RACIONES DE LETRAS|10 nov 2012, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

Sin ellos, la vida: un espacio negro en el futuro

George Harrison, John Lennon, Ringo Star y Paul McCartney (Los Beatles).

A propósito de la celebración de los cincuenta años del punto de partida de Los Beatles, en octubre de mil novecientos sesenta y dos, -proceso que venía gestándose en una cueva londinense- dos distinguidos amigos de la esfera intelectual me han pedido que escriba sobre ese acontecimiento del que no he podido, ni quiero, desprenderme desde hace cinco décadas. Hace ya varios lustros que escribí lo que a continuación transcribo, y que constituye mi homenaje permanente a la gloria incólume de los chicos británicos de quienes se afirmó en su momento -no sin polémicas y burlas, que fueron parte también de su historia- que eran los líderes de la música clásica del siglo veinte.

Esa crónica-homenaje la dediqué entonces a cinco amigos de aquella época que enarbolaron las banderas del rock: Adriano Miguel Tejada, que vivió la época de Bill Halley y Elvis; a Edito Adames, Enrique Cuevas y Finso López ("desde la distancia del ayer compartido"), y a Niño Gómez ("donde quiera que se encuentre").

***

Uno no logra aún identificar el tiempo preciso en que ellos comenzaron a construir en nosotros la fiera argamasa de los sueños y el delirio. Los signos de la época no pudieron ser distinguidos con claridad hasta pasados los años, cuando las añoranzas comenzaron a pervertir nuestras conciencias y comenzamos a darnos cuenta que éramos reos impunes de un delito que no prescribirá nunca: el que consumimos sobre la ebriedad del tiempo, en armónica conjunción de atavíos epocales, en torno a la grave y obsesiva función de la epopeya de los alocados años sesenta.

El little Richard y Bill Halley con sus ruidosos Cometas, fermentaban ya en un pasado trastornado como el de los cincuenta. Rock, Twist y Mash Potato se interponían como barrera dócil y franqueable sobre las cuales colocábamos piernas y asentaderas para barrer el polvo de un tiempo del que sólo podíamos otear sus penumbras. Con ellos había llegado la aurora, aunque probablemente no lo supimos nunca. No estuvieron solos en las locas querencias de aquellos días, porque la época fue contra todo el viento fuerte que rugía sin cesar en sus tardes apocalípticas, sin dudas plural, y sin dudas también alternativo.

Estaba The Who con su leyenda gramínea, espolvoreando entuertos sobre el césped de la noche. The Dave Clark Five fue casi una opción triunfal para buscar momentáneamente el olvido del mito y sus consecuencias. The Animals fue un mágico desvío temporal. The Four Seasons, The Monkees… Y así, hasta cuando alcanzamos con los Rolling Stones al rock y sus satánicas majestades. Desde luego, no estuvimos más que de pasada junto a Elvis y su techumbre angosta, aunque sin saber cómo, porque quizá no nos pertenecían, llegamos solícitos a la fiesta que brindaban por entonces todavía Paul Anka y Johnny Mattis, con quienes alternábamos nuestra espiritualidad socarrona, atisbada de luceros, en compañía de Areta Franklin y un señuelo de espuma y ladrido que todavía responde al nombre de Engelbert Humperdinck. Mama Cass fue algo aparte, un interludio de tolerancia entre la algarabía de una adolescencia rusticana, fervorosa con sus mitos tremebundos y sus soliloquios pueriles.

La alternancia tenía sus bellezas absolutas y sus ruindades frenéticas. Mientras creíamos que era posible, y tal vez necesaria, una revuelta de espigas sobre los surcos de una patria que parecía ser una pertenencia ajena llevada al crematorio por las nuevas castas de orugas vacilantes, comenzábamos a leer en colectiva unción a Doctor Zhivago, La Hora Veinticinco y La Segunda Oportunidad, y más tarde construiríamos, con la misma gravedad con que nos parecían insólitos los Montes Urales y la Siberia fatídica, un himno de devoción desusada sobre los humos de la revolución de Octubre en aquel Natalie que marcó nuestras impúdica vestimenta de púberes ideológicos.

Y todavía nos sesgaba el ánimo el opening de la Super Orquesta José Reyes de Papa Molina, mientras The Ventures nos encarcavinaban hasta el ahogo con aquel Wipe out de percusiones verticales. Miriam Makeeba llegó después, un poco más tarde que los Beach Boys que soliviantaron nuestros retos no asumidos y repartieron nuestras retobadas manías musicales. Mexicanos, argentinos y boricuas nos llevaron en el carrousel de la Nueva Ola, para acentuar el Yeah Yeah y el Go Go consumado hasta el hartazgo en tardes y noches sin recesos. Lucecita fue una clave y Julio Angel, Manolo Muñoz y Palito Ortega para sólo citar los que la memoria evoca, sucesos cotidianos que se apretujaban en inenarrable circunloquio con la histeria social de una época que no puede, de ningún modo, asemejarse a la historia musical que ya habían entronizado los entrometidos muchachos de Liverpool.

Luis Olivo estaba en la radio de Santiago orientando las luces de aquel faro esplendente que nos encaminaba a todos hacia un puerto de intensas avenidas oníricas. Jaime Nelson Rodríguez, y bajando desde el Santo Cerro por la Radio Santa María Willy Willy con la juventud (el mismo Willy Rodríguez que hoy abre las mañanas desde un gobierno noticioso) fueron otros nombres y otras luces en aquella curda ingenua, en aquella parranda inolvidable, cuando todavía no sabíamos que las anfetaminas eran el dínamo propulsor de las alucinaciones epocales, que la marihuana estaba aperturando su carrera destructora, que Yoko Ono comenzaba a parir estrategias para encandilar a John Lennon, y que Bob Dylan estaba tendiéndole una trampa mortal a Los Beatles enseñándoles en un hotel de Nueva York a abrevar en las aguas fantásticas de la LSD.

Llegarían entonces, porque también fue de ellos ese tiempo, los X-6 y Los Románticos, que eran la respuesta criolla a aquel signo dramático de los sesenta, aunque no podía ser Carlos -Popotitos- Fernández el adalid que engominara las pretensiones insensatas de ser, en alguna medida, como cualquiera de aquellos bravíos estandartes del nuevo orden que, por esos días, pasaban el mayor de sus sustos en Manila cuando Brian Esptein negaba la presencia de los cuatro jinetes en una bienvenida que en el palacio de Malachang pretendía darles, para absorber su glamour y sus centellas, la dama primera de Ferdinand, la soberbia Imelda de múltiples zapatos. ("Premier, cada fumada un placer").

Y fueron entonces también Los Herald's que nadie nunca conoció porque, ¿cómo podía pretenderse la reinscripción del suceso de Liverpool desde una aldea dominicana con muchachos que no habían nacido en Londres y para quienes el inglés acababa siendo una escaramuza para acceder al ruido y hacer empatía con la heredad? Pero fueron. Los Herald's estaban allí -en Moca- soñando junto con ellos desde la distancia, mientras abordábamos cada tarde el carro de las ilusiones y las metas que nunca pudieron ser alcanzadas. ("Y así levanto con mi mano el mejor ron dominicano la bebida nacional").

No nos era posible ya predecir la hecatombe, ni vislumbrar la posibilidad de que Joan Báez, que era un remanso en medio del charco, estuviese acostándose con John Lennon después de insistentes persecuciones por sus fueros íntimos, ni podíamos entender por qué John estaba comparándose con Jesús, prediciendo la agonía del cristianismo y comunicando que su popularidad era mayor que la del Hijo de Dios, mientras bautistas y católicos, y hasta el Ku Klux Klan, ripostaban con pancartas, manifiestos y amenazas tan provocativo incendio. ("Las cinco de la tarde son/ la hora del atardecer/ comienza ya a salir el sol/ las cinco de la tarde son").

Pasó el tiempo, y los años comenzaron a buscar nuevas metas, a almacenar las excrecencias del pasado. El ayer es hoy nostalgia. Pero hoy no podemos abstraernos de que Love me do fue para nosotros casi un acto de redención, que con I want to hold your hand creamos un emblema de purificación, y que A hard day's night viabilizó los sueños de noches difíciles hacia un mañana menos sombrío. La gloria, el éxtasis, la sensación de vértigo vino con I feel fine, y cuando If I fell llegó a nuestros oídos estuvimos a punto de zozobrar en un mar que ya iba atormentándonos con sus altos oleajes. The fool on the hill, Penny Lane, Help, Michelle, Yesterday: las greñas de un tiempo extrovertido y sagaz se nos ofrecía a los cuatro vientos con sus hebras de libertad.

Y el Ob-la-di, Ob-la-da retumbó como una utopía de liberación, y Hey Jude, Revolution, Let it be constituyeron el final, porque desde entonces ya no nos fue posible insertarnos en la historia de aquellos días difíciles, sin considerar seriamente la importancia de Paul, John, George y Ringo en nuestro devenir, mientras todos -Niño, Edito, Enrique, Tomasito, Finso, Josecito, y otros dos o tres más, que éramos al fin una claque felizmente reducida- nos imaginábamos ampliando los trechos del destino en una barca rodeada de árboles de mandarina y cielos de mermelada.

John nos lo advirtió desde 1967, cuando abandonábamos la secundaria y ya Los Beatles iban rumbo a su individualización y descarrilamiento: "Vivir sin Los Beatles es como si hubiera un espacio negro en el futuro".

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