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Buena vida

La Barcelona de Picasso

La cervecería Los Cuatro Gatos, una parada obligada en la carta de ruta de la Barcelona de Picasso.

El otoño acaba de llegar a Barcelona. Avanzando por la calle Montsió, lugareños y turistas se pasean con abrigos y paraguas, a pesar de que el sol se permite una última apuesta veraniega. Con chaqueta en mano y ligeramente acalorados, nos acercamos a la antigua cervecería Els Quatre Gats (Los Cuatro Gatos), una de las paradas obligadas en la carta de ruta que nos conducirá por la Barcelona de Picasso...

Els Quatre Gats, una construcción modernista, a cargo de Josep Puig (uno de los arquitectos más importantes del modernismo catalán), fue donde Pablo Ruiz Picasso presentó su primera exposición pública e individual, y donde participó de tertulias bohemias, junto a compañeros de oficio y entrañables amigos como Carles Casagemas, Santiago Rusiñol y el poeta Jaume Sabartés -al que Picasso pintó en varias ocasiones y de quien recibió un apoyo constante-.

Puede que “cuatro gatos” sean pocos y que, sin duda, ésta represente una famosa expresión popular (que dicha en catalán o en castellano significa lo mismo), pero a esta hora de la tarde, sólo se contemplan algunas mesas vacías. Los demás puestos están ocupados por lectores absortos, por incipientes familias y por grupos de amigos que conversan tras un postre tardío, sentados en los mismos lugares que antaño fueron ocupados por jóvenes ataviados con grandes sombreros de alas, capas y corbatas. Aquí se sentaban artistas como Rubén Darío, Ramón Casas y Gaudí… y un Picasso ilusionado con la idea de poder ofrecer su Arte al mundo.

En las paredes de Els Quatre Gats se pueden apreciar algunas fotos de los artistas e intelectuales que antiguamente fueron asiduos visitantes de este punto de encuentro. Otro dato curioso, que descubrimos durante nuestra visita, es que el entusiasmo de Picasso por este punto era tal que hasta accedió a diseñar  la carta del menú.

“Allá (en Barcelona) es donde empezó todo…”, Picasso

Después de un café en Els Quatre Gats nos dirigimos al Colegio de Arquitectos de Barcelona. Allí nos aguardaba una de las sorpresas más exclusivas de la Ciudad Condal: 57 metros de hormigón que sirven de lienzo a la única obra de Picasso expuesta al aire libre. Los dibujos calcados en las paredes del edificio están basados en el diseño original que Picasso plasmó sobre papel y que fueron realizados por el artista noruego Carl Nesjar. La obra muestra la estampa de temas populares catalanes, que reafirman la estrecha relación del artista malagueño con la ciudad que le acogió durante casi nueve años de su vida y a la que permaneció ligado hasta sus últimos días.   

“Allá es donde empezó todo… Allá es donde entendí hasta dónde podía llegar”. Así hablaba de esta ciudad Pablo Picasso, que llegó con su familia, contando apenas con catorce años, para instalarse en su nuevo domicilio de la pensión del Paseo de Isabel II, número 4.

Era el ocaso del verano de 1895 y Barcelona contaba con propuestas artísticas modernas y florecientes que le revelarían, de a poco, a este joven malagueño los acertijos que le convirtieron en uno de los artistas más importantes del siglo XX. Atrás quedaba el aroma salobre de La Coruña, donde esbozó sus primeros dibujos, y también los vestigios de un invierno doloroso por la pérdida de su hermana Concepción. El padre de Picasso aprovechó el interés de un profesor que quería trasladarse a Galicia, para hacer un intercambio que le permitió establecerse como maestro en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona -la misma escuela en la que más tarde Picasso aprobaría con excelentes resultados los exámenes de ingreso-, iniciando así sus dos años de estudios en el plantel de la capital catalana.

En 1896, el profesor José Ruiz Blasco alquiló un espacio en la calle de la Plata, número 4, un lugar que se convirtió en el primer taller de su hijo Pablo, y que éste compartiría posteriormente con su gran amigo Manuel Pallarés. Ahí pintó su primera gran obra, Ciencia y Caridad, expuesta actualmente en el museo Picasso de Barcelona.

La andadura de Picasso en la Ciudad Condal

En 1899, este artista traslada su taller a la calle d’Escudellers Blancs, donde comparte estudio con Santiago Cardona. Un año después, vuelve a reasentarse nuevamente; esta vez, en la Riera de Sant Joan, cerca de La Escuela de Artes y Oficios, en la que su padre trabajó como docente. Esta calle dejó de existir con la construcción de la Vía Layetana.

Durante su período de formación, Picasso fue inquilino de varios talleres ubicados dentro del mismo radio de acción en la Ciudad Condal, pasando por el antiguo Conde del Asalto, actual Nou de la Rambla, y cerrando el círculo con el último estudio que ocupó en la calle del Comerç, número 28, antes de marcharse a París.

Recorrer las humildes porterías de algunos de estos lugares evidencia claramente el constante movimiento y el gran tesón del malagueño en su ascenso creativo.

La obra que marcó un antes y un después en la vida artística de Picasso debe su nombre a una de las calles que siguen el rastro de su paso por Barcelona: la calle de Avinyó. André Salmon formaba parte de ese exclusivo grupo de amigos al que Picasso mostró por primera vez su obra revolucionaria. Inspirado en la calle barcelonesa, que en aquel entonces contaba con varios burdeles, André bautizó la obra con el nombre de Las señoritas de Avinyó (Museo Moma, Nueva York)  después de que Apollinaire, también amigo de Picasso, se sintiera tentado a nombrarla El burdel filosófico. Cuentan que la controversia de esta pintura empezó co los amigos más íntimos de Picasso que al ver la obra mostraron sorpresa y hasta se atrevieron a gastarle algunas bromas al artista.

Dejando atrás la calle de Avinyó dirigimos nuestros pasos hacia el Museo Picasso de Barcelona, que fue construido por expresa voluntad del pintor. Allí nos esperaban más de 3,800 obras amparadas en una bóveda compuesta por cinco palacios góticos que engalanan a la calle Montcada.

Seguro que en Barcelona aún quedan muchas cosas por descubrir de aquel joven, que un día ingresó al catalán Els Quatre Gats y que años después partió a París… No sin antes dejar sus huellas indelebles en la Ciudad Condal.