RACIONES DE LETRAS|15 dic 2012, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

La pasión musical y su bibliografía (I de II)

Con el permiso de mi vecino de al lado, el inmenso memorialista de nuestra cultura musical, José del Castillo

La bibliografía dominicana no es muy abundante con respecto a la publicación de obras relacionadas con la vida y trayectoria de las grandes figuras del arte dominicano, tanto en sus expresiones clásicas como en la popular. Esta carencia de décadas ha sido salvada, en gran medida, por esfuerzos investigativos y de valoración crítica ejercidos por distintas personalidades de nuestra cultura musical y por conocedores, desde el ámbito sociológico o periodístico, de la impronta musical dominicana.

En función de nuestro apasionado interés por la música y sus ejecutantes e intérpretes, hemos estado atentos por muchos años al conocimiento y tasación del fenómeno musical desde sus múltiples filamentos, localizando para una mejor comprensión del mismo importantes volúmenes publicados en distintas partes del mundo, especialmente en Latinoamérica. Entre los más cercanos, obviando desde luego la amplia bibliografía sobre el tema de México, no hay dudas de que Cuba y Puerto Rico poseen una bibliografía extensa, a tono con su abundante discografía, sobre el tema musical, a un nivel de que anexo a la labor de sus extraordinarios investigadores ha corrido de forma casi pareja el interés de sus narradores -novelistas y cuentistas- por trasladar a sus imágenes fictivas la vida y obra de sus grandes intérpretes, interés ampliado al teatro y al cine.

Con respecto a Puerto Rico, anoto cuatro ejemplos de lectura grata y de impacto trascendente. En primer lugar,"La guaracha del macho Camacho", la novela de Luis Rafael Sánchez, que logró un éxito extraordinario entre los lectores latinoamericanos en los años setenta, y que atrapa al lector desde su historia múltiple que gira alrededor de una guaracha que recorría entonces toda la isla borinqueña. El mismo Luis Rafael Sánchez, uno de los dioses mayores de la literatura puertorriqueña, publica a fines de los ochenta su novela "La importancia de llamarse Daniel Santos" que escribe apoyado por una beca Guggenheim, mientras residía temporalmente en La Romana. La obra, que él prefirió denominar simplemente "fabulación", recorre la vida del bolerista y guarachero "que, con su voz agresiva -por ronca y desencajada- y con su asunción de las vivencias del macho y sus símbolos definitorios, llevó el trópico boricua, en persona o por sus grabaciones, a toda Hispanoamérica".

A propósito de Daniel Santos, Salvador Garmendia, uno de los grandes narradores venezolanos del siglo veinte, publicó en 1979 su libro "El inquieto Anacobero y otros relatos". El cuento que da título a esta obra gira precisamente en torno a Daniel Santos, y fue tal el éxito de este libro en Venezuela que su lenguaje y los pormenores que el relato ofrecía provocaron la ira de determinados sectores sociales de ese país que acusaron a Garmendia de atentar contra los principios morales de la sociedad, pero como escribe Gabriel Jiménez Emán, aquella acusación no pasó de ser un acto más de la miseria humana y la obra del escritor siguió "consolidando sus esplendores".

Los otros dos ejemplos de la literatura de Puerto Rico sobre fenómenos musicales o artísticos que deseo destacar son: "El entierro de Cortijo", y "Una noche con Iris Chacón", ambos de uno de nuestros escritores favoritos de Borinquen, Edgardo Rodríguez Juliá. "El entierro de Cortijo" es una crónica sobre "el último de los grandes pleneros", y "Una noche con Iris Chacón" es un conjunto de tres crónicas sobre "coordenadas del Puerto Rico de hoy", una de las cuales se titula "Llegó el obispo de Roma" que recuerda el estribillo canario que en Santo Domingo popularizó Paco Escribano ("Mamita llegó el obispo/ llegó el Obispo de Roma/ mamita si tú lo vieras/ que cosa linda, que cosa mona"), y otra cronifica realidades vitales de dicha isla, en un recorrido por sus mares de pasiones en cafetines y bares, desde la visión de "aquel caderamen que exprime ritmos" -al decir de Palés Matos- y que originó un verso célebre del gran poeta puertorriqueño Francisco Matos Paoli:

Después de todo, Venus triunfa en ella, / no solamente en la tenaz centella / sino también en ebrio chaconazo.

¿Qué estamos queriendo decir? Que la música, sus cadencias, sus motivaciones, su melodía, sus compositores e intérpretes, jalonan una parte sustancial de la vida en sociedad, se internan con absoluta libertad en los atributos del ser y sus moliendas de glorias y fracasos, y en las cuitas del amor y el desamor construyen, desde su plasma sonoro, la realidad desnuda, con sus grietas, sus pasiones, sus peligros, sus tabúes y sus jacarandosas vitalidades.

Rodríguez Juliá recuerda como en medio del entierro de Rafael Cortijo, una frase escuchada entre uno de los asistentes le "estremeció cual verdad sutilmente justiciera: ¡Nos has entrado desde los pies hasta la cabeza, Rafael! ¡Eres inmortal! Sí, porque Cortijo le entró a quien le entró desde los pies hasta la cabeza, y no al revés, que para quererlo ¡su plena nos tiene que haber inquietado lo mismo la cintura que la suela!..." Un ritmo que, con exquisita irreverencia, Rodríguez Juliá afirma que con el arrebato de "Saoco me lo melé", "Quítate de la vía Perico" y "El chivo de la campana", se ganan las indulgencias plenarias.

La bibliografía dominicana, que sobre este tema ha caminado un trecho auspiciador en los últimos quince a veinte años, sigue teniendo sin embargo un vacío que deberán ir llenando en los años por venir, narradores y cronistas, poetas y ensayistas, pues es mucho lo que hay que escribir, desde la realidad y desde la ficción, o sea desde la investigación y desde la vivencia personal y lúdica, en torno a nuestros fenómenos musicales. Un repaso muy rápido, y seguramente no completo, sobre los libros en torno a nuestra historia musical y a sus protagonistas, nos sitúa en un marco de indudable valoración del hecho artístico y sus secuencias y consecuencias, pero al mismo tiempo nos habrá de demostrar la necesidad que tenemos de ampliar esa bibliografía de modo sustancial.

De nuestros grandes compositores, sólo de unos pocos se ha logrado reunir sus creaciones, tales los casos de Juan Francisco García, Julio Alberto Hernández, Luis Alberti y Bienvenido Brens, entre los que recordamos. Las biografías y autobiografías son escasas. Destaquemos la del maestro Rafael Solano "Letra y música. Relatos de un músico dominicano", escrita con singular dominio de redacción y estilo, uno de los más deliciosos trabajos de su tipo que se han publicado entre nosotros. Igualmente, "Un poco de mí", de Johnny Ventura, texto que posee una estructura expositiva muy certera y un relato atractivo, que ha debido merecer una mayor atención de los lectores. En el ámbito de la dirección sinfónica, el maestro Julio de Windt publicó unas memorias de su ejercicio profesional al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional.

José Jáquez dio a conocer una biografía de Joseíto Mateo, que hacía falta, y en tiempos recientes otra de Fefita la Grande. Antes, el periodista Oscar López Reyes escribió una biografía de su compueblana, la barahonera Casandra Damirón, Miguel A. Holguín-Veras publicó unas semblanzas de Eduardo Brito y Antonio Mesa, Darío Tejeda una crónica biográfica de Juan Luis Guerra, y Euri Cabral otra historia sobre Juan Luis Guerra. En este tenor, es bueno resaltar el señero trabajo investigativo de los reconocidos investigadores Arístides Incháustegui y Blanca Delgado Malagón, que publicaron conjuntamente la obra en dos volúmenes "Vida musical en Santo Domingo 1940-1996". Incháustegui laboró también en la edición de "El Album de Eduardo Brito", publicado en 1994. Otros contribuyentes valiosos de la bibliografía musical dominicana son Aida Bonnelly de Díaz, Jesús Torres Tejeda, Bernarda Jorge, Rafael Chaljub Mejía, Luis Manuel Brito Ureña, Fernando Casado, Héctor Brea Tió y Almanzor González Canahuate, que publicara una importante "Recopilación de la Música Popular Dominicana". Holguín-Veras publicó una aportadora investigación que determinó la autoría de obras musicales que habían sido asignadas al anonimato, en su libro "Acerca de canciones antiguas dominicanas".

El merengue y la bachata han provocado, como es natural, una pasión investigativa y analítica de mayor alcance. Obviamente, el merengue es nuestra danza nacional por excelencia, y la bachata, desde su configuración socio-cultural, al margen de su impronta musical, es un auténtico fenómeno de masas, cuya historia, desarrollo y proyección nacional e internacional, amerita no sólo un análisis de fondo desde el punto de vista de la creación y la interpretación musical, sino un desprejuiciado y hondo examen sociológico, en tanto hecho social y expresión cultural surgido desde las raíces mismas de la dinámica vivencial que nace en las capas inferiores de la escala social, y que va arropando, contra viento y marea, a otros niveles de la sociedad.

La lírica bachatera -Pedro Delgado Malagón afirma que "la bachata es un bolero escrito por analfabetos"- exige, como los fenómenos del reggaeton y el merengue de calle, un examen minucioso, ajeno a preferencias musicales y alejado de visiones superficiales, que se adentre en la realidad social que expone y dinamiza, para poder descubrir la naturaleza de sus alcances y las complicaciones de su poderosa andadura por los sentimientos y los arrobamientos amorosos que describe y desmenuza. Pero, este es tema para abordarlo el sábado próximo.

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