The Economist|31 dic 2012, 12:00 AM|POR Diario Libre

El ascenso de México

La semana próxima, los líderes de los dos países más populosos de América del Norte se reunirán en Washington, D.C. para una conversación amistosa. El reelegido Barack Obama y el presidente electo de México, Enrique Peña Nieto, tienen mucho de qué hablar: México está cambiando en formas que afectarán profundamente a su gran vecino del norte, y a menos que los Estados Unidos se replantee su imagen obsoleta de la vida al otro lado de la frontera, ambos países arriesgan renunciar a los beneficios prometidos por el crecimiento de México.

La Casa Blanca no pasa mucho tiempo mirando hacia el sur. Durante seis horas de debates televisados durante la campaña este año, ni Obama ni su vicepresidente mencionaron a México directamente. Eso es extraordinario. Uno de cada diez ciudadanos mexicanos vive en los Estados Unidos. Incluya a los descendientes nacidos estadounidenses y tendrá 33 millones de personas (alrededor de una décima parte de la población de los Estados Unidos). Y México mismo es mucho más que el sangriento apéndice de la imaginación estadounidense. En términos de PIB está justo por encima de Corea del Sur. En el 2011 la economía mexicana creció más rápido que la de Brasil -y lo volverá a hace en el 2012.

Sin embargo, los estadounidenses son pesimistas acerca de México, y también lo es el gobierno: hace tres años los analistas del Pentágono advirtieron que México corría el riesgo de ser un "estado fallido". Como explicamos en un reporte especial, eso es tremendamente erróneo. De hecho, la economía y la sociedad mexicana están muy bien. Hasta la violencia, concentrada en unas pocas áreas, luce que está empezando a disminuir.

Mañana en México

El primer lugar donde los estadounidenses notarán el cambio es en sus plazas comerciales. China (mencionada más de 60 veces en los debates presidenciales) es con mucho la mayor fuente de las importaciones de los Estados Unidos. Pero los salarios en las factorías chinas se han quintuplicado en los últimos diez años y el precio del petróleo se ha triplicado, induciendo a los fabricantes concentrados en el mercado estadounidense a establecerse más cerca. México ya es el mayor exportador mundial de televisores de pantalla plana, BlackBerrys y neveras-congeladores, y está subiendo la calificación automotriz, aeroespacial y más. Con las tendencias actuales, para el 2018 los Estados Unidos importarán más de México que de ningún otro país. "Made in China" está dando paso a "Hecho en México".

La puerta a esas importaciones es una frontera de 2,000 millas, la más activa del mundo. Sin embargo, algunos políticos estadounidenses están haciendo todo lo que pueden para bloquearla, por miedo a ser inundados por los inmigrantes. No podían estar más equivocados. Menos mexicanos están ahora mudándose a los Estados Unidos que los que están regresando al sur. La frágil economía estadounidense (con una tasa de desempleo casi el doble de la de México) ha reducido las llegadas y acelerado las salidas. Entretanto, la composición de la migración mexicana está cambiando. Al norte de la frontera, los residentes mexicanos legales probablemente son más numerosos que los indocumentados. La ola humana puede cambiar con la economía estadounidense, pero el abastecimiento de potenciales cruza fronteras ha disminuido: mientras que en los años de 1960 la mujer mexicana tenía siete niños, ahora tiene dos. Dentro de una década la tasa de fertilidad en México caerá por debajo de la de los Estados Unidos.

La subvaloración del comercio y la sobrestimación de la inmigración han resultado en malas políticas. Desde el 11 de septiembre de 2001, cruzar la frontera toma horas cuando antes tomaba minutos, incrementando los costos para los fabricantes mexicanos (y por tanto para los consumidores estadounidenses). Los viajes de un día han disminuido a casi la mitad.

Del lado de los Estados Unidos más puntos para cruzar y menos chequeos onerosos acelerarían las cosas; la certificación previa de los contenedores y pasajeros podría mejorar si México fuese menos quisquilloso sobre tener oficiales estadounidenses en su suelo (algo que a Canadá no le importa). Después de unas elecciones en las cuales el 70% de los latinos votó por Obama, hasta los republicanos que se quejan de los "espalda mojadas" deben entender ahora la necesidad de una reforma de la ley de inmigración.

No hay tiempo para la siesta

La parte incierta del brillante mañana de México es la seguridad. Este año hubo una pequeña disminución en los asesinatos. Algunos lugares calientes, como Ciudad Juárez, han mejorado dramáticamente. Una tercera parte de México tiene una tasa de homicidios más baja que Luisiana, el estado con más crimen de los Estados Unidos. Sin embargo, los "carteles" continuarán fuertes mientras se den dos condiciones. La primera es que los Estados Unidos importa drogas - en la cual sus ciudadanos gastan miles de millones- que insiste debe permanecer ilegal, mientras continúa permitiendo a los traficantes comprar armas de asalto libremente. Los políticos estadounidenses deberían prestar atención a las palabras de Felipe Calderón, el presidente saliente de México, quien después de seis años y 60,000 muertes dice que es "imposible" detener el tráfico de drogas.

Compare la tasa de asesinatos y el conteo de cadáveres de cada estado mexicano contra países enteros con nuestro mapa de equivalencias .

La segunda mancha negra es que la actividad policial permanece débil. Para que Peña Nieto mantenga su promesa de reducir a la mitad la tasa de homicidios, tendrá que ser más eficaz que su predecesor en expandir la policía federal y mejorar su contraparte a nivel estatal. Ese es solo uno de varios temas que probaran a Peña Nieto. No podrá lograr su meta de elevar la tasa de crecimiento anual de México a 6% contando solo con la exportación de manufactura. Para incrementar el ritmo se requiere liberalizar o eliminar los monopolios energéticos manejados por el estado, que no ha explotado potenciales grandes reservas de gas y petróleo. El estímulo a la pobre productividad mexicana significa crearle competencia a un acomodado grupo de cuasi monopolios privados, empezando con las telecomunicaciones, televisión, cemento y alimentos y bebidas. Eso significa perturbar a los magnates que respaldaron su campaña.

Este periódico le dio un apoyo tibio a Peña Nieto antes de las elecciones en julio, elogiando sus planes económicos, pero advirtiendo que su Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó a México de manera autoritaria y en ocasiones corrupta durante la mayor parte del siglo XX, no ha cambiado mucho. La tarea más ardua de Peña Nieto podría ser el reducir los intereses dentro de su propio partido. El jefe del sindicato de los trabajadores petroleros es un senador del PRI. El sindicato de maestros, que es amistoso con el partido, está bloqueando el progreso de la educación. Una nueva reforma laboral ha sido diluida por los congresistas del PRI que tienen vínculos con los sindicatos.

Peña Nieto, un buen ejecutante en el tocón, debe apelar más allá del PRI, a los mexicanos, para lograr un consenso amplio para el cambio. El tiempo dirá si está a la altura de la tarea. Pero los cambios en México van mucho más allá del nuevo inquilino de Los Pinos. El país está posicionado para convertirse en el nuevo taller de los Estados Unidos. Si los vecinos desean aprovecharlo al máximo, es hora de que ellos echen otra mirada al sur de la frontera.

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De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com

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