Telegrama para Hipólito Latandier
Era alto, robusto y silencioso, recto como una palma real y leal a sus superiores como un perro ciego. Puede que haya podido ser de otra manera, incluso, si su historia hubiese sido diferente de seguro que el raso Hipólito Latandier no hubiese sido lo que fue. Pero nadie escoge su camino en esta vida: ese ya lo trae bajo el brazo cada niño al nacer, y si la curandera es buena, lo más seguro es que pueda leerlo en el entornado de los ojos del recién nacido, en la manera en que se encoge al recibir el toque de unas manos o en la piel de los codos, que junto con la de las verijas, es de lo que nadie puede ocultar, y siempre terminan delatándote.
Pero a estas alturas, es difícil determinar, y además, carece absolutamente de importancia, si Hipólito Latandier pudo haber sido algo distinto a lo que terminó siendo. De hecho, no creo que sus jefes, ni él mismo, podrían haber concebido su destino de manera diferente a como se fue armando, en el silencio de los años y en el tejido de las ocasiones, con la suave obligatoriedad de lo decretado y en algún inescrutable lugar escrito.
Y siendo bueno, pero seriote; honesto, pero disciplinado; tierno, pero feroz, el raso Hipólito Latandier no pudo escapar al destino reservado para él por la vida: el de sicario predilecto del Jefe, en aquellos oscuros años iniciales en que La Era aún no era La Era, y ni siquiera el Jefe, era todavía el Jefe.
Su buena o mala estrella, según se mire, comenzó cuando se alistó en la Guardia, cansado del hambre con que cada noche se acostaba en la hamaca, uno más entre quince hermanos, huérfanos de madre, famélicos, y costrosos, centellas para robar una batata, pero jicoteas para aprender las primeras letras. Todo su mundo fue un miserable rancho, moscas, el recodo de un río y un caballejo metafísico con el que el padre acarreaba carbón, y si tenía suerte, algún clerén contrabandeado desde Haití. Nada más, a excepción de un baño mensual, sobre una laja del río colocada en la cocina para ese día, cargar cubos de agua que curvaban las espaldas esqueléticas de los críos, y el fétido aliento de una letrina mal construida bajo una mata de naranjas, de donde llovían hormigas sobre los necesitados que la usaban.
Ágil como una comadreja, peleador implacable con quienes, para su mal, se cruzaban en su camino por aquellas soledades de su mala fortuna, o buena, según quien lo cuente, fue ganando fama de tener muñeca recia para asestar buenos golpes, y tino preciso para machetazos y puñaladas. Tal fue el muchacho malencarado, fibroso y nublado, en el fondo, muerto de miedo, que se presentó a un cabo del puesto del Ejército Nacional más cercano, y sin mediar palabras de saludo, se ganó un puesto al decir:
"Tómeme en la Guardia, y le meto en cintura a trompadas a la caterva de vagos y borrachos que deambula por aquí. Si quiere ni fusil me da: no me hará falta"
Y así fue. Dio y también recibió, porque los maleantes de la común tampoco eran mancos, ni pencos, ni cobardes, sino más bien, como el mismo Hipólito Latandier, capaces de comerse el mundo por un techo, algo de ropa y un plato de comida caliente. De esta manera, costillas fracturadas, dientes de menos, y ojos amoratados por el medio, además de cicatrices por todo el cuerpo, el raso Hipólito Latandier se ganó una reputación de tipo duro, de macho bragado, y de matasiete, que no tardó en remontar el recodo del río de su infancia, desembocar en los ríos mayores y desembarcar en la capital, donde recién se estrenaba en el mando quien luego sería el Generalísimo, o simplemente, el Jefe.
Nadie recuerda ya quién de sus ayudantes de entonces se lo recomendó como el hombre preciso para los "servicios especiales" más complicados y peligrosos. Debió ser en alguna sombra del camino, descansando la resolana de las largas marchas a caballo, por toda la nación, conque debutó en la Presidencia aquella fuerza de la naturaleza. Lo cierto es que, a fines de aquel año iniciático de 1930, ya el raso Hipólito Latandier recibía órdenes directas del Jefe, y también no admite discusión, que esas se le comunicaban por telégrafo, por supuesto, en un lenguaje en clave que no le resultó fácil aprender a aquel fajador nato, pero malo para los estudios.
Por ejemplo, cuando había que degollar a un levantisco en La Vega, el raso Hipólito Latandier recibía un telegrama que rezaba, como este, del 23 de junio de 1932:
"Convendría aprovechar oportunidad en que está detenido el Licenciado Arturo Napoleón Álvarez, por injurias al Ejército, para convencerlo, amistosamente, de que debe callar la voz que propala tales infamias contra este Gobierno. Encárguese Usted"
Cuando se trataba de desaparecer a un enemigo capturado, como era el caso del que se escribía en el telegrama del 2 de julio de ese mismo año, Hipólito Latandier era instruido de la siguiente manera:
"Alvaro Cedeño llegó anteayer a Santo Domingo en guagua procedente de Port-au-Prince. Este individuo es un revolucionario sempiterno, por lo que mis relaciones con él son las peores. Para que razone y corrija su equivocada actitud, se le debe proporcionar un sitio adecuado para la meditación y tiempo suficiente para ello. La tarea es suya".
Si se trataba de acabar, a garrotazos, y luego lanzar a un pozo ciego, a algún periodista incómodo y cabeciduro, como ocurría con el que dirigía la emisora radial de La Romana, en febrero de 1933, Latandier debía adivinarlo tras leer algo similar a lo siguiente:
"Se ha procedido a cerrar la estación radiodifusora HI3C, por propaganda insidiosa, muy a pesar del deseo de este Superior Gobierno. Forzados por las circunstancias, pero con tristeza, presente personalmente mis saludos al Director, y que sienta, en carne propia, toda la calidez de mi paternal afecto"
En justicia, no sólo se cursaban estos telegramas para decretar la supresión de adversarios políticos, ni exclusivamente se ocupaba a Hipólito Latandier en menesteres "estatales". También podía recibir indicaciones disimuladas donde le ordenaban acabar con todo tipo de delincuentes, mayores o menores, sin excluir a los rateros de poca monta, pero sumamente molestos, como los que se robaban una gallina, o la sábana de una tendedera.
Por extraños recovecos de su mente, a causa de unos orígenes que quería olvidar, mientras ascendía, o porque el raso Hipólito Latandier sabía que nadie se preocuparía por un chorizo más o menos, lo cierto es que cuando se ocupaba de encargos no relacionados con la política, solía disfrutarlos más. Sólo lanzaba a su víctima al mar, la sepultaba en unos breñales, o la sembraba en alguna furnia abandonada, cuando de esta no quedaba más que un informe amasijo de huesos astillados y carne machacada, al que seguían prendidos unos ojos espantados, y del que emergía una boca con un rictus desesperado.
En estas ocasiones, probablemente, el encono innecesario de Latandier, según unos dicen y otros no aceptan, se debía a que identificaba en esos muchachos, lo que pudo él mismo ser, y gracias a la Guardia y el Jefe, no fue. O porque eran el vivo retrato de sus hermanos, de los que nunca intentó saber. O a lo mejor, si nos ponemos un poco líricos, debido a que en ellos el raso Latandier puede que estrujara, hasta la anulación y el borrado definitivo, tanta hambre y desconsuelo de mal huérfano; tanta hamaca y costras en los pies descalzos y hasta las voraces hormigas que le aguijoneaban, volando desde la mata de naranjas hasta la espalda de sus recuerdos, acuclillados en la letrina.
Un día, para ser más exactos, el 1 de agosto de 1933, Hipólito Latandier, según hoy se sabe, recibió el último telegrama. En él, curiosamente, no se le indicaba matar ni desparecer, como había sido la norma en estos últimos años, sino simplemente apresar a un individuo.
"Haga preso, y remita a esta ciudad de Santiago -le ordenaba el Jefe en clave Morse- a Juan Almanzar, quien tiene una mancha en la cara y era cuñado de Martínez Reyna. Limítese a ello y déjeme a mí los saludos y abrazos de rigor, que no le faltarán. Cúmplase"
El raso Latandier, serio y erguido como una palma, ateniéndose estrictamente a lo ordenado, cayó de tres disparos que Almanzar le hizo, no más verlo venir.
"¡A mí sino no me sorprenderán en la cama, cabrones!"- se le escuchó gritar al agresor.
Latandier abandó este mundo sin entenderlo. Como tampoco había entendido nunca la metáfora que Dios había puesto ante sus ojos de niño abandonado, y que se veía perfectamente desde su choza, como el recodo sinuoso del río de la vida.
Por eso mismo el Jefe lo escogió, y no a otro, como destinatario de sus telegramas.
Diario Libre
Diario Libre