Celebrando la vida

Hacia la victoria

Por|| 14 ENE 2017, 12:00 AM
Hacia la victoria

Lo pensé dos veces cuando me llamó Francisco. Durante unos años estuve asistiendo a la carcel acompañando a mi esposa con “Renovación de los encarcelados” y era tanta la tristeza que experimentaba que decidí abandonar el proyecto debido a que podía hacer poco por aquellos que me asediaban pidiéndome que los ayudara; me sentía impotente.

“Estoy aquí porque me robé una bicicleta y voy para tres años”, “hicieron una redada en mi barrio y sin hacer nada me recogieron...”, “me robé un tanque de gas y llevo 7 años pidiendo que me ayuden”... “soy inocente, le juro que soy inocente”... o conversar con aquellos que ya de por sí tienen su propia condena interior por el crimen cometido y sienten el castigo muy dentro en su conciencia.

“Maté a mi mujer y mi hijo, estaba loco de celos, no sé lo que me pasó... no hay día ni noche en que el dolor me abandone”... “Lo único que hice fue llevar un paquete de drogas y me atraparon, yo soy inocente, no sabía lo que era, ayúdeme”.

Francisco, el procurador, se mueve entre ellos, toma nota, los escucha con tanta atención que da gusto verlo, un asistente junto a él va tomando nota.

“Ya llevo 27 años de los 30 que me echaron y tengo cáncer... quisiera morir en mi casa”, dice un hombre al que se le notan los estragos de la enfermedad.

La Victoria es un infierno. Un lugar diseñado para 2,000 presidiarios, donde hoy lo ocupan casi 9 mil hombres, apenas podemos caminar por el patio, las miradas me aturden, siento un estremecimiento y una compasión que me sobrecogen.

Caminamos, un pabellón para los enfermos mentales, otros con tuberculosis, en el patio en unas cubetas lavan sus gastadas ropas, otros fungen de barberos expertos y cortan el pelo a sus compañeros... “Dame 100 pesos”, me pide uno, otro me pasa un papelito para que le ayude con el procurador....

–No tengo nada que ver –le digo–, yo vengo acompañándolo.

Un olor muy peculiar y desagradable me invade.

–Leo sus artículos –me interrumpe un presidiario con espejuelos–, qué dicha conocerle –y me enumera varios artículos que prácticamente se sabe de memoria, me emociono y no sé qué hacer–, gracias amigo, muchas gracias, no deje de escribir –me grita–, Catalina, su nieta, cuídela mucho, me divierto con sus comentarios.

–Aquí hay mucho talento –me dice Anthony–.

–¿Ese es tu nombre?

–No, pero así es como todos me conocen. Yo lo conozco a usted, y quisiera que nos ayudara con el teatro.

Lo miro, palpo la tristeza en su mirada, no pregunto nada, prometo hacer lo posible por llevar un director que los forme y, de inmediato, pienso que por lo menos, si lo logro, esa sería una manera de abrirles una ventana de esperanza a un grupo de hombres que prácticamente lo ha perdido todo por un error cometido.

Visito una sala donde se hacen muebles, otra donde trabajan reciclando materiales, me regalan unas mariposas... “llévesela, póngala en su casa y así se recordará de nosotros”... No necesito las mariposas para recordarlos, es imposible olvidarlos... detrás de cada rostro hay una historia, un drama, un inmenso dolor... entonces me hice las siguientes preguntas: cuando salen, los que salen... ¿serán hombres nuevos ? ¿Hacia dónde vamos como sociedad? ¿Qué hacemos para evitar las desigualdades? ¿Qué hago yo para transformar el mundo en que me muevo?

Ilustración: Ramón L. Sandoval

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