Urbanismo|29 abr 2013, 08:35 AM|POR Pedro Mena
Normas, sistemas y reglamentos

Edificaciones en la sociedad informal

Mientras en las zonas formales de la ciudad se aplican regulaciones, en la periferia se construye sin control, sin aprobaciones municipales.
De que le vale a un país tener normas, reglamentos y sistemas de construcción y asentamientos humanos, tan avanzados como los del primer mundo, si la mayor parte de su población no tiene los recursos para cumplirlos. Durante años hemos eludido afrontar una realidad donde la mayoría de las viviendas no han sido construidas ni diseñadas por arquitectos. Parecería que a los arquitectos solo les interesa trabajar para las elites poderosas, que son dos. La tradicional, selecta, exclusiva. Y la otra, la nueva, mucho más rica, poderosa, impune.

Cuando un pobre se enferma busca un médico, y si lo apresan, acude a un abogado. Pero para construir su casita, aun sea de bloques, no aparece un arquitecto, aún esté desempleado. Existe una ausencia de servicios de arquitectura y urbanismo para los sectores no pudientes, que se extiende por todo el país. Los redactores de normativas urbanísticas y de construcción y los funcionarios de aire acondicionado, creen que este asunto le es ajeno.

Las ciudades crecen desorganizadamente. Mientras en las zonas formales se aplican regulaciones, en la periferia de las ciudades se construye sin control, sin aprobaciones municipales. No existen siquiera unas normas mínimas que garanticen que una vivienda modesta o un pequeño comercio, construido con los mismos materiales, pero con los anclajes correctos y con .una supervisión, una aplicación gradual y un mecanismo ágil para evitar los atrasos. Coexisten en nuestro país, dos sociedades superpuestas. Una, la llamada formal, paga impuestos, gestiona sus permisos de construcción, no escatima en calidades y lujos. La otra, la informal no tiene que cumplir las leyes porque las autoridades se hacen de la vista gorda.

Necesitando sus cuantiosos votos, para ganar elecciones y acceder al poder o mantenerlo, prefieren exprimir al sector formal, y desentenderse del informal en cuanto a garantizar la seguridad de sus construcciones o la sana aplicación de una urbanística de bajo costo, sin las grandiosidades de las torres, los mármoles y los cristales. Dos sociedades, una de sillas que parecen tronos y la otra, de sillas plásticas o de guano. Interdependientes una de la otra, pero gobernadas por una autoridad que como en el teatro griego, tiene dos caras. Patético drama en una civilización del espectáculo. Una que se retira a sus villas y yates, otra a las piscinas de plástico de Roberto, quien ya tiene hasta un imitador.

Algunos quieren hacer algo, caer bien o pasar a la historia o al menos salir en el periódico. Pero no afrontando la realidad trascendente. No saben como hacerlo, no lo quieren hacer o temen que aceptar esa realidad dual les coloque en el altar de la incoherencia, pero no. Los de abajo, se conforman con sus funditas, sus cajitas y sus tres tarjetas. Anestésico lúdico, que como opio seductor, les limita en entendimiento y les nubla y relativiza la capacidad de apreciar su propia realidad. Urbanismo y pedagogía, política o sociología urbana.

Disciplinas huecas manejadas por una academia acomodada, incapaz de levantar un juicio crítico o proponer vías alternas o acercarse a los "tomadores de decisiones" Los de arriba, que son dos grupos, los de antes, los de ahora. Unos ricos y cultos, pero pusilánimes y sibaritas. Otros, los nuevos ricos, pujantes ostentosos, ridículos. Exhiben sus teneres, exudan su mal gusto y les estrujan a los viejos ricos y a los nuevos pobres su impunidad desenfadada. Disfraces y caretas, lenguaje de falsedad compartido. Se desprecian mutuamente, pero se sobrellevan porque en el fondo unos quieren llegar a ser y los otros son, pero no quieren dejar de ser. Filarmónica disonante, concierto urbano para sordos y monos que bailan o aplauden, como los congresistas a la Barrick o los ministros millonarios que no se tragan unos a otros, pero se ponen de acuerdo para seguir engullendo su platos individuales, servidos con cuchara grande, digeridos en soledad. Otros cual bestias de circo romano, se la emprenden a sillazos de mentira. Deplorable espectáculo de lucha libre decadente.

Completan esta comedia social, los ilusos. Son pocos, se mueven en las redes sociales, pero no llenan las plazas. Hábiles chateadores, postean a toda hora, pero no asisten a la convocatoria de la verdad. No hay que ser un Andrés L. Mateo o una Sarah Pérez, la indignación o la ironía se te ofrecen en cada esquina. A la mano, como una banca de apuestas, fáciles, como se consigue una fría. Lo saben, lo viven, pero no actúan. La droga de la manipulación les adormece ¿Normas de construcción para los pobres? ¿Para qué? Si a ellos no les importa, a nosotros menos. Así piensan, pero se equivocan. Las sociedades de algún modo se cobran mutuamente sus deudas.
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