El rey de las flores
Así me dicen los que me conocen, y también mis marchantes, esos que suelen detenerse ante mi humilde puesto de venta donde, por un módico precio, pueden hacerse con el mejor de los regalos posibles, el que puede hacer el milagro de arreglarlo con la esposa celosa, el jefe despótico que cumple años, la amante demasiado exigente, y todo al que se le debe algo, o se le quiere testimoniar un afecto puro, como puro es el color de mis flores.
Las vendo. Ese es mi negocio desde hace ocho años, y la verdad es que no me quejo. Dentro del comercio este es, posiblemente, el menos curtido de corazón, el más romántico y humano. Vender flores no es vender mercancías, sino sentimientos, y eso, por supuesto, que tiene una disculpa a los ojos del Todopoderoso: lo que vendo no se come, no se usa para vestir, ni garantiza techo ni abrigo, pero sin flores no se puede vivir, digo yo. No sé lo que Usted piensa, pero le garantizo que sin flores la vida no sería digna de ser vivida, y mucho menos, disfrutada.
No me faltan clientes, desde la viejita que va al cementerio a llevarle recuerdos a su viejo, hasta los niños que compran con los centavitos ahorrados de la merienda el testimonio de amor a sus madres. Y en ciertos días de celebraciones, como el de las Madres, el del Maestro y el de San Valentín, pues hago mi zafra modesta, es verdad, pero zafra al fin.
Pero nada es comparable con las celebraciones oficiales, los innumerables días de los santos de la Real Familia, los cumpleaños, los fastos de las condecoraciones recibidas, las fechas patrias escamoteadas en su provecho, las visitas de dignatarios extranjeros, las marchas, mítines y desfiles. En esas ocasiones, debo confesarlo, me faltan flores para poder satisfacer la demanda, y hasta me da pena ver cómo la gente humilde del pueblo, con caras demacradas y filosóficas, esto es, hambrientas, cuenta los centavitos para poder ir al desfile, la procesión, la misa o la ofrenda de turno sin singularizarse en la avaricia fatal de no llevar flores frescas.
He sabido que los calieses anotan en sus libretas a aquellos que, en tales ocasiones, portan ofrendas mustias o poco gallardas, que, a fin de cuentas ¿sabe Usted? no están a la altura de la inconmensurable grandeza del Jefe. Y ya podrá Usted deducir: por unas margaritas resecas se reciben tantas tandas de palos; por unas rosas desvaídas, viene después la cancelación del funcionario público y por unos gladiolos exhaustos puedes no regresar esa noche a tu casa. Y eso, por supuesto, me obliga a vender casi al costo, porque ya sé que jamás seré rico en esta vida, pero no podría soportar presentarme al Señor, cuando me llegue la hora, llevando el fardo de unos muertos que no pudieron, un día de jolgorio patrio, pagar el exacto gladiolo de su salvación.
Vivo al filo, como todos, porque aquí nadie está seguro. Ni siquiera los grandes, porque a esos la excesiva colindancia con el Sol también ha terminado chamuscándolos. Y si no me cree, mírese en el espejo del general Guaro Estrella, de Anselmo Paulino, de Logroño, del general Ludovino Fernández, de Peña Batlle y tantos otros, Por eso es mejor andar como yo, al filo, pero seguro, rodeado de flores lozanas y olorosas como diosas. Es verdad que viviendo al filo, sacando lo justo para sostener a la familia, y nada más, pero tranquilo y feliz. Por eso puedo vender al costo, porque yo mismo vivo al costo, como todos en este país.
Gardenias, rosas de Francia, margaritas, violetas, mariposas, orquídeas, girasoles… de todo tengo, y todo vendo. Por eso me dicen El Rey de las Flores, y como monarca me he comportado siempre, consciente de la majestad de mi negocio, y la felicidad que reparto, capaz, incluso, y eso pensaba hasta hoy, de amansar a las fieras.
Craso error. Y lo reconozco, tirado en medio de los restos aventados de mis diosas, con el puesto de venta hecho añicos, un diente de menos, la nariz sangrante, una costilla quebrada que no me deja casi respirar y los diez dedos de las manos meticulosamente quebrados con un martillo. Porque estas bestias vinieron preparadas para matar, y conmigo casi lo logran. Es posible que no me hayan rematado dándome por muerto y suficientemente amortajado, en medio de un mar de flores holladas. Las mías.
¿Qué culpa tengo yo, dígame Usted, si los niños de la escuela de la esquina vinieron, en masa, a comprarme ayer las flores, y al fin, se las llevaron todas? ¿Qué culpa tengo yo por el uso que cada uno le da a las flores que me compra?
Aquí, en Azua, hay un solo Rey de las Flores. Y es lógico que a mi acudieran esos niños cuando los maestros le indicaron que ayer, en la mañana, debían venir con flores a la escuela, para luego llevarlas en homenaje al Jefe, por no sé qué razón o aniversario, porque ese siempre aparecerá. Lo cierto es que a media mañana yo me fui a la casa, después de vender toda la mercancía. Y me fui contento.
Y hoy, sin aviso previo, fue el acabose. Cuando estaba refrescando a mis diosas, echándole buchadas de agua, de la nada salió una tromba de calieses con cadenas y cabillas, y al grito de "¡Viva el Jefe!", tomó por asalto mi humilde puesto de flores, como si de una trinchera enemiga se tratase. Y a mí, por supuesto, me tundieron a palos, dejándome por muerto, sin que nadie tuviese el valor de intervenir.
Mientras me cosían las heridas en Emergencias, adonde me llevaron las viejitas que siempre me compraban flores para sus viejos, y que, por arder en deseos de reunirse con ellos en la Gloria, son las únicas que nada temen, me enteré de todo: por una extraña equivocación de un redactor de "El Caribe", en la edición de ayer, 28 de octubre de 1955, una foto de los niños de la escuela de la esquina, depositando flores ante un busto del Jefe, había sido descrita como "…el homenaje de las nuevas generaciones de patriotas dominicanos ante la tumba del Ilustre Jefe"
Huelgan lo comentarios. Yo al menos, después de oír sobre aquella atrocidad, di gracias al Señor por haberme conservado la vida. Y consideré como un precio irrisorio la destrucción de mi puesto de venta y la masacre de mis diosas a manos de esos furibundos calieses.
He sabido también, por confidencia de una de las enfermeras, que primero me confesó que un ramillete de violetas vendido por mí a su marido tarambana había salvado su matrimonio, que Germán Ornes Coiscou, director de "El Caribe", ha solicitado hoy asilo político en Estados Unidos, donde se encontraba participando en una reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa. Y que el desafortunado redactor de la nota que casi me había costado la vida, no había tenido la misma suerte: se halla en la cárcel de la 40 donde, para empezar su rehabilitación, le han hecho tragar la edición íntegra del periódico aderezada con sus propias heces.
Sin quejarme mucho, para no desatar nuevas furias del caliesaje, puede llegar a la casa, donde mi mujer y mis hijos se espantaron con la imagen renqueante y sangrante de ese Ecce Homo en que me convirtieron, sin culpa alguna. Y aquí estoy, tendido en el camastro, calculando las pérdidas de la razzia trujillista, y rezando porque el Buen Dios de los vendedores de flores se apiade de mí y me prodigue una rápida recuperación para poder seguir manteniendo a mi familia con mis diosas.
Pero ya se sabe que las desgracias de los pobres, jamás llegan solas. Y estando tirado en la cama, sintiendo cada cadenazo y cabillazo recibido, cada insulto y burla mientras saltaban por los aires las flores que debieron adornar la vida, escucho por la radio a un engolado locutor de "La Voz Dominicana", leer el texto de la Circular 945 de la Junta Central del Partido Dominicano, suscrita por su Presidente, Don Emilio Jiménez. Y me estremezco en lo más hondo de mí:
"Se ha dirigido la presente Circular a todos los organismos de su dependencia en la República, prohibiendo las ofrendas florales ante los bustos, estatuas o cualquier otra clase de monumentos consagrados por la gratitud nacional al insigne Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva"
Es duro estar casi baldado en la cama, sin fuerzas y comido por los dolores, y enterarse que se está sin trabajo, sin puesto, sin clientes y sin flores. Es duro mirar a los ojos de tu mujer, remendado como un zapato viejo, humillado e impotente, sin tener culpa alguna, y decirle que se acabó la vida de El Rey de las Flores, y que todos estaban, desde aquel momento, a la buena de Dios.
Y es entonces cuando empiezo, entre vendajes, analgésicos y sollozos de la familia, a pensar los pasos que debo dar, milimétricamente, para convertirme en el Rey de las Yucas y las Auyamas.
Porque ese negocio, evidentemente, puede conservarte la salud, mucho mejor que el de las flores, en un país como este.
Subversivas que son.
¿Qué culpa tengo yo, dígame Usted, si los niños de la escuela de la esquina vinieron, en masa, a comprarme ayer las flores, y al fin, se las llevaron todas? Aquí, en Azua, hay un solo Rey de las Flores.
Y es lógico que a mí acudieran esos niños cuando los maestros le indicaron que ayer, en la mañana, debían venir con flores a la escuela, para luego llevarlas en homenaje al Jefe, por no sé qué razón o aniversario, porque ese siempre aparecerá.
Diario Libre
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