Urbanismo|09 oct 2012, 3:55 PM|POR José Emilio Brea

Transformación de una parte de la ciudad

Ya todo fue inaugurado. Incluso lo inútil y perverso. Hagamos ahora las pequeñas cosas. Empecemos por adecentar el país e iniciemos un plan, que sea real, para erradicar la pobreza. En la capital dominicana hay unas extensas zonas tan altamente degradadas que se han convertido en cultivo de delincuencia y antros de perdición.

Los barrios que bordean los ríos Ozama, Isabela y Haina se inundan desde que se nublan los cielos y como cada año tenemos temporada ciclónica y siempre, por menos que pase, uno que otro meteoro se acerca o impacta la geografía nacional, es menester (ahora que hay nuevo gobernante, no gobierno) empezar a urdir una estrategia de salvataje que permita no ir en auxilio de los que se inundan, sino evitarles que traguen agua, que se ahoguen y que sus humildes casitas se aneguen de aguas sucias.

Santo Domingo es una ciudad sin fortuna. Quienes la han dirigido la han estrellado contra los muros de las perversidades. La han destrozado. La carreterizaron de vías de alta velocidad que resquebrajan el centro urbano fronterizando los sectores de manera y forma aviesa. Túneles inútiles, elevados obsoletos que solo trasladan los problemas y mientras, dejaron a los barrios periféricos a la deriva.

La sala está, aparentemente muy limpia, pero los aposentos están, evidentemente muy sucios.

El "polígono central" fracasó en su esencial planteamiento dinamizador con el deseado equilibrio. Ahora todo está concentrado allí pero sin balance, sin mesura, todo aglomerado. Vistoso, ostentoso, opulento, pero invisiblemente peligroso porque espera mayores hecatombes sanitarias del subsuelo, mayores aglomeramientos vehiculares en su superficie, más y peores gestiones del uso de suelo comercial y privado.

Los habitantes de los barrios depauperados miran y esperan. La pobreza se consuela y llama la atención solamente como un voto electoral. Luego se descarta y no le sirve a ningún político. Hay ahora la oportunidad de anteponer a la carreterización, a los elevados y túneles, y a las líneas del metro, absurdamente centralizadas, una recuperación de las abandonadas barriadas que bordean los ríos de la capital dominicana, el trágico talón de Aquiles urbano.

Frágiles y vulnerables, los barrios periféricos han estado esperando por 90 años una intervención puntual que los saque del ostracismo medieval en el que sobreviven. Una que otra funeraria, un destacamento de la PN, una estación de bomberos, una escuela y quizás un centro clínico hospitalario, pretenden ser logros de alcances beneficiosos para sus lugareños, pero son pomadas, son bálsamos y curitas que apenas mejoran, sin sanar, el degradado ambiente urbano de esa parte de la ciudad. El deterioro de la calidad de vida en esos sectores pudo haber mejorado hace 18 años cuando estuvo listo el Plan RESURE. Pero el presidente de los caprichos prefirió el Metro y luego sus subalternos eligieron las alcancías recaudadoras de la carreterización para solventar iniciativas y propiciar recursos que fluyeron como por arte de magia ante la realidad social de un país adicto a los espejismos.

Ahora hay que cumplir promesas y sacar a un alto porcentaje de dominicanos y dominicanas de la pobreza absoluta. Acudiendo a sus barrios es una manera directa de intentarlo. Quienes nos sentimos orgullosamente dominicanos, eso esperamos...
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