Ecos|05 ago 2013, 12:00 AM|2|POR Diario Libre

De menores, trifulcas, y culpables

Las amanecidas capitaleñas transcurren inundadas de alcohol y peligros para los jóvenes.

¿Saben los padres lo que hacen sus hijos adolescentes en las noches dominicanas? Por Alan Delmonte Bertrán 

La noche se cuela por la ventana como una seductora irresistible que permea de emoción el estomago de Pedro X. Está listo para darle rienda suelta a su sed de vida, que galopa como una bestia salvaje por sus fogosas venas. La madrugada promete tantas cosas, que se le hace difícil contener su emoción. Como si la ausencia del sol fuera una invitación para recorrer los lugares más recónditos de sus crudos deseos adolescentes. "¡Paaaaaaam!", resuena la bocina en el parqueo, mientras Pedro X vuela por las escaleras para darle inicio al acaecimiento más esperado de su monótona semana. Junto a su amigo Juan Y, recorre las calles de Santo Domingo, que parecen rugir bañadas en caos, mientras las luces que adornan la oscuridad se reflejan en sus ojos como minúsculas lenguas que acarician su apasionada exaltación. A pesar de que sólo tiene dieciséis años, Pedro X ya está acostumbrado al misterioso devenir de las amanecidas capitaleñas, que transcurren inundadas de alcohol, y con la esperanza de que el placer sensual corone su trance nocturno.

Mientras fluyen por la ciudad como dos tiburones melancólicos, Pedro X y Juan Y deciden pasar por uno de los emblemáticos "drive-thru" que le sirven bebidas alcohólicas a choferes convenientemente sentados en el volante: una de las barbaridades más pintorescas de la ciudad donde residen, y fenómeno solamente visto en la sociedad que los alberga. Luego de dar tres vueltas por una de estas curvitas, ya con el alcohol suficiente para motivarlos a entrar a uno de sus establecimientos nocturnos favoritos, Pedro y Juan sacan las cédulas falsificadas que tienen desde que cumplieron quince años, y se la muestran al "bouncer" que conocen por su nombre. Entran al lugar como si fueran dueños de la noche, y se dirigen al bar para seguir alimentando su necesidad de escapar, de extasiarse en un trance saturado de ritmos repetitivos que menguan sus mozas aflicciones y aturden sus alterados sentidos.

Aunque aún no han cumplido la mayoría de edad, los padres de Pedro X y Juan Y se han acostumbrado a la idea de que sus hijos anden en la calle sin supervisión, aunque en el fondo de su conciencia conocen a plenitud todos los peligros que esto supone. Ya han visto las cédulas falsas que adornan sus carteras, pero como en el país donde residen la inconsciencia es imperante, y las leyes son objeto de pública ridiculización, han preferido evitar el enfrentamiento, y han dejado las cosas así. "Que Dios me lo cuide", prefirieron pensar, mientras dejan el pasaporte de sus noches intacto, colgando en sus carteras como pasajes aéreos que le servirán para sobrevolar el más allá de sus confines juveniles. "Total, que cuando estos muchachos le han cogido el gusto a la calle, quién es capaz de pararlos."

Mientras tanto, Pedro X y Juan Y remenean sus cuerpos con dos menores que también andan explorando las fronteras de lo prohibido, todos anclados en un dulce presente que jamás quisieran abandonar. Las chicas, que informaron a sus padres que irían a dormir a casa de una de sus compañeras para terminar un trabajo del colegio, decidieron, en vez, explorar las calles en busca de diversión. El alcohol ya se ha apoderado de sus sistemas, catapultando sus libidos a niveles altamente anhelados.

Aunque todavía no lo saben, Pedro y Juan se han involucrado con las personas equivocadas. Desgraciadamente, las chicas andan con varones sedientos de sangre, y con los niveles de testosterona peligrosamente altos. Sin avisos, los acompañantes de las menores se percatan de la situación, y deciden ponerle fin a la fiesta con una granizada de trompadas y patadas que les infligen a los dos menores de manera brutal. Sus cuerpos son lanzados al suelo donde son pisoteados, agravados y pateados, y dejados a la merced de la muerte. La trifulca deja al lugar desierto, y con Pedro y Juan en la sala de emergencia de la clínica más cercana. Los dos adolescentes han quedado estropeados, ambos con una multiplicidad de huesos rotos y múltiples contusiones. Todavía no se sabe si sobrevivirán a la paliza.

Labor de concienciación

¿Conocen ustedes lo que la noche les ofrece a sus hijos? ¿Están conscientes del peligro al que están expuestos cada vez que los dejamos salir sin supervisión a las calles de nuestro país? ¿Estamos verdaderamente en posesión del conocimiento de que al dejarlos entrar en la boca del león hasta las altas horas de la noche, muchas veces sin supervisión ni sapiencia de sus quehaceres, estamos tentando sus destinos y, sin quererlo, jugando a la ruleta rusa con sus vidas?

Aunque los agresores de Pedro X y Juan Y merecen pasarse una larga temporada en la cárcel, los padres de la multitud de adolescentes que andan apoderándose de las noches de nuestras ciudades deberían reflexionar sobre qué medidas tomar para prevenir que sus crías sean víctimas de estas graves tragedias que abundan en nuestras hostiles calles.

Así, los mantendremos por más tiempo enfocados en actividades que le aporten al destino de sus vidas y de la nación, y menguaremos los riesgos que corren en las calles cuando los dejamos expuestos a todas las vicisitudes que caracterizan las noches de nuestro país.

Los padres deberían reflexionar sobre qué medidas tomar para prevenir que sus crías sean víctimas de tragedias.

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