RACIONES DE LETRA|08 dic 2012, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

¡Adiós a los libros!

La escritura literaria es un ejercicio de pasión personal y, probablemente, un acto de la genética. Uno intenta precisar el momento o la forma en que nace y se desarrolla esta pasión en nuestra biografía, pero este suceso puede ocurrir, y seguramente ocurre muchas veces, como parte de una experiencia o influencia colectiva. Y, sin embargo, solo uno o dos del colectivo que se hace acreedor de ese estímulo sensorial adopta el ejercicio y se suma al reto, aventura podría ser mejor calificativo, que se le plantea. En este orden, la gracia o el talento, como quiera llamársele, terminará siendo hacienda de unos pocos, tal vez de uno solo.

Otras veces, el don o talento se desarrolla en la soledad, sin aparente estímulo. Empero, aun en esa circunstancia la gracia se recibe, se entrega en dote desde una instancia espiritual no precisada, tal vez. Del modo que se desee determinar, el ejercicio literario es una virtud de difícil acceso y destinada solo a algunos mortales escogidos. Fijémonos con atención en tantos que intentan escribir un libro -me remito solamente a la escritura literaria- y no logran alcanzar la meta con eficacia. O los muchos que se pasan parte de sus vidas escribiendo, y osadamente publicando lo que escriben, y hasta algún nombre alcanzan en el armazón del falaz pregón comunicacional, y sin embargo nunca ascienden al nivel que nos permita considerarlos realmente escritores de valía.

Hacer literatura es pasión y talento, gracia y disciplina, don y creación. Se ha dicho tantas veces que parece que no digo nada nuevo, ni propio, al señalarlo. Pero, en resumidas cuentas, este es el modo más simple de definir la faena personal del adiestramiento literario. Por eso, llama la atención el anuncio de hace unos días de dos extraordinarios escritores que han comunicado, casi al mismo tiempo, que abandonan la escritura literaria. El primero en comunicarlo fue Philip Roth, uno de los grandes novelistas norteamericanos del siglo XX, quien lo anunció en una entrevista concedida a una revista francesa. "He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado, he escrito y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes". Philip Roth lanza, como un disparo, como un estallido de mortero, su decisión de no escribir jamás. "Némesis", su más reciente novela, ha dicho, queda como su último libro.

Roth, de 79 años, y ganador en este 2012 del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, es parte de ese grupo privilegiado de autores norteamericanos de primer nivel, y el único vivo entre ellos, del que forman parte John Updike, J. D. Salinger, Thomas Pynchon, Don DeLillo y Richard Ford, y un heredero directo de esa estiba conformada por Ernest Hemingway, Saul Bellow, Graham Greene y F. Scott Fitzgerald. Se inicia como cuentista en 1959, publicando a los 26 años de edad su primer libro "Goodbye Columbus and five short stories" (la edición en español se titula simplemente "Adiós, Columbus"), con el que gana inmediatamente ese año el National Book Award. Escribirá, en cincuenta y tres años de una carrera que parece llegar a su fin, un total de treinta y un libros, la mayor parte narrativa, pero también teatro y ensayos. Pero, su obra máxima es la célebre trilogía que componen "Pastoral americana" que publica treinta y ocho años después de sus inicios en la literatura, o sea en 1997; "Me casé con un comunista", que da a conocer un año después, en 1998; y, "La mancha humana", que sale en el 2000. Un retrato de la vida norteamericana, de su identidad, vaivenes y dilemas, teniendo como telón de fondo los decenios de los sesenta, los cincuenta y los noventa. En Estados Unidos, y en el mundo literario que le conoce bien, cada obra de Roth es un suceso, recibido con aclamación, porque en su escrituras no se notan caídas, ni zanjas; es un escritor que se ha sostenido en un nivel de firme calidad. Sus tres últimas obras son "Indignación" (2008), "La humillación" (2009) y "Némesis" (2010) que no hemos leído y que él ha afirmado que ha sido lo último que escribe. El personaje de Nathan Zuckerman, protagonista de su famosa trilogía americana, encarna el sueño estadounidense, al tiempo que pauta una censura cáustica a la doble moral norteamericana, en la que muchas veces los sueños de sus propios compatriotas son abatidos por la realidad política, como ocurrió durante la era del macartismo y la caza de brujas, o cuando los paralogismos de "lo políticamente correcto" insuflan una ética cuestionable que termina devorando las virtudes y determinados valores.

El segundo que ha anunciado su adiós a la escritura es Imre Kertész, que como Roth es de origen judío. Roth es hijo de emigrantes ucranianos, y Kertész es húngaro. Ganador del Premio Nobel de Literatura en 2002, Kertész, de 83 años, ha dicho que ya no tiene nada que decir. El suyo es uno de los ejercicios intelectuales más desafiantes que se pueda conocer. Integrante de la llamada "literatura del holocausto", que antes se conoció como "literatura de los campos", en referencia a los campos de concentración, que nació sin dudas con las anotaciones sacudidoras de Ana Frank y que continuó con una larga lista que tiene a Elie Wiesel, Primo Levi y Jorge Semprún como algunas de sus figuras más destacadas, Kertész ofreció en su célebre novela "Sin destino" un testimonio diferente a todas las demás víctimas de la sevicia nazi. Kertész es un judío que no se reconoce como tal, que no milita en la religión judaica (que incluso tiene una concepción muy personal sobre Dios), y que no se rebela contra el holocausto al modo que lo hacen los judíos, sino que se subleva intelectualmente contra el exterminio y lo observa y analiza fríamente como un suceso personal del cual él termina siendo víctima, por lo cual su obra produce desazón entre los judíos cuando se publica en 1975, aunque es diez años después cuando es descubierta por lectores de todo el mundo.

Kertész llega al campo de concentración con apenas quince años de edad, y conoce Auschwitz, y luego lo trasladan a Buchenwald, y finalmente a Zeitz, donde es recuperado por las tropas aliadas que vencen el nazismo y descubren para el mundo los campos de exterminio. "Sin destino" es una novela donde Kertész revela las atrocidades nazis, pero donde al mismo tiempo se sumerge en cavilaciones intelectuales, ajenas a la victimización, para establecer como una herencia propia, una experiencia personal que deja muchas enseñanzas, el espacio de horror que describe tan estremecedoramente. "Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los "horrores", cuando para mí ésa había sido la experiencia que más recordaba", dice Gyorgy Koves, el muchacho judío que protagoniza esta novela, que Kertész no quiere definir como autobiográfica, porque no sin razón, para él éste es un género inexistente. "Cuando se trata de una autobiografía, evocas tu pasado, intentas aferrarte… a tus recuerdos… sin añadir nada a los hechos… En la novela, en cambio, lo importante no son los hechos, sino aquello que se agrega a los hechos", ha escrito Kertész en otro de sus libros, "Dossier K.".

Kertész no se siente judío, ha dicho que nada tiene que ver ya con su patria de origen, Hungría, y que los campos de concentración ya no son asunto de su memoria inmediata, según recoge la prensa. Se queda con Berlín, la capital de la patria donde se concibió el exterminio, y allí también abandona su escritura, porque ya no tiene nada que decir, igual que el escritor norteamericano, aunque Roth matiza afirmando que "ya no siente ese fanatismo por escribir que sentía antes". El autor de "Pastoral americana" se retira por cansancio, por dejadez intelectiva, por bloqueo creativo. El autor de "Sin destino" abandona el oficio por agotamiento temático, por rebelión contra el recuerdo que lo ha mantenido encadenado por tantos años, y quizá también por el exilio intelectual involuntario que ha adoptado por decenios. Su "yo perdido", tras las perturbaciones existenciales que amarraron su devenir cuando apenas iniciaba la adolescencia, y que ha descrito y reescrito -siempre, valga decir, de modo sorprendente y turbador- en todas sus otras obras (pongo de ejemplos a "Yo, otro" y a "Un instante de silencio en el paredón", que analiza el holocausto como cultura), debe quedar atrás, porque ¿qué otra cosa más puede explicar para convencer a sus lectores de lo que significaron en su vida Auschwitz, Buchenwald y Zeitz, y antes y después todas las incomprensiones y veleidades que ha sufrido? Tal vez sea cierto lo que declarara el mexicano Juan Villoro cuando conoció la noticia de estos retiros, lo de Roth y Kertész "no es una interrupción trágica, sino una misión cumplida".

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