CONVERSANDO CON EL TIEMPO|02 mar 2013, 12:00 AM|POR José del Castillo

El Oro de Hazard

Oro

Samuel Hazard fue un agudo observador y aplomado escritor dotado del don de la ilustración a plumilla que visitó Santo Domingo en 1871. Sumándose a la Comisión del Congreso de los Estados Unidos que recorrió el país a principios de ese año para levantar un informe de situación de cara al plan de anexión a la Unión Americana promovido por los presidentes Ulises Grant y Buenaventura Báez. Abortado en abril de 1871 gracias a la tenaz oposición de congresistas como Charles Sumner, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Cuyos detalles aparecen en Informe de la Comisión de Investigación de los Estados Unidos en Santo Domingo, 1871, publicado por Emilio Rodríguez Demorizi en 1960.

Publicista y editor nacido en 1834 en Filadelfia, Hazard participó en la Guerra de Secesión como oficial del ejército unionista, licenciándose por razones de salud con rango de mayor en 1865. Regresando al negocio editorial que ya había compartido con su familia. De sus viajes por el Caribe quedó Cuba with Pen and Pencil (1870), obra ilustrada por el propio Hazard con gracia pintoresca. Más tarde, saldría Santo Domingo, Past and Present, with a Glance at Hayti (1873), fruto de su trabajo como corresponsal del Philadelphia Press en el país, donde se uniría a la aludida Comisión. De esta experiencia, no exenta de espíritu de aventura para la época, la obra es valioso testimonio. Reforzadas las vivencias personales con un acucioso trabajo de investigación documental y bibliográfico llevado a cabo por el autor en el Museo Británico en Londres. Casado en 1871 con una viuda, Hazard se trasladó a Europa, para regresar a Estados Unidos en 1875, falleciendo un año después en su ciudad natal.

A un siglo de su publicación, la Sociedad Dominicana de Bibliófilos la tradujo y editó en 1974, restringida su circulación sólo a los socios. En 2012, bajo otra filosofía de divulgación más abierta, los Bibliófilos la reeditaron en versiones rústica y empastada. Para mí, que guardo en biblioteca la edición príncipe y la verde original de los Bibliófilos, regresar a Hazard a casi cuatro décadas de aquel primer encuentro es sencillamente degustar de nuevo un verdadero manjar bibliográfico. Siempre fresco y refrescante, repleto de observaciones vivaces sobre el deslumbrante paisaje rural que encontró a su paso y los poblados que visitó. Rica la descripción en detalles acerca de las viviendas, la tipología humana -con sus rasgos de color, oficios, costumbres y creencias-, los accidentados caminos y limitados medios de transporte. Algo de política e historia. Y lo más valioso, el inventario de riquezas naturales, con perfiles agrícola, ganadero, industrial y minero. Una suerte de corte contable vivencial.

"El autor, después de haber circunnavegado la isla casi por completo y de haberla atravesado a lo largo y a lo ancho, quedó asombrado de encontrar una tan magnífica parte del Nuevo Mundo, tan generalmente inculto e incluso incivilizado, después de haber sido el primer enclave colonial escogido por los descubridores del Viejo Mundo". Contrastándola con la Cuba que conoció, mucho más avanzada pese a no estar tan generosamente dotada por la naturaleza.

Dada la actualidad del tema minero -catapultado aún más tras la histórica comparecencia del presidente Danilo Medina ante la reunión conjunta de las cámaras para rendir cuentas de su gestión el 27 de febrero-, reseñaremos el potencial del país en este renglón conforme la obra de Hazard. Cuyas mayores referencias figuran en el capítulo XVII, en el que éste cuenta su viaje de Moca a Santiago y describe lo que llama "las regiones del oro".

Arranca el relato indicando que "ya llevábamos ocho días de viaje, casi siempre sobre la silla, atravesando un país que podría considerarse una selva prehistórica". Resaltando que hasta Cotuí estaba "tan escasamente poblado que sólo en ocasiones nos encontrábamos casas al lado del camino". Escoltados a caballo por el Camino Real, dejaron atrás "la agradable ciudad de Moca, con su aspecto alegre y sus bonitas muchachas". Ya en Santiago, Hazard y los comisionados americanos observaron el Yaque, "el famoso río de oro de Colón", cuyas "aguas riegan y fertilizan una vasta extensión de territorio" hasta derivar en la Bahía de Manzanillo. En la Ciudad de los Caballeros -"la más importante en todos los aspectos"-, contemplaron una noche de luna llena, "soberbia maravilla de los trópicos". Y se mecieron plácidamente en defatigantes hamacas.

Resalta el autor la función de Santiago como plaza comercial de la mayor región agrícola del país con énfasis en el tabaco, sus condiciones climáticas saludables y la población de 8 mil habitantes "compuesta principalmente de blancos", educados e inteligentes. Para afirmar que ha sido "el centro de los grandes intereses mineros por los que siempre ha sido famosa la isla, pero que nunca se ha tratado de desarrollar". Aquí da cuenta del trabajo de prospección geológica y minera que realizaba entonces William M. Gabb, "patrocinado por una compañía de Nueva York". Apuntando, "de seguro no convendrá a los intereses de la compañía publicar todos sus descubrimientos geológicos, pero en términos generales, puedo afirmar que la opinión de Mr. Gabb es que hay yacimientos de oro esparcidos por gran parte del flanco norte de la cadena montañosa central…así como en las aguas del curso alto del río Jaina. La grava es rica en calidad, pero la cantidad es demasiado pequeña... Se podrían equiparar al tipo de minas conocido en California como minas chinas y no recompensarían el trabajo de un blanco."

"En la parte alta de las montañas abundan vetas de cuarzo aurífero, por encima de estos lavaderos de oro, pero su riqueza tiene que ser determinada". Refiere que en Maimón había hierro en cantidades rentables, "de una magnífica calidad y la posición del depósito es perfecta para la explotación", señalando problemas de transporte para su aprovechamiento. Mientras el profesor Blake, geólogo de la Comisión oficial, reportaba que "atravesamos una región aurífera en el territorio comprendido entre el río Jaina y La Vega Real, comparable en sus indicios favorables de metal a las regiones auríferas de Georgia y las Carolinas". Citando la explotación de oro aluvional en La Buenaventura -donde operó una fundición en los primeros tiempos de la Colonia- y las huellas dejadas en los lavaderos. A vuelo de pájaro, el profesor concluía indicando la existencia de una considerable región aurífera. "Pero no encuentro nada que pueda excitar un gran entusiasmo respecto a los yacimientos", en orden a obtener beneficios significativos, recomendando una prospección cuidadosa del terreno.

Hazard destacaba la creencia generalizada en el vulgo de que había "abundante oro en toda la región". En este sentido fue informado sobre unos americanos muy reservados que habían estado explorando durante dos o tres años y "en ocasiones bajaban por provisiones, que pagaban en oro". Las pepitas que le mostraron, semejantes a las aquilatadas por la casa de moneda americana, eran de 0.946 de ley. Un médico santiaguero le habló de una mujer del campo que acudía a vender cada semana cierta cantidad de pepitas en la ciudad, al igual que el uso de éstas como medio de pago por los campesinos. Algo que alcancé a ver en la farmacia de mi querido don Lucas Regús -Trinitaria con Abreu-, quien se las recibía a los campesinos lavadores de las inmediaciones del Haina.

Pero Hazard no se detiene en estas informaciones. Hace recuento de otras fuentes. Lyonet, enviado por el ministro francés de marina, dice en 1809: "Ningún país reúne una tan gran variedad de minas. Oro en la comarca de Santiago y en la región del Cibao; plata común en las cercanías de Puerto Plata y Neyba; una cantera de mármol a cierta distancia de Santo Domingo". Juan Nieto, mineralogista del Rey de España, levantó en 1793 una relación en la que inicia con una mina de oro ubicada a seis leguas al este de Cotuí, "que fue antiguamente explotada y producía anualmente más de un millón de coronas". Desplomada, con una inversión de mil coronas se podría reanudar su explotación. En las colinas cercanas halló "la misma calidad". Media jornada al este encontró una mina de cobre azul (azurita) "muy rica en metal", abandonada hacía 30 años tras la muerte del dueño. Un análisis del mineral reveló un quinto de oro. No lejos, dos minas de plata. En Jarabacoa examinó una mina de este metal, antiguamente operada y abandonada. En la Montaña Negra en Sierra Prieta descubrió otras de hierro.

En Bánica, mina de abundante azufre. En Baní, canteras de alabastro, igual Monte Plata y Neyba, más sal gema en ésta. En Santiago, cerca del Yaque, plata. En Jánico, otra. En el Bao, en una montaña de elevada altura habitada por negros libres, se informa de oro en pepitas. A orillas del río, "hay una mina de oro muy puro de la que también se han extraído algunas esmeraldas". En Guaraguano, minas muy ricas "de gran renombre" abandonadas. En La Ciénaga otra de oro. En el valle de San Juan "me mostraron algunos diamantes". En diversas localidades se reportan muchas minas de oro, plata, plomo y estaño.

En finca de Nicolás Guridi, en Guayabal, encontró una mina de plata muy rica, obrada por diez esclavos. En ruta a San Cristóbal, otra de azogue. Cerca de El Seybo, una de estaño. En los confines de Higüey, otra de plata. En las montañas del Maniel, oro en polvo. Dice Nieto que la isla es comparable a Tarshish, de donde Salomón habría extraído el oro para ornamentar su templo. Retoma Hazard para señalar que en Annales de Chimie se reporta la existencia de platino, analizado en 1810, "que se encuentra principalmente después de las lluvias intensas en las arenas del río Yaque, al pie de las montañas del Cibao".

Rodríguez Demorizi -un auténtico patriota como historiador y ciudadano- publicó en 1965 su compilación documental Riqueza mineral y agrícola de Santo Domingo. Aporte para remediar la relación asimétrica entre pariguayos y corsarios. Intermediada por buscones con autoridad.

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