Espacios|24 may 2013, 12:00 AM|POR José Ernesto Rivera, Fotos: Fuente Externa

El valor de la singularidad en el diseño

El estudio español Arquitectura G hace un experimento interesantísimo: volver luego a fotografiar los espacios que han sido invadidos por los clientes.
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La singularidad está asociada al valor de uso en el tiempo, ocurre cuando los productos son personalizados en la privacidad del usuario. La selección y organización personal permiten establecer relaciones particulares con los objetos y su experiencia. La falta de singularidad en el diseño no solo produce espectacularidad, sino ausencia de historia y tradición.

Hace unos meses vi el filme Medianeras, de Gustavo Taretto, que inicia con una reflexión interesantísima sobre la arquitectura de Buenos Aires y cómo afecta a sus habitantes. ¿Es posible que el diseño de los ambientes interiores y exteriores repercuta en la calidad de vida de la gente? Tal parece que las metrópolis latinas guardan cierto paralelismo. Comparten su descontrol, sus imperfecciones y su falta de planificación. Los cinco minutos introductorios de Medianeras podrían describir perfectamente un día común en la ciudad de Santo Domingo.

Llama mi atención que lo entendible a una escala urbana, también pueda reducirse a un contexto nuclear. Las familias y sus integrantes comparten una adaptación forzosa a los espacios construidos. Nuestros modos de habitar se hacen rígidos y nos cuesta entender que otros modos de habitar también sean posibles. La flexibilidad espacial y las libertades de morar son condiciones fácilmente alcanzables, pero al mismo tiempo contrarias a nuestra formación cultural. Se nos obliga a adoptar formas no siempre favorables, pero que correspondan con un acuerdo tácito sobre el que no se admite casi ninguna injerencia.

Es curioso que con nuestras inhóspitas ciudades, los diseños de interiores no favorezcan las sensaciones táctiles y el confort fluido, protector y desestresante. Aun se insiste en la exhibición de los signos de riqueza y lujo, y de lo rígido y grandilocuente. Esa sofisticación de la vida cotidiana es un imaginario al que se aspira y que impide el uso eficiente de los espacios. Se buscan las posturas burguesas, aquello que está saturado de objetos decorativos.

 

Describo aquí la generalidad de los casos vistos: los diseños necesitan admitir los cambios en el tiempo. Las personas cambian. Las familias crecen (también decrecen). Las inflexibles soluciones que solicitan los clientes y que gustosamente están dispuestos a pagar, solo por un asunto de estatus social, son producciones susceptibles de mucho estudio. Poco es lo que se sabe de la satisfacción real de los usuarios una vez que se han tomado las fotografías de sus ambientes y publicado los portafolios de proyectos. La realidad siempre termina imponiendo su ley. Las vidas transitan y, asimismo, los diseños ambientales deben admitir las transformaciones y la portabilidad. Los objetos han de ser fáciles de transportar. Se requiere libertad para adaptarse a distintos escenarios. No siempre comemos, dormimos o nos entretenemos del mismo modo. A veces nuestras vivencias más memorables ocurren mientras nos sentamos a charlar sentados en el piso.

 

Las salas deben admitir nuevas plazas para invitados. Las mesas de comedor pueden ser escritorios temporales. Un estante vacío podrá llenarse con objetos encontrados durante el último viaje. Una pared libre no es un crimen de diseño. En fin, necesitamos permitir que los usuarios puedan hacer los cambios con libertad, sin sentir que algo simple resulte complicado y costoso.

 

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