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Cronopiando con Cortázar

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Cronopiando con Cortázar
Julio Cortázar
A Julio Cortázar lo conocí literariamente en Santiago de Chile y en Buenos Aires en la segunda mitad de la década del 60, cuando residí por esos lares. Sus obras aparecían en los anaqueles y las vitrinas de las librerías, esas segundas casas que se me habían convertido, repletas de excitantes portadas y lomos lustrosos, de títulos-anzuelo armados para pescar lectores-compradores o compradores-lectores como quiera que se ajuste la ecuación. Unas etiquetas llamativas (Bestiario, Las armas secretas, Final del juego, Historia de cronopios y famas, Rayuela, Todos los fuegos el fuego, La vuelta al día en ochenta mundos, 62, Modelo para armar, Ultimo round), catapultadas por el boom de la narrativa latinoamericana que tuvo en Sudamericana su plataforma editorial por excelencia en el Cono Sur -como Barral lo fuera en Barcelona, Era y Siglo XXI en México, antes Losada para Neruda y Emecé para Borges-, atraían al lector, ávido de conocer mundos nuevos.

Atrapado éste en su curiosidad por una materia prima diferente parqueada en la centralidad de la dinámica existencial metropolitana (excepciones maravillosas y señeras aplican con García Márquez y su Macondo mágico, Rulfo y su Comala de muertos que dialogan, Carpentier y su reinado de mundos caribeños) y por una manera en cierto modo experimental de contar las cosas. Se trataba entonces, bajo el alero de Joyce y su Ulises, del raro de Kafka, de Faulkner -sin olvidar a Proust-, de desarrollar un quehacer literario amalgamado y multifacético, pasible de lecturas diversas. En el cual la lengua con sus contenidos polivalentes, el fuego/juego de diálogos como realiza Cabrera Infante en Tres tristes tigres, la concatenación de personajes, la superposición de planos temporales y el manejo secuencial de la narración al modo como sucede en Rayuela, retaran al lector a tomar un rol participativo en el curso de la historia para hacer sus propios arreglos e intelección del texto. Con Carroll y sus juegos de lógica y acertijos, más Poe experto en criptogramas y ecuaciones matemáticas, resonando en la trastienda creativa.

Residente en el corazón de Santiago de Chile frente a La Moneda, mi itinerario conducía por una ruta obligada con parada diaria en la librería de la Universidad de Chile -frecuentada por Neruda cuando estaba en La Chascona. Desde allí tomaba el bus que me llevaba a un hábitat de hermosos jardines y viejos edificios de ladrillo tomados por la hiedra en el que operaba mi facultad, un antiguo colegio inglés aposentado en el precordillerano y salutífero Macul. Entre los universitarios de ese paradisíaco recinto -a la cabeza el emblemático antipoeta y físico cuántico Nicanor Parra, seguido por el joven narrador vitalista Antonio Skármeta, premio Casa de las Américas con Desnudo en el tejado, el filósofo bisoño Eduardo Carrasco fundador de Quilapayún, el antropólogo argentino José Luis Najenson y el ingenioso sociólogo Enzo Faletto- los cronopios, famas y esperanzas de Cortázar eran motivo refrescante de animadas pláticas de cafetería o de jardín.

Como si se tratase de un deporte en moda o un ejercicio competitivo de imaginación, junto a mis compañeros, nos explayábamos en interminables recreaciones de las creaturas cortazianas, categorizando a los personajes de nuestro entorno y clasificando nuestras propias acciones conforme a esta tipología surrealista. Quino, con su precoz personaje Mafalda y sus amigos, también nos incitaba a multiplicar esta práctica, por demás habitual entre estudiosos de sociología, psicología y filosofía. La revuelta del mayo francés del 68 había disparado entre los jóvenes los resortes de la irreverencia contestataria bajo la consigna "la imaginación al poder" que ganó calles, aulas, mesones y cafés. Y Chile no era la excepción. Hasta en el deleitoso "pololeo" amoroso vivíamos permanentemente cronopiando.

Esto no sólo lo hacíamos en el ámbito universitario. Al retornar en las tardes al centro trepidante y contaminado de smog de Santiago, me esperaban con sus estanterías risueñas cargadas de novedades y sus ambientes animados por diálogos inteligentes, La Pérgola del Libro de unos amables amigos argentinos. Editorial Nascimento de don Carlos Nascimento, editor del Crepusculario de Neruda en 1923 y de La Muchacha de la Guaira de Bosch en 1955. La Librería PLA (Editorial Prensa Latinoamericana) dirigida por el talentoso y fraterno socialista Rolando Mix, un gigantón de piel bronceada peinado a la gomina, parlanchín y servicial. La más acartonada Librería Aurora de los comunistas, Herder, así como el Pasaje San Diego con sus locales "de viejo", donde intimé con el librero de origen libanés Juan Sadé, quien me reservaba rarezas bibliográficas que caían en sus manos.

En adición, estaba la oficina del anticomunista Congreso por la Libertad de la Cultura que distribuía la revista Cuadernos dirigida por Germán Arciniegas y luego Nuevo Mundo editada por el crítico Emir Rodríguez Monegal, patrocinada por Ford Foundation, que visitaba en ritual dialéctico. Las charlas con el poeta Juvencio Valle en la Biblioteca Nacional. O los encuentros habituales con mis amigos Jorge Teillier, el entrañable poeta lárico, en torno a un "biberón" etílico de tinto en Il Bosco o bares aledaños. Ya las charlas interminables con el bardo y ensayista Hernán Lavín Cerda en su acogedora morada frente al Cerro Santa Lucía. En Buenos Aires -que visitaba una o dos veces al año en temporadas largas- completaba esta pasión literaria en otras librerías, en especial El Ateneo, donde conocí a Borges, Sábato, Bioy, Mujica Láinez, Marechal, Mallea, Viñas, Bullrich. En los rincones porteños frecuentados por jóvenes de clase media Cortázar era un bocatto di cardinale entre amigos poetas y escritores, con música de Piazzolla de fondo o neo folklore barroco al estilo el cuarteto vocal Zupay.

Personalmente conocí a Julio Cortázar -realmente a Julio Corgtazár, como me dijera en tono marcadamente gutural al pronunciar su apellido con sonoridad francófona en la presentación y apretón de manos- en los días de noviembre de 1970 en un hotel del centro santiaguino. Yo estaba acompañado por mi querido Hatuey Decamps, quien había sido comisionado por el profesor Juan Bosch para representarlo en los actos de toma de posesión de Salvador Allende -a cuya persona y hogar me unían estrechos lazos desde que llegué a Chile en 1966. Rafael Alburquerque, quien años atrás me había presentado a Hatuey en un seminario celebrado en Chile por la Internacional Juvenil Socialista que el primero presidía, le había recomendado contactarme, de modo que hicimos así el programa oficial juntos.

El argentino, de estatura impresionante y trato afable, también invitado a los actos de ascensión de Allende, se hallaba compartiendo de pie con otras personas en el lobby del hotel cuando ambos amigos ingresamos. Siendo tan notorio y estando "a tiro de pechuga", le sugerí a Hatuey acercarnos y saludarlo. Así hicimos y compartimos brevemente un momento ciertamente gratificante. Vestido con un chaquetón, sus brazos y manos eran excepcionalmente extendidos, así como resaltante era su rostro de niño grande, dominado por unas cejas pobladas y esos ojazos de tristeza dulzona. Inteligentes y melancólicos. Una barba completaba el marco de su cara, agrandándola aun más. Lució un tipo sencillo, sin mayores afectaciones de fama. Actuó así como un verdadero cronopio.

En los 70 y los 80 continuaría Cortázar con nuevos aportes narrativos, crónicas, ensayos y poesía. Prosa de observatorio, Libro de Manuel, Octaedro, Alguien anda por ahí, Un tal Lucas, Queremos tanto a Glenda, Los autonautas de la cosmopista, serían algunos de sus títulos. Un cuento suyo, Las babas del diablo, inspiró en 1966 al cineasta Michelangelo Antonioni en su exitoso film Blow-Up. El compromiso político que se había manifestado en los cónclaves intelectuales convocados por Cuba y las actividades de Casa de las Américas, se extendió hacia Nicaragua con la lucha de los sandinistas contra el somocismo y en apoyo a su revolución. También se activó en la denuncia a la dictadura de Pinochet desde el Tribunal Russell. En 1984, la leucemia acabó en París con esta vida fecunda que se había iniciado 70 años atrás cuando nació en Bruselas, donde residió sus primeros años. Y culminó en la Ciudad Luz que tanto amó, donde se radicó desde 1951. El, un maestro normal especializado en letras, traductor público en francés e inglés, empleado de la Cámara Argentina del Libro, antiperonista como Borges, quien auspició la publicación de sus primeros trabajos literarios.

El pasado domingo encontré en Cuesta del Libro una obra que me ha regresado a este narrador de espíritu libre, poeta enamorado de la obra del romántico inglés John Keats, cronista estupendo, persecutor de museos y salas de arte para posar su mirada penetrante y admirar la belleza de los maestros de la plástica. Infatigable trotamundos, ciclista, viajero en auto-stop y Vespa, escudriñador de pueblitos y paisajes de la campiña. Devorador de literaturas, teatro, música de vanguardia, cultor del jazz, cinéfilo exquisito. Traductor de la obra de Poe, intérprete de la UNESCO, voz narrativa en los estudios de Joinville. Amador amado y admirado.

Se trata de un volumen de 26 cartas y 13 postales a los Jonquieres, sus amigos porteños que les sirven de referencia constante del pasado que quedó en Buenos Aires pero pervive en su hondón. Eduardo, un pintor y poeta. María Rochi, también artista, grabadora y ceramista. La correspondencia abarca desde 1950, cuando Cortázar recorre las ciudades italianas antes de establecerse en la Cité de París como becario, hasta 1983. Un material valiosísimo para entender las claves vitales de este escritor multifacético y registrar el nacimiento de los cronopios como hijos legítimos del autor. Para apreciar la valoración otorgada a su propia obra. Acercarnos al hombre de carne y hueso, con sus afectos y ternezas, debilidades y fobias. A ese Julio que nos encandiló con su ingenio y aun sorprende.