RACIONES DE LETRAS|29 dic 2012, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

El año en que recordamos el "boom"

Gabriel García Márquez
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El 2012 declina para extinguirse totalmente en breves horas. Pero, durante todo este año, los cazadores de efemérides literarias hemos estado recordando el cincuenta aniversario del "boom" narrativo hispanoamericano, que colocó en las butacas de primera fila de la novela escrita en español a "los nuestros", como los denominara Luis Harss en su emblemático texto.

En el reciente encuentro que Mario Vargas Llosa sostuviese con un notable grupo de intelectuales en la Fundación Global Democracia y Desarrollo, definió al "boom" como "movimiento", y en medio de las rebatiñas que la calificación de ese gran suceso literario, en un sentido o en otro, ha generado a través de los años, de alguna manera es correcto considerar el mismo como un "movimiento" de las letras latinoamericanas, un agrupamiento de textos y autores que otorgaron, sin previa planificación y sin ser un colectivo con dirección específica, un nuevo valor y un nuevo camino a la literatura producida en las tierras americanas, la cual venía desde hacía más de tres décadas teniendo como referencia a obras narrativas surgidas en el decenio de los veinte.

Aunque la casi totalidad de los autores que conformaron el "boom" habían publicado sus primeros libros en los años previos a 1962, sin dudas es a partir de este último año cuando se produce de forma masiva -en términos de edición, valoración crítica y, sobre todo, consumo en gran escala- lo que entendemos como el relevo de la generación formada por José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Ricardo Guiraldes, Eduardo Mallea, Horacio Quiroga, Roberto Artl y Teresa de la Parra, entre otros, un grupo notabilísimo y fundamental que había publicado sus obras entre los años veinte y los treinta.

Pongamos algunos ejemplos. Carlos Fuentes -una pieza clave en la proyección y sostenimiento del "boom"- inicia su carrera literaria en 1954, con "Los días enmascarados" y luego presenta en 1958 "La región más transparente". Julio Cortázar viene de más lejos, pues su primer libro se sitúa en 1949 ("Los Reyes"), "Bestiario" es de 1951, y "Final de juego" es de 1956, entre otros textos importantes que publica previo al año del estallido. El primer libro de Mario Vargas Llosa llega en 1959, su volumen de cuentos "Los jefes". El chileno José Donoso, que al igual que el Premio Nobel peruano se inicia como cuentista, publica en 1955 "Veraneo y otros cuentos", y en 1960 "El Charleston". Gabriel García Márquez, el primer Premio Nobel del grupo, ya había publicado en 1955, "La hojarasca", y aunque su gran trueno llegará luego del año de surgimiento del "boom", en 1967 con su célebre novela, antes de 1962 publicó "Relato de un náufrago" (1955) y "El coronel no tiene quien le escriba" (1961). Incluso, Alejo Carpentier, que no es propiamente del "boom" pero que se benefició de este "movimiento", había publicado en un año tan lejano como 1933 "Ecue-Yamba-O", y el mexicano Agustín Yáñez publica en 1947, "Al filo del agua" y en 1960 "La tierra pródiga".

Empero, es en 1962 cuando se destapa esta artillería pesada de novelistas latinoamericanos, con textos que van a abrir nuevas posibilidades y van a crear nuevos atributos para la narrativa nacida en estas tierras. En ese solo año, Vargas Llosa publica "La ciudad y los perros", Carlos Fuentes se destapa con "La muerte de Artemio Cruz" y "Aura", Julio Cortázar da a conocer "Historias de cronopios y de famas", Haroldo Conti imprime "Sudeste", Agustín Yáñez -que es un viejo roble de los cuarenta- se revela con "Las tierras flacas" y el propio Carpentier da el gran salto de su casi inmediato reconocimiento con la publicación de "El siglo de las luces". Este es pues, el año del estallido, cuando la bulla mediática que se arremolina sobre estas piezas maestras, junto a los lauros y el ingenioso despegue del trabajo mercadológico de las editoriales, permite el encumbramiento a niveles hasta ese momento insospechados para los propios autores de un grupo de narradores que desde Colombia, México, Perú, Argentina, Cuba, Chile, incendian la pradera de la ficción universal desde las historias recogidas en sus propios terrenos, en ese encallamiento mágico que la realidad les proporcionaba a estos narradores aguerridos y formales. De modo que son estos textos de 1962 los que marcan el punto de partida del "boom" de la novela latinoamericana.

Antes de ese año, no se hablaba de "novela hispanoamericana contemporánea" como recuerda José Donoso, a nuestro juicio el que mejor ha recompuesto la historia del "boom", como parte él mismo de ese singular proceso. "Las novelas de cada país quedaban confinadas dentro de sus fronteras, y su celebridad y pertinencia permanecía, en la mayor parte de los casos, como un asunto local…El novelista de los países de Hispanoamérica escribía para su parroquia, sobre los problemas de su parroquia y con el idioma de su parroquia, dirigiéndose al número y a la calidad de lectores... que su parroquia podía procurarle, sin mucha esperanza de más". No obstante, aunque se produce el estallido en 1962, todavía los grandes nombres del "boom" resultan desconocidos para la mayoría, incluso para los especialistas. Ese año, Gonzalo Rojas organiza un Congreso de Intelectuales en la Universidad de Concepción, en Chile, en el que intervienen Pablo Neruda, José María Arguedas, José Miguel Oviedo, Augusto Roa Bastos, Pepe Bianco, Carlos Fuentes, Claribel Alegría y Alejo Carpentier, entre otros más. Pero, en ese cónclave literario nadie menciona aún a Sábato, Cortázar, Borges (su obra como la de Carpentier es de conocimiento tardío), Onetti, García Márquez, Vargas Llosa, Rulfo. Al consignar este detalle en su memorable libro "Historia personal del boom", Donoso afirma que todavía el "boom" no había comenzado. Entonces, vienen los tres sucesos del estallido, agreguemos ahora, inicial: la aparición de "La región más transparente" de Fuentes, "el primer agente activo y consciente de la internacionalización de la novela hispanoamericana de la década de los años sesenta", y la publicación de "La ciudad y los perros" de un Vargas Llosa veinteañero, que recibe el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. A partir de ahí, comienza la historia formal del "movimiento", que se consagrará definitivamente cinco años más tarde, con la aparición en 1967 de "Cien años de soledad".

Entonces, comenzó a rodar la pelota. Y el pequeño grupo de iniciados de esta logia intelectual sin precedentes, arrastraría consigo a otros muchos que se beneficiaron de la internacionalización alcanzada por la nueva novela latinoamericana: Sarduy, Lezama, Cabrera Infante, Salvador Garmendia, Bryce Echenique, Jorge Edwards, Roa Bastos, Monterroso, Carpentier, Benedetti, Manuel Puig y el propio Borges. Tómese en cuenta que las sillas del verdadero "boom" -como consigna Donoso, atribuyendo el criterio a Ángel Rama- la ocuparon solamente Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa y Fuentes, con una silla movible para Sábato y una adicional para José Donoso.

Esa historia del "boom", desde luego, estuvo plagada de envidias literarias, denuestos, apocamientos, detractaciones y rivalidades de todo tipo. Anoto ocho tipos de detractores del "boom", de los que enumera Donoso en sus conocidas memorias del "movimiento": Los que se creyeron injustamente marginados del suceso; los pedantes, que negaron originalidad literaria a las obras del "boom"; los enemigos personales que hicieron extensivo su odio a todo el grupo; los papanatas que se asociaron al "boom" cuando ganaban algún premio importante; los envidiosos y fracasados, que formaban los profesores universitarios y burócratas de organismos internacionales que alguna vez quisieron ser novelistas; los ingenuos, que antes alabaron al "boom" y luego lo negaron y apostrofaron; los deslumbrados por el glamour que generó en los triunfadores el pasar a formar parte del jet set, de los pingües derechos de autor, de las fiestas generadas por la fama y hasta de los fastos del poder. Y uno último: el fenómeno único de Miguel Ángel Asturias "que al sentir que el musgo del tiempo comienza a sepultar su retórica de sangre-sudor-y-huesos, intenta defenderse aludiendo a plagios…"

La historia del "boom" es fascinante. No cabe en estas sencillas notas. Sólo su rosario de anécdotas merece un texto aparte. Un día de estos las resumo, pues en los años por venir habrán de conmemorarse otras efemérides literarias relacionadas con el "boom", que ocupó todo el período de la década prodigiosa y se extendió hasta la primera parte de los setenta. Este 2012 que acaba nos ha permitido recordar los cincuenta años de aquel estallido literario que removió para siempre los cimientos de la literatura hispanoamericana, ocupando desde entonces un asiento de honor en toda la literatura universal.

Aunque la casi totalidad de los autores que conformaron el "boom" habían publicado sus primeros libros en los años previos a 1962, sin dudas es a partir de este último año cuando se produce de forma masiva lo que entendemos como el relevo de la generación formada por José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Ricardo Guiraldes, Eduardo Mallea, Horacio Quiroga, Roberto Artl y Teresa de la Parra, entre otros, un grupo notabilísimo y fundamental que había publicado sus obras entre los años veinte y los treinta. 

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