RACIONES DE LETRAS|05 ene 2013, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

El anecdotario en la entretela del boom (I de II)

José Donoso publicó "Coronación" por cuenta propia. Sus amigos le ayudaron a vender ejemplares.

El sábado pasado recordamos el cincuentenario del surgimiento del denominado "boom" de la novela latinoamericana y prometimos recoger parte del amplio anecdotario -pienso que todavía no se ha recogido en su totalidad- de ese "movimiento", como calificara Mario Vargas Llosa en visita reciente a Santo Domingo al grupo de narradores que formaron parte del mismo o se beneficiaron de su existencia, entre los cuales figura con letras de oro el Premio Nobel peruano, el único de los cuatro reales "fundadores" del "boom" que se encuentra activo, luego del fallecimiento de Cortázar, Fuentes, Donoso y Sábato, y las dolorosas condiciones de salud que han alejado de la vida pública, y obviamente del quehacer literario, a Gabriel García Márquez.

Los anecdotarios son parte relevante, aunque casi siempre oculta, de la riqueza interior de todo grupo, movimiento o acontecimiento de la historia política, social o cultural, en cualquier tiempo. Esas interioridades, agolpadas sobre la cotidianidad de los protagonistas del suceso histórico, sean éstos líderes políticos, literarios o de cualquier otro tipo, son las que crean el "todo orgánico" de la historia, las que mejor retratan la verdadera personalidad de su entorno y de su plasma. El conjunto de aparentes nimiedades que crean la memoria sentimental -llamémosle de ese modo, de un grupo o de un hecho histórico- eso que luego se recogerá como anecdotario, ofrece, muchas veces más que cualquier teorización o memoria acaramelada, la recreación profunda y vital de la realidad que se enuncia. El anecdotario cuenta una realidad que, casi siempre, la crónica histórica no oferta con todas sus cargas emotivas, apartando para el que bucea en el conocimiento de esa realidad, el busilis de su huella, dejando que la plataforma histórica se quede solamente con los pormenores que creemos básicos.

En los días navideños aproveché las horas sensatas -esos breves espacios de esta intensa temporada anual, cuando uno se aleja del ruido y la bullanga a la que todos, de un modo u otro, nos acomodamos a gusto- para leer un libro sobre un tema que me apasiona: la guerra fría. El texano John Lewis Gaddis es uno de los más reconocidos expertos en este capítulo fundamental de la historia contemporánea con unos cinco libros que reúnen formidables investigaciones y análisis sobre ese período. En su "Nueva historia de la guerra fría", Gaddis recoge una conversación grabada entre Mao Zedong -entonces lo llamábamos Mao Tsé Tung-, el presidente Richard Nixon y el entonces secretario de Estado, Henry Kissinger, donde el "gran timonel" que durante la "revolución cultural" había purgado a los opositores de su régimen, sus propios compañeros de partido, calificándolos de "derechistas", le comentaba a sus interlocutores norteamericanos que a él le gustaba más concertar con la gente de la derecha que con la de la izquierda. "Soy relativamente feliz cuando esa gente de derechas llega al poder", le decía el líder chino a Nixon. Y agregaba Mao: "A la gente le gusta que resuenen muchos cañones". Esto es, cosas como "el mundo entero debe unirse y derrotar al imperialismo, al revisionismo y a todos los reaccionarios…", al tiempo que les decía al presidente estadounidense y a su lugarteniente Kissinger, que ellos no podían ser derribados. "Si todos ustedes son derribados, no nos quedarían más amigos ya". Si los maoístas del patio hubiesen conocido entonces esa conversación, ocurrida en plena guerra fría, cuando los apasionamientos ideológicos estaban al rojo vivo, como el librito de Mao, se hubiesen evitado -digo yo- los múltiples dislates que signaron esa época.

En fin, creo en la intrahistoria y trato siempre de buscarla y reconocerla en el amplio anecdotario que la anima. Ese conocimiento al revés de la historia que nos relatan los especialistas y los cronistas del hecho histórico. Los textos que desmitifican la historia -sin negarla en su totalidad- son muchos, pero yo puedo recomendar estos tres: la formidable saga de Carlos Fisas "Historias de la historia", la muy bien conceptualizada de Santiago Tarín "Viaje por las mentiras de la historia universal", y el chascarrillo gozoso de Fernando Garcés Blázquez, "Historia del mundo sin los trozos aburridos".

Y ya ven, me entusiasmo con estas historias no contadas de la historia, que tanto persigo y subrayo, que casi me olvido que este sábado quiero referirles algunas de las muchas anécdotas del "boom", cuando todos aquellos desconocidos escritores -narradores de parroquia los llamó el chileno José Donoso- comenzaron a sentir que eran leídos, que sus libros -en ediciones de autor o de editoras provincianas- empezaban a ser buscados, y ellos, sus autores, a comenzar a sentir las cosquillitas de la fama nada despreciables. Las editoras más importantes no aceptaban sus manuscritos, eran desdeñados. Por ejemplo, Donoso visitaba las editoras bien establecidas en su propia parroquia, para que le publicaran su novela "Coronación" -que todos leeríamos con interés en aquellos finales de los sesenta, junto a todo lo del "boom". Sucedía lo que los escritores dominicanos han conocido -y padecido- muy bien durante décadas, con sus variantes, desde luego. Al fin, una editora, Nascimento, que era entonces la más importante de Chile, acepta publicarle "Coronación", con la siguiente condición: sólo tres mil ejemplares, de los cuales setecientos eran para que Donoso los vendiera "por su cuenta y en privado", a la vez que esos ejemplares se constituían en su derecho de autor. Donoso no aceptó, y prefirió realizar su edición de autor. ¿Y qué hizo entonces? Los amigos le ayudaron a vender los ejemplares de la novela en las calles, en las universidades, en las fiestas, en los cafés, mientras Donoso se encargaba de ofertar su obra casa por casa. Su padre, incluso, se sentaba a la entrada del club al que pertenecía "con un montón de volúmenes amarillos a su lado, vendiéndoselos a sus contertulios de la vara o de la mesa del rocambor".

Ocurrió una anécdota graciosa, aunque claro no para Donoso, pero sería él quien la referiría años más tarde. El plan mercadológico había logrado excelentes resultados porque permitió que "todo el mundo" hablase de "Coronación", y no sólo en Chile, sino que, sin saber Donoso cómo ocurrió, la novela fue apareciendo en librerías de Buenos Aires, de Managua, de Montevideo, incluso en una librería de lance de Barcelona. En una piscina de Buenos Aires, una amiga comentaba con una pintora chilena que ofrecía en venta la novela, por qué se hablaba tanto de "Coronación", cuando esa novela era muy mediocre. La pintora le dijo que el autor era su novio, y la amiga "inmediatamente, ejecutó una refrescante zambullida en la piscina". Otro señor, no importa que no consignemos el nombre, compró dos ejemplares, uno de ellos para su cuñado -de éste sí que digo el nombre, porque es una figura famosa- Joaquín Díez-Canedo. En la biblioteca de Díez-Canedo encontró un día el ejemplar Carlos Fuentes, quien no conocía aún a Donoso, pero quien mostró interés en leer la novela. No lo pudo hacer, porque Díez-Canedo (que se convertiría luego en un abanderado del "boom") le dijo que no se molestase en leer "ese mamotreto".

Así era el destino entonces, como recuerda Donoso, de los escritores parroquiales, de "los nuestros" latinoamericanos que no lograban ser editados ni leídos ni vendidos ni aceptados por críticos y lectores. Debían publicar por cuenta propia y vender con la ayuda de los amigos. Los escritores dominicanos tienen una queja común y persistente: que no encuentran editoras, que no los leen, que no hay lectores para sus libros. Debieran conocer todo lo que sufrieron los hoy laureados y multileídos integrantes del "boom": un grupo privilegiado, puesto que decenas de otros buenos narradores se quedaron en la gatera y no alcanzaron nunca puestos de honor que les eran merecidos. La rueda de la historia es la misma. En Chile, como Argentina, como Uruguay, como Colombia, existían editoras formales, de grandes tiradas y con planes mercadológicos consistentes. Y en esos espacios, a los del "boom" les dio mucho trabajo encaramarse. Donoso cuenta: "Asfixiado dentro de mi medio chileno, insatisfecho con las limitaciones que se me iban imponiendo, seis meses después de que apareció 'Coronación' decidí, sin un cobre en el bolsillo, emprender un periplo por América con el propósito de conocer lo que sucedía más allá de mi país". Vida de limitaciones y de desprecios editoriales. Esa fue la del "boom" en sus inicios. El anecdotario que nos retrata la realidad de lo que aconteció, a más de informarnos los reales pormenores de esa travesía literaria, nos permite disfrutar las entretelas de esa historia sin igual. Por eso, voy a tener que continuar el próximo sábado con un grueso de anécdotas del "boom", claves para entender sus orígenes y desarrollo. Lo intentaré de nuevo sin meterme con la guerra fría que me robó espacio esta vez, y que en buen castellano no tiene velas en esta horasanta.

 

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