ACTUALIDAD|24 may 2013, 12:00 AM|1|POR EFE / Jairo Mejía

Los escándalos judiciales vuelven a dañar la imagen del FMI en plena crisis

La directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde (izq), llega a la Corte de Justicia de la República, en París, Francia. EFE / Yoan Valat

WASHINGTON.- Los problemas judiciales de Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), no son nuevos en la cúpula de una institución repleta de retos y cuya imagen vuelve a resentirse por las dudas sobre sus máximos responsables.

La directora gerente compareció ante los jueces en París, que deben determinar si la imputan por su papel en el caso de la indemnización pública millonaria recibida por el empresario Bernard Tapie en 2008, cuando Lagarde era ministra de Finanzas del presidente Nicolás Sarkozy.

Lagarde podría enfrentarse a una condena por actuar contra los intereses públicos al optar por una vía arbitral que acabo beneficiando al polémico empresario con una compensación millonaria, algo que en el peor de los casos acarrea una pena de 10 años de prisión o el pago de una multa de 150.000 euros.

Los problemas de Lagarde, que el directorio ejecutivo -el órgano rector del FMI-, veía venir cuando fue confirmada en su cargo en julio de 2011, llegan poco antes del paso definitivo para que el Fondo ceda más poder a las economías emergentes, que cuestionan en voz alta el monopolio europeo sobre la dirección del organismo.

Por razones muy distintas, los tres últimos directores gerentes del Fondo -la francesa Lagarde, su compatriota Dominique Strauss-Kahn, apodado DSK, y el español Rodrigo Rato- se han visto envueltos en polémicas.

En menos de dos años el FMI se encuentra de nuevo ante la posibilidad de que su más alto ejecutivo sea imputado, después del proceso contra DSK en Estados Unidos por abusar supuestamente de una empleada de hotel en Nueva York en mayo de 2011.

Pese a que Strauss-Kahn no fue finalmente juzgado por la falta de credibilidad de la acusadora, el escándalo sexual, ampliamente cubierto por los medios de todo el mundo, desvió la atención de los verdaderos retos del Fondo y obligó a dimitir a un director gerente que era visto con buenos ojos dentro de la institución.

El escándalo de Strauss-Kahn, detenido por sorpresa en el aeropuerto de Nueva York y fotografiado con esposas, fue el episodio más doloroso para la reputación de una entidad obligada a ser ejemplar en todos los frentes.

Antes de Lagarde y DSK, el español Rodrigo Rato, director gerente del FMI entre 2004 y 2007, decidió abandonar su cargo antes de tiempo por motivos personales que nunca fueron explicados del todo.

Rato fue criticado por el diario The New York Times por no haber alertado desde su posición privilegiada en el FMI de los problemas de salud de la banca europea y española.

Algún tiempo después de dejar Washington, el exministro ocuparía la presidencia de Caja Madrid, en enero de 2010, y desde ese puesto impulsó una macrofusión, que acabaría casi en quiebra, de siete entidades.

El grupo Bankia debutó en bolsa en el verano de 2011, pero las dudas sobre la solvencia del grupo unidas a las exigencias de provisiones del Gobierno hicieron que Bankia acabara nacionalizada días después de que Rato dimitiera como primer ejecutivo de la institución en mayo de 2012.

Desde entonces, vive pendiente de los tribunales, que examinan con lupa su gestión y la salida a bolsa de la entidad, por las que ha declarado en calidad de imputado en la Audiencia Nacional, así como por el escándalo de las preferentes, vendidas por las cajas que dieron lugar a Bankia antes de la llegada de Rato a Caja Madrid.

A cada director gerente que pasa por el Fondo, países emergentes como China o Brasil redoblan sus presiones para que se rompa el "pacto de caballeros" que otorga tácitamente la dirección del FMI a un europeo, mientras que cede el Banco Mundial a la batuta de un estadounidense.

Las nuevas economías, que han capeado la crisis mejor que Europa o Estados Unidos y están sosteniendo el crecimiento global, quieren tener más protagonismo en una institución que pese a todo mantiene su influencia e importancia como instrumento para la estabilidad mundial. 

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