The Economist|21 may 2013, 12:00 AM|POR Diario Libre

Punto de inflexión transatlántico

La exportación de biocombustibles desde EE.UU. hacia Europa formaría parte del tratado de libre comercio.

Lexington. Un pacto comercial histórico entre los Estados Unidos y Europa necesita ser salvado. 

En una era de políticas de pequeño calibre, los Estados Unidos y la Unión Europea tienen una oportunidad para lograr algo grande: un acuerdo transatlántico que, de un plumazo, liberalizaría una tercera parte del comercio mundial. En un momento en que las potencias emergentes se acercan rápidamente a un temeroso occidente, un área de libre comercio que incluya a los Estados Unidos y a la Unión Europea ofrece algo más. Si se hace correctamente, podría anclar un modelo económico transatlántico que favorezca la apertura, los mercados libres, personas libres y el estado de derecho sobre las visiones cerradas y administradas de capitalismo de Estado.

En estos momentos, el pacto tiene problemas, acosado por mezquindad y desconfianza mutua. Esto es una locura. Un acuerdo de libre comercio nunca había tenido tanto apoyo en las cancillerías europeas al igual que en el ala oeste de la Casa Blanca. Está respaldado por una aplastante lógica. Sin embargo los partidarios también saben que el tiempo es desesperadamente corto: esta ventana política podría cerrarse en solo 18 meses, dice un funcionario europeo que se encuentra en el centro del proceso. Esto debe hacerse rápidamente, en "un tanque de gasolina" dice un estadounidense importante.

Todos los riesgos implican pensar en pequeña escala. Recientemente los gobiernos europeos enviaron funcionarios comerciales a Bruselas a una primera reunión sobre su oferta a los Estados Unidos. Liderados por los franceses, enviados de Europa del sur y del este tienen una larga lista de líneas rojas. Estas incluyen los temas usuales: agricultura, servicios públicos y contenido "audiovisual" (ejemplo, tarugos para los cineastas franceses, cuotas de tiempo en el aire para mantener el hip-hop flamenco en la radio). Eso asombró al Equipo de Obama, aunque no porque los estadounidenses no sean culpables. Desde los servicios financieros a los servicios de transporte aéreo de pasajeros, Estados Unidos mantiene numerosas barreras al comercio. El temor real es que si Europa empieza a establecer líneas rojas, los escépticos del comercio en los Estados Unidos trazarán las suyas. Además, los burócratas del comercio estadounidenses son "melancólicos" y mezquinos, dice una fuente bien enterada: un convenio comercial con Colombia es la cima de su ambición. También hay que preocuparse del congreso.

Miembros del Comité Financiero del Senado el mes pasado interrogaron al representante comercial de los EE.UU., Demetrios Marantis, sobre el acceso de la UE al etanol, biodiesel, carne de res, cerdo y aves de corral de sus respectivos estados (un senador de Delaware señaló severamente que por cada persona en su estado, "hay 300 pollos". El presidente, el Senador Max Baucus de Montana, se quejó de las "normas no basadas en la ciencia" de Europa. Eso se refería a una vieja disputa filosófica, con las regulaciones estadounidenses sopesando los costos y los beneficios y castigo por faltas a través de las fuerzas del mercado y litigios, mientras que el "principio de precaución" europeo desconfía de productos o nueva tecnología hasta que se demuestre que son seguros.

Algunos de estos desacuerdos son difíciles de resolver. Pero las recompensas a la vista son grandes. Con grandes flujos comerciales transatlánticos, hasta un poco de liberalización podría resultar en beneficios. Más concretamente, esta podría ser la mejor oportunidad para los Estados Unidos y la Unión Europea para establecer normas liberales para la economía mundial. Los líderes deben responsabilizarse.

La tragedia es que el acuerdo es realizable. A Barack Obama le gustaría terminar su mandato dejando la economía con un fuerte crecimiento. Con las opciones nacionales disminuidas por el estancamiento en Washington, el impulsar el comercio exterior representa una rara oportunidad para tomar acción. Dicen los funcionarios que aunque fue cauteloso en cuanto al comercio en su primer período, ahora el presidente está listo para asumir riesgos. Con los aplausos de los gobiernos europeos, Obama aprovechó su discurso sobre el estado de la nación para anunciar conversaciones sobre una Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP por sus siglas en inglés), junto con trabajo para concluir un pacto comercial con Asia.

Le tomó tiempo a Obama convencerse de que los europeos estaban seriamente interesados. Gran Bretaña, diversos nórdicos y la Comisión Europea (que maneja las conversaciones en nombre de los miembros de la Unión Europea) pasaron años cabildeando al presidente sobre el libre comercio, pero su entusiasmo de alguna manera se da por sentado en Washington. Se dice que Ángela Merkel, la canciller de Alemania fue decisiva en convencer a Obama. Los contactos estadounidenses con otras capitales confirmaron un gran cambio. Ahogados en deuda pública, y sabedores de que solo el crecimiento los puede salvar, una masa crítica de líderes europeos están prestos a negociar - hasta Francia. La opinión de los del tope es importante: las conversaciones sobre el comercio son un asunto tecnocrático, dirigidos por eurócratas y aprobados por los líderes en cumbres.

Ante una emergente China, el Atlántico luce menos ancho

La política comercial estadounidense es más desordenadamente democrática, con el congreso capaz de frustrar las ambiciones presidenciales. Pero hay razones para esperar que el congreso esté de acuerdo. El comercio entre la UE y los Estados Unidos es muy grande, alrededor de $1 trillón al año, y más o menos equilibrado. Debido a que los estándares laborales y medioambientales de la UE son altos, los demócratas de izquierda y los sindicatos aliados apenas se podrán quejar de que los trabajadores estadounidenses están siendo perjudicados. A los republicanos les gusta descartar a Europa como una reliquia inútil. Pero sus aliados de negocios saben que millones de puestos de trabajo en los Estados Unidos dependen del comercio y la inversión de la Unión Europea.

Europa y los Estados Unidos han convergido desde la última vez que se trató de negociar un acuerdo de comercio, dicen altos funcionarios de ambos lados. Airbus y Boeing en una ocasión provocaron guerras comerciales terribles en la industria aeronáutica, dejando a los europeos y estadounidenses con las armas prestas debido a los subsidios estatales y el acceso a los mercados. Ahora nadie puede costear generosos subsidios estatales para los campeones que luchan, Airbus está construyendo una factoría en Alabama y ambas empresas están más preocupadas en poder acceder a los mercados emergentes. También han convergido los enfoques normativos, con los funcionarios estadounidenses hablando de análisis de costo-beneficio "humanizados", y los europeos preocupados del costo de demasiada precaución.

Finalmente, crucialmente, ahí está China. Los europeos les dicen a los estadounidenses que ellos desean unirse como creadores de estándares, por miedo a convertirse en "aceptadores de estándares" en un orden económico controlado por los gigantes emergentes.

Otros perciben la audacia de lo que se está tratando de lograr. Turquía le ha pedido a los Estados Unidos que le ayude a obtener un asiento en la mesa del TTIP (en vano). De repente Brasil está interesado en un, por largo tiempo inactivo, convenio de comercio regional con Europa. Sin embargo, una figura central del lado estadounidense está solo "cautelosamente optimista" de que se puede llegar a un acuerdo. Es hora entonces de un gran empuje de ambos lados; este convenio todavía puede ser salvado.

© 2013 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved. De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com

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