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LA ERA|13 abr 2013, 12:00 AM|POR Elíades Acosta Matos

El escudo errante

Don Pancho se recostó en la mecedora cercana a la mesa de trabajo de su despacho, y no tardó en quedarse dormido. Puede culparse al bochorno de este mediodía habanero de diciembre, a su edad avanzada, a las tantas preocupaciones y sinsabores de su vida, o a su vía crucis sirviendo al Jefe, aún sabiéndose por él malquerido.

Podría alegar, quien estuviese al tanto de su deambular por el mundo, que era lógico que una persona de 74 años intensamente vividos, deambulando entre Europa y América, estudiando en lenguas diversas, como buen hijo de judío sefardí, podía y debía quedarse dormido, no más adoptar una postura cómoda en el silencio de aquel barrio de gente rica y educada. Todo eso era comprensible para cualquiera, menos para Don Pancho. Porque Don Pancho tenía un peculiar y estricto sentido del deber, y no se perdonaba un sueñecito, mientras hubiese asuntos esperando sobre su mesa de Embajador.

Bueno, en rigor, y para no desafiar al protocolo, Don Pancho no era el Embajador dominicano en Cuba, sino su Agente Confidencial. Y nunca dejaría de serlo, porque nunca sería nombrado y por lo tanto, tampoco pudo ser aceptado por la Cancillería cubana, dicho sea de paso, errática, desorganizada e ineficaz, como todos los ministerios que aún funcionaban en el país estremecido, hacía apenas unos meses, por la fulminante revolución que había logrado el milagro de poner en fuga al tirano Machado.

Esto, por supuesto, no podía saberlo, ni siquiera adivinarlo este Don Pancho envejecido y cansado que recién se ha quedado dormido sobre la mecedora de su despacho. Sueña, aunque pueda parecer exagerado, y hasta ronronea, como un gato exhausto y lastimado. Don Pancho, inexplicablemente, sueña con su lejana juventud, con su bella y brillante Salomé, que no se sabe si lo encandiló más por su belleza o su refinada inteligencia, y que aún siendo casi diez años mayor que él, jamás perdió ese aire de muchacha eterna, ni esa mirada, ni esas cejas, ni esa boca que lo aturdieron, no más conocerla.

Y es lógico que Don Pancho se esté soñando joven, apuesto, arrollador, enamorado, optimista y fuerte, porque, sin tener plena conciencia de ello, ya sus fuerzas comienzan a abandonarlo y lo empujan por la pendiente final, que concluirá, en esta misma ciudad, dos años después.

Don Pancho se imagina impetuoso y enamorado, con toda una vida de promesas por delante, precisamente, porque ya ha comenzado a morir.

Pero no nos amarguemos adelantándonos a los hechos. En esta tarde de languideces y silencios que invitan a la siesta, Don Pancho duerme como si fuese un niño, y sonríe en sueños a su Salomé que le trae el café al joven doctor, su esposo, recién graduado de medicina en París y maestro en el Instituto de Señoritas que ella dirigía, y donde las enseñanzas de Hostos eran bienamadas.

Fíjense bien que, en este día, a los sueños a donde acudió Don Pancho para cobijarse de la cruda intemperie de la realidad, no fue a esos, que también los había soñado, por supuesto, donde era llamado por sus compatriotas y nombrado Canciller, en el gobierno de Juan Isidro Jiménes, o Presidente, despachado luego al exilio por la intervención militar norteamericana de 1916. Y eso se explica, como lo explicaba Don Pancho, porque en los cargos públicos no se es feliz, a pesar de lo que diga y repita tanto fantoche, lo que si se logra junto al amor de toda una vida, ese mismo que los fantoches suelen no conocer jamás.

Bueno, aunque estemos divagando, asombrados por esta siesta inesperada que Don Pancho está disfrutando en su mecedora, tengamos presencia de ánimo, dejémoslo arrullando a su amada y miremos entre los papeles que llenan su mesa de trabajo, y a los que volverá al despertar, un poco contrariado, criticándose la debilidad de haberlos abandonado antes de darle curso.

Esta carta, por ejemplo, que está encima de las demás y algo ladeada, señal de que fue la último que revisase antes de dormirse, le ha sido enviado, nada más y nada menos, que por su sobrino, Fernando Abel, quien es Cónsul en la ciudad de Santiago de Cuba. Fechada hace tres días, dice así:

"Ratifico conversación telefónica del mediodía de ayer, donde puse en su conocimiento el hecho insólito que tuvo lugar anoche en el Viceconsulado de esta ciudad, de cuya puerta de entrada fue desprendido y hurtado el escudo nacional… Este hecho parece ser el inicio de agresiones que se planean en contra de funcionarios dominicanos acreditados en Cuba, según informaciones confidenciales que he tenido…"

Que Don Pancho se haya quedado dormido, después de leer semejante denuncia, aderezada con el tremendismo efectista, y también algo rastrero, de su sobrino, un furibundo trujillista que de niño, ¡válgame Dios! fue mimado por José Martí en su paso hacia Montecristy, es la prueba de que este hombre digno y gastado que vemos aquí, está sufriendo mucho. Y no puede ser de otra manera, porque sabe bien cómo avanzan por su patria las sombras arteras de una tiranía personalista, que todavía guarda formas en este año de 1933, pero que para alguien como él, de ojo zahorí para los vicios y defectos humanos, especialmente entre los políticos, ya está catalogada como un desastre nacional de magnitud inimaginable.

Cuando Machado huyó de Cuba, en un hidroavión y con un reducido grupo de secuaces, al mediodía del 12 de agosto, su primera escala fue en Nassau, dejando atrás un país desangrado y enfurecido. La gente, antes reprimida y temerosa, estalló en un grito de rabia, largamente contenido, y fue a vengarse con todo objeto y toda persona que hubiesen estado ligados al déspota en fuga. Ardieron mansiones y redacciones de diarios, hubo linchamientos de esbirros, se saquearon ministerios y se intentó tomar por asalto, si bien es cierto que solo por un puñado de exiliados y unos borrachos, la Embajada dominicana, donde un aterrado Osvaldo Bazil, tan trujillista como machadista, fungía entonces de Embajador.

En la sede diplomática asediada, ubicada en la Manzana de Gómez, solo hubo dos víctimas, ese día de desbordamientos en aquella ciudad sin ley: unos cristales y el sistema nervioso de Osvaldo Bazil, que colapsó, expresándose en un arrebato histérico, cuyas noticias fueron recibidas con sorna por el Jefe, lo que no fue obstáculo para ordenarle, mediante mensaje del Canciller Logroño, "… que la misión de un Embajador es preservar hasta el final su Embajada, y que si había que pelear, lo hiciese"

La culposa cercanía de Bazil a Machado había sido la causa de que Don Pancho, este mismo viejito que está plácidamente dormido ante nosotros, tuviese que abandonar atropelladamente su cargo de Embajador en París para intentar remendar, con su prestigio, la vertical línea de su conducta y el demostrado amor por Cuba, presente en toda su familia, unas relaciones bilaterales que naufragaban. Por eso el pragmatismo del Jefe, siempre presente si peligraban sus intereses, había enviado a Don Pancho, de quien recelaba y cuyos ideales repelía, a intentar cerrar la brecha que amenazaba dejar pasar el turbión revolucionario.

Don Pancho no pudo adivinar que esta designación que aceptó a regañadientes, no por Cuba, sino por la herencia maldita de Bazil, le traería tantas amarguras y hasta una grosera reprimenda del Canciller Logroño, cuyo origen era fácil de suponer, por estar enviando reportes sobre la situación económica y política del país en ebullición, cuando lo que se esperaba de él "…eran los reportes del espionaje sobre Rafael Estrella Ureña y demás exiliados quisqueyanos, y de las medidas que se tomaban en la Embajada para enfrentarlos, frustrar sus planes y cortar sus relaciones en las esfera del nuevo gobierno revolucionario"

Bueno, no estoy muy seguro que Don Pancho no hubiese adivinado o tenido el poder de ver el futuro en sueños. Mirando esta pícara sonrisa y los mohines cómplices que pasan por su rostro dormido, quedo con dudas acerca de su ingenuidad e imprevisión. Es verdad que aceptó, disciplinadamente, la tarea del Jefe, pero otra cosa no podía hacer. Bueno, si podía y ahora lo hace: escapar en sueños con su Salomé y revivir la libertad de la juventud en un mundo feliz donde aún el Jefe era nadie.

Ahora está despertando. Regresa, su rostro se contrae, en gesto inescrutable y duro… Vayamos saliendo, de puntillas, para que no sepa nunca que lo hemos pillado en un momento de humana fragilidad. Salomé se esfuma de nuevo, y se lleva con ella la paz, y esos ojos, esas cejas y esa mirada que lo enloquecieron para siempre. Ya no es feliz y, de una vez, Don Pancho despierta. Vuelve a ser el Embajador, o mejor dicho, el Agente Confidencial de un tirano.

En efecto, Don Pancho ha comenzado, irremediablemente, a morir. Y comprendo que lo sabe.

La gente, antes reprimida y temerosa, estalló en un grito de rabia, largamente contenido, y fue a vengarse con todo objeto y toda persona que hubiesen estado ligados al déspota en fuga. Ardieron mansiones y redacciones de diarios, hubo linchamientos de esbirros, se saquearon ministerios y se intentó tomar por asalto, si bien es cierto que solo por un puñado de exiliados y unos borrachos, la Embajada dominicana, donde un aterrado Osvaldo Bazil, tan trujillista como machadista, fungía entonces de Embajador.

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