Ya Santo Domingo va a tener su torre Eiffel, en la avenida Luperón. Muchos dominicanos desearemos verla, aunque no sea tan grande como la original ni tenga ascensores, pero no creemos que atraiga turistas extranjeros. En varias ciudades alrededor del mundo sí hay estructuras que las simbolizan y son lo primero que viene a la mente cuando se piensa en ellas. Evidentemente, no es obligatorio que una ciudad deba tener un símbolo, pero tenerlo ayuda al turismo y a las finanzas municipales.

La propia torre Eiffel, la real en París, es un ejemplo de ello, superando al museo del Louvre y a la catedral de Notre Dame. En Berlín ese sitial lo ocupa la puerta de Brandenburgo, mientras que en Londres el líder indiscutido es el Big Ben.

Hay predilección por las torres, como lo demuestran las Petronas en la capital de Malasia y el Burj Khalifa en Dubai. También pueden ser estatuas, como la del Cristo Redentor en Río de Janeiro o la de la Libertad en Nueva York, esta última en cerrada competencia con el Empire State. O un puente, como el Golden Gate en San Francisco de California. Las pirámides, por supuesto, no tienen rival en El Cairo, y el Coliseo tiene su lugar cimero en Roma.

En similar situación están el parque Tívoli en Copenhague, la torre de Tokio, el Kremlin en Moscú, el capitolio de Washington, el Arco en San Luis y la acrópolis de Atenas.

En una escala más modesta, Santiago tiene su monumento, La Vega su catedral, Moca su viaducto, Higüey su basílica, Puerto Plata su teleférico y Montecristi su Morro.

Encontraríamos más difícil señalar uno para Santo Domingo. El Faro pudo serlo, pero no lo es. El Palacio Nacional nos impacta a nosotros, por lo que se teje ahí dentro, pero no simboliza la ciudad. Tampoco la plaza de la bandera, el puente Duarte o el parque Mirador. Pero muchos símbolos surgen espontáneamente, sin que nadie lo cree a propósito. Cuidemos que el vertedero no llegue a ser el nuestro.

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