Arquitectura|25 abr, 01:25 AM|POR Anabelle Reynoso

Perfil arquitectónico de una ciudad en crecimiento

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En estos tiempos de logros tecnológicos y de globalización, los arquitectos tienen más oportunidades creativas, lo que genera urbes con apariencias cada vez menos locales y más internacionales, por lo que se impone la necesidad de reinventar nuestras ciudades.

El origen de los pueblos latinoamericanos, en la mayoría de los casos, no ha sido determinante en la creación de sus identidades arquitectónicas actuales. América Latina ha ido avanzando en el proceso de modernización sin un patrón especifico, por lo que cada una de sus ciudades deben adaptarse a este proceso siguiendo sus propios ritmos y de acuerdo a sus posibilidades.

Durante los años 80, con las primeras señales del fin del movimiento posmoderno, empieza a surgir una generación de arquitectos con propuestas minimalistas y novedosas, y al mismo tiempo nace la idea de dotar la arquitectura de una condición global, y tratar de seguir una línea internacional.

 

Pocos años después, en los 90, surgieron proyectos a gran escala que se empezaron a difundir en las distintas ciudades del continente con apoyo estatal, y al mismo tiempo arquitectos particulares comenzaron a trabajar en pequeña escala, por encargos individuales y sin grandes restricciones, generando un auge en la experimentación arquitectónica, gracias al uso de nuevos materiales y recursos.

En la Ciudad de Santo Domingo conviven los más diversos estilos arquitectónicos, resultado de sus variables históricas, económicas y sociales, diversidad que inicia en su casco histórico hasta llegar a los proyectos a gran escala en los que se incluyen el Centro de Los Héroes, el Parque Nacional Litoral Sur, y el Parque Mirador Sur, entre otros.

Esta ciudad pujante y en pleno desarrollo, de unos 3 millones de habitantes, comienza a exhibir un aire cosmopolita, que se concentra principalmente en el llamado Polígono Central, comprendido entre las avenidas J.F. Kennedy, Winston Churchill, Máximo Gómez y 27 de Febrero.

DESDE EL SANTO DOMINGO COLONIAL

Santo Domingo, al igual que muchas de las ciudades latinoamericanas, no fue planeada desde un principio. Solo la Zona Colonial, ciudad fundada por los colonizadores españoles en el 1502 en la margen occidental del Río Ozama, fue planificada y sus calles trazadas en damero, a la usanza de la época. El conjunto de edificios de tipo religioso y civil, las plazas, jardines, parques y fortalezas estaban delimitados por murallas.

Conforme la población fue aumentando, la ciudad se fue saliendo de las murallas y expandiéndose, según las necesidades espaciales de sus habitantes, sin ningún plan maestro que determine sus limites, ni el trazado de sus calles ni mucho menos el uso de suelo.

Esto dio como resultado una ciudad como la percibimos hoy día, en la que podemos encontrar diversos estilos en los barrios de la capital, pudiendo a través de estos determinar la época de su creación. Así, en los barrios más antiguos se encuentra el estilo republicano, así como el victoriano introducido al país alrededor del 1870, y en los más recientes, el estilo Moderno, que tuvo su auge entre los años 40 y 60.

El modernismo se propagó durante los años de dictadura de Rafael Leónidas Trujillo (1931-1961). La obra cumbre de este período fue la construcción en el 1955 del complejo de edificaciones que sirvió de escenario a la celebración de la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, y que hoy lleva el nombre de Centro de los Héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo.

EL SANTO DOMINGO ACTUAL

En Santo Domingo, donde conviven lo colonial, lo victoriano, lo republicano, lo moderno y lo posmoderno, además de una gran cantidad de megaproyectos en construcción, se pone de manifiesto la realidad de la mayoría de las ciudades latinoamericanas: la heterogeneidad.

A lo que se le agrega el acelerado crecimiento demográfico de los últimos años, que ha generado otra variable en la ciudad: la verticalidad. El interés por la altitud es producto de la necesidad de espacio en una ciudad congestionada, que alberga un alto porcentaje de la población total del país, y donde el crecimiento horizontal se hace cada vez menos posible.

La construcción de nuevas torres, en lugares donde anteriormente existían viviendas unifamiliares, es una muestra clara de las tendencias de urbanización residencial que comienza a imperar en la ciudad capital.

En cuanto al urbanismo, se han visto ciertos avances en los últimos años con la construcción de isletas y bulevares en las arterias viales principales, así como la creación de pequeños parques y espacios de recreo al aire libre, como el recientemente remozado Parque de Güibia, que dota a la ciudad de un espacio estético, en donde se conjugan el paisaje natural y el urbano a través de delimitaciones con áreas verdes. Estas intervenciones, que a simple vista parecen pequeñas, contribuyen enormemente al cambio del paisaje urbano de nuestra ciudad.

La construcción de grandes centros comerciales, de inversión local y extranjera, de proyectos viales como el Metro de Santo Domingo, y una cantidad de edificaciones de capital privado que apuestan por propuestas arquitectónicas basadas en el ahorro de los recursos naturales y la optimización de los espacios, están perfilando a la ciudad como una de las capitales más modernas de todo el Caribe.

A pesar de ser Santo Domingo una urbe pequeña, no ha estado exenta de los procesos de cambio y transformación que sufren las grandes ciudades para mantenerse al ritmo de los nuevos tiempos, donde lo único que se percibe como sagrado es el legado colonial de la primera ciudad del Nuevo Mundo y unos pocos casos de obras de gran importancia, en su mayoría de estilo Moderno, llegando a sacrificar a veces las huellas del pasado para construir los pasos que conducen hacia las exigencias de la actualidad.

La capital dominicana no es hoy la misma de hace diez años, y no será la misma dentro de diez más. Su economía creciente y la demanda de nuevos proyectos, tanto residenciales como comerciales, muestran el interés ciudadano por ir a la vanguardia de la arquitectura, lo que impulsa nuevos cambios y nuevos retos.

Hay que preguntarse si esta tendencia de constantes cambios y renovaciones no tendrá consecuencias inesperadas, y hasta qué punto es beneficiosa en una ciudad donde el turismo es una importante fuente de ingresos. La obsesión de convertirse en una urbe cosmopolita, cargada de elementos urbanos y arquitectónicos de corte internacional, puede llegar a restarle su condición de ciudad única, y tal vez dentro de 20 años, visitar Santo Domingo sería lo mismo que visitar cualquier otra gran urbe del continente.

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