Urbanismo|16 ene 2013, 12:00 AM|2|POR Emilio José Brea García
Texto Gráfico

Sorteos pero no concursos…

Ganar en concurso no es lo mismo que ganar en rifa. La suerte no se puede comparar con la capacidad.
El regocijo por los sorteos ya realizados para las construcciones de escuelas, que se sintetizan al identificarse por el número de aulas que agregarán al posible marco estructural físico del panorama educativo nacional, chocan con la incertidumbre que genera el desconocimiento sobre las capacidades constructivas de los ganadores de dichos sorteos lo que a su vez tiende un manto de dudas sobre la calidad de esas obras.

Ganar en concurso no es lo mismo que ganar en rifa. La suerte no se puede comparar con la capacidad. Las construcciones de las escuelas corren un albur. No se sabe con qué capacidad instalada podrán trabajar quienes ganaron esos sorteos, hombres y mujeres, quizás expertos muy capacitados, pero quizás también inexpertos, sin capacidad, recién graduados...

Además parece que se construirán prototipos. La misma escuela regada por decenas de lugares distintos. Y eso no es ni bueno, ni adecuado ni apropiado ni garantiza mejores resultados. Lo ideal es diseñar cada escuela de acuerdo al sitio donde esta será emplazada. La selección del lugar es vital para ubicarlas adecuadamente. Los vientos y el asoleamiento, el tipo de suelo, su geomorfología, características y propiedades, determinará que la escuela sea estable, que resista, que sea duradera y garantice un buen desempeño en sus interiores.

Se da por descontado que el método constructivo sea el tradicional y los materiales sean también los tradicionales. Pero lo ideal sería prefabricar para mayor velocidad de construcción y garantías de precios bajos, menor empleo de manos de obras, y mejor calidad de los vaciados de hormigones. Anclajes y cierres deberían ser el producto de estudios metálicos de primera magnitud.

Luego estará el caso de las supervisiones de esas construcciones. Las inspecciones de los supervisores deben ser lo más idóneo posible, honestas y constantes. De ellos depende la buena calidad de la obra. Y esos usos demandan garantías ineludibles. Una escuela no solamente es la cantidad de aulas, están los servicios sanitarios, que deben ser invulnerables, a prueba de vandalismo. Los ventanales deben ser espaciosos, panorámicos, no pueden ser instalaciones sin ideas, apoyadas en criterios carcelarios. La luminosidad dentro de las aulas, salones de actos, oficinas administrativas y laboratorios (que los suponemos existirán), debe ser optima. Hay en nuestro país gente muy preparada para diseñar este tipo de instalaciones educativas.

Ya antes hubo un concurso y los jurados, un montón de gente (entre los que estuvimos), escudriñamos los proyectos con mucho celo y discusiones muy sentidas. Ganaron los mejores. Pero eso no basta porque no eran estas tipologías para repetir por doquier. Tuvieron sus solares designados de antemano y no sirven ahora para salir a sembrar esas mismas escuelas por cualquier campo o ciudad.

El espacio arquitectónico requiere, para su optimización utilitaria, reflexiones complejas dependiendo del lugar y los sitios donde se vayan a emplazar los centros educativos. Hacerlo de otra manera, es inventar e improvisar, y no quisiéramos imaginar siquiera que éste plan constructivo, sea parte de un demagógico accionar político que pretenda deslumbrar antes que iluminar nuevos senderos educativos que tanta falta hacen en el panorama nacional.
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