Hay pocos espacios infantiles en la ciudad, y no todos los que existen están bien pensados. Arquitectos, urbanistas y psicólogas infantiles analizan qué está bien, qué falta y qué peligros acechan a las canquiñas. ¿Qué pasa cuando están emplazadas donde no deben? ¿Cómo se han definido estos sitios? Y sobre todo, ¿por qué hay algunos entre avenidas de alto tránsito?
Aleida Martínez llena papeles en un banco del Parque del Homenaje, en la avenida San Martín, próximo al expreso V Centenario. “Vengo a matar un poco el tiempo antes de entregar el trabajo a las cinco”, explica mientras ordena facturas, con el ruido del tránsito de banda sonora.
Son las cuatro y media de la tarde de un martes y la plaza está transitada. Hay adultos en los bancos, descansando; unos veinte adolescentes en sus uniformes beige y celeste hacen vida social, reclinados en alguno de los variados juegos infantiles. Niños: cero.
—Ahorita había unos cuantos niños, pero no vienen todos los días –comenta Aleida. Ella acude casi a diario a este parque-. Yo he traído a mis hijos un par de veces, cuando vengo a cobrar.
—¿Y no le pone nerviosa que se escapen corriendo a una de las avenidas?
—Claro que sí. Ya he visto un par de accidentes de gente que viene cruzando. Pero los niños no se escapan porque las mamás paramos con los cuatro ojos encima. Después de las cinco hay que irse, porque no hay luz.
No sabe que el parque ha sido atracado, y que por eso se llena de sombras cuando entra la tarde: el alumbrado y las bombillas han caído en manos de los amigos de lo ajeno. Es lo que ocurre cuando falta lo que los urbanistas llaman “apropiación social del espacio”.
Cuando los vecinos no sienten pertenencia con su plaza, hay menos ojos puestos en ella. “Si hay una doñita, por más anciana que sea, mirando al parque de su comunidad, esa es una vigilante, que ante cualquier cosa va a dar una voz de alerta”, explica el arquitecto y urbanista Erick Dorrejo. “Pero si los parques están ubicados, como sucede ahora, en espacios residuales sin planificación, entre avenidas, va a estar solitario. Y va a ser un blanco perfecto para cualquier ladrón que esté pasando en el momento”.
El Parque del Homenaje, emplazado entre avenidas y no en el centro de una comunidad, como recomiendan los especialistas, queda al abandono por las tardes cuando los comerciantes vuelven a sus hogares. No es el único.
Pensar el espacio
La reflexión se repite y se expande como la metrópolis sobre la que recae: la ciudad ha crecido sin planificación, y los grandes perjudicados han sido los espacios públicos. Si las plazas fueron alguna vez el centro de la comunidad, hoy están en declive. Peor aún si se trata de áreas para niños, que tienen necesidades específicas de educación, acceso y estructura.
“Yo entiendo que hasta ahora lo que ha existido, es que se han utilizado espacios que han estado aquí y ‘vamos a poner juegos, y vamos a poner lo mismo en cada sitio”, reflexiona Dorrejo. Y agrega: “eso no le da identidad tampoco”.
El tema de la identidad es recurrente. “Lo que se debe hacer en cualquier comunidad es crear el espacio como un vínculo entre la comunidad y su capacidad de manifestarse”, explica Omar Rancier, decano de la Facultad de Arquitectura y Artes de la UNPHU.
No solo la comunidad debe sentir que ese espacio le pertenece y que suple una necesidad, sino que el parque en cuestión debe ser, en algún sentido, único. No basta con repetir la misma fórmula en cada metro cuadrado.
“Dentro de la planificación que debería hacerse, habría que pensar no solo en los límites físicos del parque, sino cómo ese parque tiene una interacción con lo que le rodea, y otros parques también”, explica Dorrejo. “Por ejemplo, en un circuito de dos o tres parques, podemos hacer que cada uno tenga un tema diferente. Uno puede estar orientado a la naturaleza, otro a la historia. Pueden ser los mismos juegos, pero el que sea de naturaleza puede tener quizás un espacio reservado para mostrarle a los niños aspectos básicos de la naturaleza en nuestro país”.
“Tiene que ser seguro y tener áreas educativas”, concuerda Rafael Hernández, ingeniero y arquitecto. Cita de ejemplo el otrora Parque Ramfis: “En ese parque había palomares, peceras, sitios para jugar ajedrez, una piscina muy segura sin mucha profundidad, un área de patinaje, en fin, todo estaba orientado para que un niño lo disfrutara”.
¿Y qué hacer con lo que ya está? Dorrejo apunta a la naturaleza: “Yo consideraría zonas con mayor arborización, no artificial”, para fomentar el uso del espacio. Porque, recordemos, “el dominicano no disfruta el sol”.
Juegos para cada edad
El juego tiene un rol fundamental en el desarrollo de los niños, niñas y adolescentes. Su impacto va desde los beneficios físicos, como la motricidad y una mejor salud, hasta los aspectos emocionales y psicológicos, como la socialización.
A cada edad, sin embargo, le corresponden distintos juegos y estímulos. Las llamadas “Canquiñas”, específicamente, son para niños de cuatro o cinco años en adelante. Marianka Herrera, psicóloga clínica infantil, ve que hacen faltan estructuras para los más pequeños:
“Lo ideal sería que hubiera un espacio para que corran los cochecitos de bebé, porque soy partidaria de que los niños empiecen a ir al parque desde pequeñitos. Segundo, que haya un terreno donde puedan jugar los que gatean. Generalmente es una arenera o mantitas de hule. Después, para los que empiezan a caminar, están los jueguitos como las escaleritas pequeñas, los que son de usar las manos para treparse, y entonces ya después empiezan las canquiñas”, detalla. Lo ideal sería que hubiera distintas estaciones para todas las edades.
Rosalía Malla, psicóloga clínica y terapeuta familiar e infantojuvenil, retoma el aspecto de la diversidad desde el punto de vista de desarrollo integral de la niñez: “Sería más enriquecedor si tuvieran diferentes alternativas de parque. Hoy vas a algo más libre, por ejemplo, y otro día vamos donde puedas jugar”.
Ambas coinciden en la necesidad de que el espacio no esté sobresaturado de elementos: “Es como tener al niño en una habitación con la televisión, la computadora, el Xbox, todo junto. Es el tipo de niño que te va a decir 'ya me aburrí', a la hora y media porque no entabla ningún tipo de relación humana, que es muy importante en el parque: que forme relaciones amistosas”, ilustra Herrera.