CONVERSANDO CON EL TIEMPO|30 jun|POR José del Castillo Pichardo

Otra vez con Blasco

Blasco dejó una huella profunda en el ambiente intelectual dominicano. Muchos buenos amigos han reaccionado al texto dedicado a su librería. En la peña meridiana que encabeza Orlando Gil cada sábado en la cafetería del Nacional de la 27 -a la que acuden comunicadores, profesionales y políticos- uno de los contertulios me abordó para significarme que Blasco guardaba unos libros detrás del mostrador para preservarlos de la curiosidad de los clientes. En cierta ocasión, en un gesto indagatorio muy a la dominicana, el amigo extendió su cuerpo sobre el mostrador para alcanzar los títulos con la vista. Ante el cuestionamiento acerca de la venta de esos libros, el ex sacerdote reaccionó: "¿Esos libros? Esos libros son de Blasco, para su lectura". Una pitanza que el profesor y librero se reservaba para sí.

Andrés L Mateo -un querido ex alumno salesiano, compañero de la temprana adolescencia colegial, hoy todo un lingüista, ensayista y narrador galardonado, amén de docente universitario de larga data- me comentaba el pasado domingo en la peña que anima en Adrian Tropical el editor e investigador histórico Miguel Decamps, que junto al escritor y voraz lector Pedro Peix mantuvo una tertulia a la una de la tarde en el local de la célebre librería de la Bolívar 402. Una extensión, al parecer, de la que diariamente realizaban con Tony Raful en la calzada del Palacio de la Esquizofrenia, en la que participaba, como cuarto mosquetero, el entrañable artista del grabado y el diseño gráfico Carlos Sangiovanni. Allí aposentaban su sapiencia y bonhomía los poetas Manuel del Cabral y Fernández Spéncer. Fue tan constante esa camaradería cultural que hizo historia al trasladarse a Radio Televisión Dominicana con el programa Peña de Tres.

En una ocasión Andrés habría referido en el programa la Historia de la Filosofía de Julián Marías, alumno y colega de Ortega y Gasset con quien fundó el Instituto de Humanidades en Madrid, un difusor de su pensamiento a quien leía semanalmente en su columna de crítica de cine en Gaceta Ilustrada. Enterado Blasco, llamó a Andrés para notificarle que, alentado por este comentario, le había encargado varios títulos del filósofo francés Auguste Cornu, a fin de ampliar la lectura de Marías. Así era este librero de diligente, un intelectual de capa ocupado en diseminar conocimientos entre sus interlocutores inteligentes, percibidos como terreno fértil más que como clientes, sin olvidar esta última condición. Aunque filosófico, al fin Blasco no olvidaba que "Primum vivere deinde philosophari". De lo contrario, doña Rosita, su cónyuge siempre alerta, se lo recordaba.

El miércoles pasado, encontrándome en la Academia Dominicana de la Historia -en la que presentaba su discurso de ingreso acerca de Valle Nuevo mi pariente Constancio Cassá, un consagrado historiador de todo lo que huela a la fragancia primaveral de pinos, flores, papas, repollos, ajos y fresas del valle de Constanza de nuestra compartida niñez vacacional en montañas de serrín de aserraderos y en el baño refrescante de El Chorro- tuve una conversación telefónica con María Eugenia Baquero. Una ex alumna de Blasco en la carrera de psicología, quien hoy aquilata la impronta pedagógica de su maestro a través de su hijo Gabriel Andrés, estudiante de humanidades y filosofía en el Centro Bonó. La reflexión vino a raíz del descubrimiento por el vástago de autores como Kant, Freud, Fromm, Marcuse, Jung, que figuran en la biblioteca familiar. Era la marca de Blasco, quien igual se esmeraba en preparar materiales a mimeógrafo para nutrir con sus propias notas la cátedra de historia de la psicología. "Siempre vestido con su chacabana a mangas cortas, camiseta blanca debajo, y sus lentecitos. Amable aunque estricto como vasco, cada semestre debíamos realizar tres lecturas, resumirlas y exponerlas por escrito. Era su método de evaluación."

Otro impactado es el viejo amigo César Espinosa Martínez, con quien solía tertuliar sobre tópicos de actualidad en el puesto de dulces, libros y revistas que manejaba el memorable Macalé en la arzobispo Nouel -representante de la Línea Duarte o Studebaker, un servicio de transporte a domicilio que enlazaba con el Cibao. A veces con la presencia de Chito Henríquez y el periodista Víctor Mármol. Motivado por la columna pasada, César se animó a estampar sus impresiones. "Al leer tu artículo sobre la librería Blasco se disparó en mi interior una especie de mecanismo de relojería y brotaron en mis ojos lágrimas y en mi memoria imágenes interminables de don Job y doña Rosita, con los que me unió una gran amistad y quienes me expresaron siempre gran aprecio personal puesto que era habitué de la librería y comentaba con ellos sobre diferentes temas. En esa época me iniciaba como colaborador del desaparecido vespertino Ultima Hora y ellos eran asiduos lectores de mis escritos.

Citaste, con gran acierto, la diversidad cultural almacenada en los enormes estantes de la librería. Sin embargo no citaste un área cultural con una muy amplia oferta de obras finamente seleccionadas: la música culta. Soy músico desde mi niñez (empecé a estudiar a los 11 años y no he dejado de hacerlo, llegando a dominar varios instrumentos, habiendo tocado en bandas de música, en orquestas, en la rondalla de la UASD, en iglesias católicas y protestantes e incluso en burdeles, aunque hoy solo toco 'por amor al arte') y he realizado estudios teóricos y prácticos con diferentes profesores, entre ellos don Manuel Simó (armonía y contrapunto) y Milagros Beras (piano).

Descubrí en Blasco una fuente interminable de obras musicales de gran valor adquiridas por mi y que aún conservo. En mi biblioteca musical ocupan lugar muy especial las de Joaquín Zamacois, Teoría de la Música, Tratado de Armonía, Temas de estética y de historia de la música, Curso de Formas Musicales. Textos oficiales en los conservatorios de música españoles, especialmente en el de Barcelona, como me dijo don Job. También adquirí, en mis constantes incursiones en sus magníficos y bien dotados estantes, biografías de grandes músicos: Schubert, Mozart, Paderewsky, Arrau, Bernstein, Manuel de Falla. También textos de estética musical como La música medieval de J. Caldwell, Culturas Musicales del Pacífico, Cercano Oriente y Asia de W. Malm, Diccionario de Jazz, Historia del Jazz, Escritos sobre música popular de Béla Bartók, Los sonidos de la música de Pierce, Música en el tiempo de William Mann, El arte de dirigir la orquesta de H. Scherchen y una amplia gama de temas especializados de la música culta y popular. Doña Rosita y Blasco me reservaban libros que pedían en cantidades limitadas y me llamaban por teléfono cuando los recibían. Supe que entre su grupo selecto estaban Jacinto Gimbernard y Miriam Ariza.

Te referiste a que los precios de los libros eran muy altos. Te mencionaré dos obras fundamentales para la formación del músico culto que adquirí en Blasco: Enciclopedia de la Música (3 tomos) encuadernados en pasta en tamaño 8 y _ x 14 de Hamel y Hürlimann, Editorial Grijalbo, al 'astronómico' precio de RD$348. También un Diccionario de la Música encuadernado en pasta tamaño 8 _ x 14, Editorial Iberia, por RD139.80, Instrumentos Musicales, Historia del Piano y una amplia gama de obras de cultura musical. Esta pareja apostó a la cultura dominicana y por haberlos conocido y tratado bien de cerca, concluyo afirmando que colaboraron con el desarrollo intelectual de nuestra gente más allá del beneficio material del libro como mercancía."

En el blog Respiro quieto de Yulendys Jorge -a quien no conozco pero cuyo perfil sugiere una fina sensibilidad artística- he encontrado una remembranza plena de poesía narrativa, que titula reverencialmente "Don Blasco". Me he tomado la libertad de citarla porque creo encarna un enfoque generacional distinto. "El recuerdo de su figura me llega impreciso. Como si le mirara a través de un cristal velado por una cortina de agua. Sólo atino a su pelo algodonado y su figurita enjuta, pero con garbo, que merodeaba por los pasillos de su librería. Igual no era enjuta, y su perfil se ha ido estrechando en mi memoria con el paso de los años. Tendría alrededor de 19 ó 20 años cuando empecé a visitar la Librería Blasco. Se me secaban los ojos de revisar los lomos de los libros sin pestañear. Tuve el privilegio de tener crédito. Al día de hoy me pregunto todavía qué le habré inspirado a don Blasco para tal gesto, influido por Milagros, Mila, el alma de la tienda que cerró tras el fallecimiento de su propietario hace muchos años.

Otro de los privilegios, más preciado aún, fue el de ser de los primeros en el país en leer El Mundo de Sofía de Jostein Gaarder y Donde el Corazón te Lleve de Susanna Tamaro. Al menos, de los primeros que no viajaban y tenían que esperar a que las obras llegaran a República Dominicana. Ambos tomos, con su diferencia de fechas de publicación, los trajo don Blasco de regreso de España leyéndolos en el avión para -si le gustaba- hacer el pedido desde Santo Domingo. Esto me lo contaba Mila, quien lo convencía para que me los vendiera. Como me mareaba de ver tantos libros, quise tener una guía de lectura; esa que 'debo leer' como me atreví a decirle a don Blasco en una ocasión, solicitándole que me hiciera una lista de obras 'obligadas'. Me contó Mila, que de ratito en ratito agregaba autores y títulos en dos trocitos de papel que aún conservo. Me hizo dos listas." En una figuran Sábato, Bioy Casares, Jorge Amado, Asturias, Rulfo, Onetti, Nabokov, Unamuno, Steinbeck, Poe, Conrad, Wilde, Gogol, Maurois, Melville, Sartre, de Beauvoir, Flaubert, V. Woolf, Joyce, Pavese.

Nos dice Yulendys Jorge en su bitácora, con dejo de nostalgia: "He recorrido otras librerías aquí y en otros países. En algunas me siento como en casa, otras me inspiran y son mi refugio. No obstante, la figura de don Blasco paseando por 'su cuartito' repleto de libros, permanece en un trozo de mi corazón, y su recuerdo asoma de vez en cuando, especialmente cuando rodeada de libros estoy."

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