosio (41 años) es un hombre de risa fácil. Su acento italiano se mezcla con las carcajadas que suelta de tanto en tanto. No tiene empachos en intervenir en conversaciones o aportar sus conocimientos de ingeniero informático a quien le consulte. Le gusta hablar, y lo hace fuerte y con ganas.
Hace 18 años, Max no era así. Tímido, reservado y enfocado en lo suyo, trabajaba las noches de fin de semana como DJ en una discoteca en Brescia, una ciudad de 200 mil habitantes al norte de Italia. A pesar del reconocimiento que le acarreaba su actividad, se mantenía discreto. Prefería dedicar su tiempo libre en la semana a esquiar, un pasatiempo que había heredado de su madre, exseleccionada nacional de esa disciplina, y de su abuelo, instructor.
Entonces, un día, todo se fue a negro en la mitad de la nieve.
Y Max despertó siendo otro.
Max reside hace 9 años en el país. El clima lo ha beneficiado: dice que ya no le duelen tanto las fracturas
El 20 de febrero de 1994 fue un día soleado y caluroso en las pistas de Montecampione, el centro de esquí al que había acudido Max. Era jueves y la montaña estaba libre de multitudes. Para alguien como Max, que se deslizaba por la nieve antes de tener memoria, era el paraíso. Podía olvidar el mundo entre caminos vírgenes, fuera de las pistas establecidas y lejos de la presencia humana. Podía esquiar al ritmo que quisiera.
Max sintió hambre. Ingresó a una pista a buscar un local donde comer algo. Iría a unos 70 kilómetros por hora. La velocidad no lo asustaba: "era como caminar". Nunca se había accidentado ni había pasado de las caídas consideradas normales para la actividad. Respirar y esquiar le suponían la misma dificultad.
"Mi siguiente recuerdo es en un hospital, tres días después".
Hasta el día de hoy, nadie sabe qué pasó. Por qué un hombre joven, de 23 años, deportista y sin antecedentes de salud queda inconsciente de un segundo a otro. Nunca le había pasado ni le ha vuelto a ocurrir. La teoría habla de una baja de azúcar -que el calor, que el reflejo del sol en la nieve-, pero él no advirtió ningún síntoma.
Ese día, sin embargo, el desmayo lo pilló a alta velocidad en una pista de fuerte pendiente. No llevaba casco: en esa época no se estilaba. Nadie lo vio. Grande -mide un metro 93-, su cuerpo agarró fuerza camino abajo. Se salió de la pista y se arrastró por la vertiente.
Lo detuvo una garita de cemento que se utilizaba para almacenar materiales. Detrás de la caseta, el vacío. "Si no me estrello ahí, me mato volando hacia la nada".
Alguien oyó el azote e investigó su procedencia.
Cuando el helicóptero llegó, se encontró sin base para aterrizar. Por un lado, una fuerte inclinación coronada con árboles. Por el otro, el abismo. El helicóptero optó por el segundo: se mantuvo en el aire mientras los rescatistas trasladaban el cuerpo inconsciente de Max a la aeronave. "No sé cómo lo hicieron".
A metros de distancia del suelo lo empezaron a operar.
La factura del rescate -cubierta por el Estado- revela la magnitud de la operación: 250 mil dólares, de los cuales Max no tuvo que pagar ninguno.
52 fracturas, incluyendo dos vértebras, la mandíbula y la clavícula izquierda pulverizada. Un TEC cerrado. El pulmón derecho lleno de sangre, perforado por la costilla. El ojo izquierdo, paralizado. La cadera desplazada de su eje. Pérdida de sangre a través de las orejas y la nariz.
—Si sobrevive a mañana, tiene un 99% de posibilidades de quedar en silla de ruedas -le informó el médico a la madre de Max. Él es hijo único y su padre había fallecido el año anterior.
Lo operaron tarde y noche. Tres días después, Max abrió los ojos. Estaba entubado -muestra una cicatriz en el lóbulo nasal-, y tenía suero en cada uno de los dedos de sus manos. Con la mandíbula destrozada no podía hablar, menos comer: "el primer pan lo comí a los tres meses, con dolor".
—Tuviste un accidente en esquí -le explicó su madre.
—Tú estás loca, eso es imposible -le gesticuló él. Creía que le estaban escondiendo algo: "Yo tenía un carro nuevo como de 25 días. Pensé que había tenido un accidente en el carro y que no me querían decir que se había destruido".
Max en el centro de esquí de Montecampione
Cuatro meses antes. 31 de octubre, fiesta de Halloween. La discoteca donde trabaja Max decide inventar algo novedoso para la fecha. De entrada y para ambientar, se les ocurre traer al DJ en un ataúd.
"Yo iba pintado de blanco, acostado dentro. Me taparon, me cargaron por todo el local y al final salí". Al final de la noche, se le acercó un hombre a espetarle:
—Lo que hiciste fue algo muy malo, Dios te va a castigar y te pasará algo.
—Sí, claro. Gracias -Max no lo tomó en cuenta. Se lo contó de pasada a su madre, quien lo recordaría después del accidente: "Ella cree en esas cosas, y piensa que esa fue la causa de lo que me pasó: porque tú hiciste eso".
¿Y Max? "Yo todavía no creo que tenga que ver. Pero no me montaría otra vez en un ataúd".
La rehabilitación duró dos años. "Cuando salí del hospital, después de 60 días, me costaba todo". Al mes tenía pesadillas inaguantables: estaba haciendo crisis de abstinencia porque le habían quitado la morfina. Tuvo que aprender a usar el lado derecho de su cuerpo otra vez, en cosas tan básicas como agarrar un lápiz.
A los nueve meses volvió a la nieve. Cambió los esquís por el snowboard: "el accidente no me traumó". Las terapias siguieron.
Lo más largo del proceso fue su ojo izquierdo. El golpe había dañado los nervios ópticos; lo tenía paralizado, mirando fijo hacia su nariz. Veía cruzado. La terapia ayudó, pero el ojo nunca volvió a tener la movilidad anterior al accidente. Fue la única operación que Max tuvo que pagar; el resto corrió por cuenta del Estado. La cubrió con el dinero de la demanda que le ganó al centro de esquí por falta de seguridad en las pistas.
Su médico le dijo que ocurría. Que los golpes en la cabeza pueden cambiar la personalidad. Su madre le comentó: "eres otra persona" y él mismo lo notó.
"Antes del accidente era muy tímido. Y cuando salí del hospital, salí como una estrella. Nadie me paraba. Hablaba con todo el mundo. Estaba más optimista, más alegre".
De la confusión inicial, pasó al agradecimiento. Había tenido suerte. Abordó la vida con otra perspectiva: "Más que una revelación espiritual, te das cuenta de que hoy estás, y mañana no estás. Disfrútalo". Una actitud que en un momento tal vez se le escapó de las manos: "Se hace difícil ahorrar o planificar. O sea, planificas todo pero sabes que se puede destruir en un segundo. Pero después piensas: espérate un poco, tampoco puedes estar haciendo cosas a lo loco".
Reconoce que se volvió más responsable con su autocuidado: "Me acostumbré a ir al gimnasio, cuidar de mi persona. Hago las cosas con más cautela, cualquier deporte que haga".
En su recuperación, cuenta, fue clave su actitud. "Es muy importante el estado psicológico, de querer salir de eso. Sin fuerza de voluntad o las ganas de volver a vivir, tal vez el día de hoy estaría sentado en una silla. O pesando 350 libras. El único objetivo mío era salir, volver. Y volver a esquiar".