Urbanismo|10 abr 2013, 12:00 AM|POR Pedro Mena

Reutilización de edificaciones abandonadas

Una acción ecológica y económica.
Edificación en la calle César Nicolás Penson, próximo a la avenida Alma Mater.
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Cuando los trinitarios iniciaron su proyecto de país, no empezaron construyendo un suntuoso edificio para su local. Tampoco doña Mary de Marranzini inició su obra encomiable (la Asociación Dominicana de Rehabilitación), dando el primer picazo para una mega construcción multimillonaria. El nacimiento de las instituciones suele ser modesto, usualmente en un local prestado, luego su crecimiento perseverante va demandando el espacio físico.

Pero nuestros "tomadores de decisiones" les gusta empezar por el final, construyendo edificaciones, antes que instituciones. De que sirve tener un flamante "community college" vacío, o un hospital oncológico que lleva seis meses inaugurado, pero cerrado.

La primera de las anunciadas diez mil aulas nuevas a construir, debería iniciarse cuando la última de las existentes esté acondicionada, amueblada y equipada, modestamente, pero llena de alumnos, con un profesor amante de su trabajo, y no exigente previo de aumento de sueldo. Esas construcciones deben iniciarse incluso, sólo después de que se haya hecho un inventario exhaustivo de cuanto edificio existente, subutilizado, abandonado, público o privado, se encuentre en toda la geografía nacional. Metros cuadrados de construcción ociosos que pueden reutilizarse, reciclarse, antes de iniciar nuevas construcciones. Negociados, prestados, declarados de utilidad pública, alquilados, como sea, pero utilizados.

El fenómeno no es privativo del gobierno central, -aunque este se lleva la palma- el sector privado exhibe muchas edificaciones vacías, por especulación inmobiliaria, litis o negocios superficialmente concebidos, cerrados a poco de abrir. Después de habernos creído país rico, volvemos a despertar a una realidad donde, después del estallido e implosión financiera del 2008, hasta los verdaderos países ricos han quedado mal parados. Con una burbuja inmobiliaria desinflada y un "stock" que tardará décadas en ocuparse. Una realidad sin escapatoria.

Una depresión económica que ya será llamada por los historiadores como, La Gran Depresión del Siglo XXI, aunque ahora nos empeñemos en decir "que lo peor ya pasó" o que "estamos al borde de una promisoria recuperación". Lo cierto es que las condiciones presentes, a nivel mundial, se extenderán al menos cinco años más, acaso diez ¿Cómo puede pensarse que el turismo va a crecer, o que el sector inmobiliario motorizará la economía? La prensa no se atreve a decirlo, los órganos sectoriales tampoco, pero los números van bajando. Hoteles vacíos, semicerrados, líneas aéreas que no vuelven, y cruceros, cada vez menos, un negocio que apenas -literalmente- sale a flote.

Exponer crudamente este panorama pesimista es como para desanimar a cualquiera, sólo que desanimarse no ayuda. Pero abrir los ojos a la realidad, si ayuda, y reconocerla es el primer paso para cambiarla. Para ello deberemos echar mano a la creatividad en lo pequeño, lo sencillo, renunciando a las mega obras y a la megalomanía. Quizás los países que salgan mejor parados de esta, serán Cuba, Vietnam y Norcorea, porque a quien vive de privaciones, la creatividad le sobra, y la cultura de "reducir, reutilizar, reciclar" la han vivido siempre, haciendo "de lo poco, mucho"

Ante el deplorable espectáculo de ver a nuestros colegas colegiados codianos empujándose y disputando por unos sorteos de aulas o de obras menores hidráulicas, en patético símil con la entrega de funditas balaguerianas o cajas leonélicas, es preciso que la sociedad reclame a los profesionales y a los gobiernos un uso racional de los recursos existentes. Al decir de Jaime Lerner "si no es económico, no es ecológico" se gesta una opinión creciente entre sectores pensantes, en cuanto a la necesidad de reconducir la planificación de las obras públicas por vertientes más sensatas y menos sensacionalistas.

Más le vale a cada uno afrontar la parte que le toca. O terminaremos muy arrepentidos. Los políticos sin votos, los constructores sin obras...y con deudas.

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