RACIONES DE LETRA|02 feb 2013, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

Las batallas perdidas de la lengua

Lección pasada de moda, Javier Marías.
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Con usual frecuencia, repara uno en los continuos atropellos que ocurren en el manejo de la lengua, tanto la escrita como la oral, desde todos los ángulos posibles: el ejercicio literario, los medios de comunicación, las columnas periodísticas, las proclamas y discursos de políticos, funcionarios y personas de la vida pública, los comunicados de prensa, y ni qué decir de personas con posiciones de relevancia en distintos niveles de la vida social que encuentran cabida para sus declaraciones públicas en los diferentes espacios de la radio, la televisión y la prensa escrita.

No estamos solos en el universo de esta penosa realidad. El hecho del desmadre lingüístico, en lo que respecta a nuestra lengua, ocurre en todo el orbe hispánico, debido sobre todo a tres situaciones que creemos fundamentales: las deficiencias en la enseñanza del español en el sistema educativo, los cambios irreversibles producidos en el orden tecnológico que han traído aparejado un nuevo código comunicacional, especialmente en la parte más joven de la sociedad, y el notable desinterés de la sociedad misma, en la mayoría de sus estratos, por atender esta sensible deficiencia. En nuestros días, casi resulta una necedad el intentar corregir la pobreza expresiva, las faltas de ortografía, los vocablos mal utilizados, los calcos tan frecuentes del inglés, la utilización innecesaria de términos de lenguas extranjeras, la invención de palabras, el desprecio por un correcto uso de los términos lingüísticos, los signos de puntuación y, en fin, todos los pormenores que originan y sostienen el empobrecimiento del lenguaje que se manifiesta tan abiertamente en prácticamente todos los escenarios.

Ciertamente, el uso correcto de la lengua es tarea de cada día y de cada uno. Los que, de alguna manera, trabajamos con ella y desde ella para el ejercicio profesional, comunicacional o literario, tenemos que acudir con frecuencia al mataburros, y con toda seguridad a María Moliner, a Joan Corominas, a Manuel Seco, al panhispánico de dudas, a los libros de estilo de los diarios españoles y a todos los volúmenes de ortografía y gramática que ha publicado la RAE en los últimos años. Porque digamos esto: nunca como en nuestros tiempos la Real Academia de la Lengua, respaldada por sus pares de la América hispana, ha trabajado tanto en la actualización y difusión del español. Y aun así, muchos caemos en deslices en el manejo de la lengua. De modo pues que esta es una batalla cotidiana de todos los que tenemos al español como lengua madre.

El dilema por tanto es arduo. Se quejan con razón los especialistas de algunos aspectos de esta "actitud casi suicida de la sociedad al renunciar a un idioma mejor", como señalara alguna vez Fernando Lázaro Carreter. Entre estos aspectos figura el lenguaje sexista, el uso de las tildes, la jerga actual, los lugares comunes, la mezcla con vocablos y construcciones de lenguas extranjeras y las normas lingüísticas establecidas por el lenguaje "políticamente correcto". Reparo siempre en el lenguaje sexista que casi nos ha obligado a todos los usuarios públicos de la lengua -preciso decirlo de ese modo- a generar contenidos enrevesados en un discurso cualquiera en "la plaga ñoña", como la llama Javier Marías, de identificar los plurales en los dos géneros, que al tiempo que resulta molesto y ha llevado al ridículo a más de uno (y una), atenta contra la economía del lenguaje. (Marías cuenta el caso de un político vasco que cayó en un "femenino esquizofrénico", al decir en un discurso: "Y así nosotros, y así nosotras…"). Y es que, bajo ese concepto de género, caemos en sandeces irremediables. Marías -que es miembro de número de la RAE y escritor de fama- anota un ejemplo que nos estafa la lengua real y que nos conduce a la vaguedad y el suplicio: "Los ciudadanos españoles y las ciudadanas españolas estamos hartos y hartas de pedir a nuestros y nuestras gobernantes y gobernantas que se ocupen de los niños y las niñas inmigrados e inmigradas, que llegan recién nacidos o nacidas, famélicos y famélicas, desnudos y desnudas, sin dónde caerse muertos y muertas. Nuestros y nuestras políticos y políticas se ven incapacitados e incapacitadas para afrontar el problema, temerosos y temerosas de que los votantes y las votantas los y las castiguen: el que y la que sea partidario y partidaria de que esos niños y esas niñas sean españoles y españolas a todos los efectos, teme la reacción de los y las compatriotas y compatriotos proclives y proclivas a frenar el flujo de extranjeros y extranjeras -sean adultos o adultas, niños o niñas, recién nacidos o nacidas-, y amigos y amigas de una población compuesta por individuos e individuas autóctonos y autóctonas, homogéneos y homogéneas racialmente: los ciudadanos y las ciudadanas, en suma, que no creen que todos los hombres y mujeres son iguales o igualas". Claro, porque si violentamos el lenguaje con el uso del plural masculino y femenino, debemos hacerlo para todos los casos y no solo para usos limitados.

Y ni qué hablar de los "policías lingüísticos" que nos llevan a modificar términos de viejo uso porque supuestamente ofenden a los (y las, ¡Dios santo!) integrantes de determinados segmentos sociales: raciales o con desperfectos físicos, por ejemplo, complicando el uso del idioma. O el uso de anglicismos de modo frecuente, de manera impropia por demás, cuando no innecesaria gracias a los equivalentes que tenemos en nuestra lengua. Los calcos de la lengua inglesa, más complicados aún, puesto que debido a la influencia cibernética y del cine se han ido reproduciendo términos que no tienen la significación que se aplica en el idioma extranjero. Y se añade aquí mismo la jerga al uso y no solo la juvenil que está escandalosamente afectada por la poquedad, las abreviaciones, los vocablos inventados, sino por los que actúan en el ámbito público y utilizan hasta el hartazgo (y créanme que habiéndolas yo usado también a algunas de ellas, las repelo): implementar, maximizar, empoderar, monitorear, poblacionalmente, competencialidad, acuerdo-marco, consensuado, staff, y etc. etc.

Y si damos el salto a los lugares comunes, aquello es de "espanto y brinco" como diría un recordado cronista deportivo. Anoten estas; la pertinaz sequía, las aguas procelosas, la guerra fratricida, las novelas corales, la sociedad mestiza, la literatura urbana ("Mi novela refleja una realidad urbana…"), una obra necesaria, el sur profundo (como que nunca hay un norte o un este profundo), la observancia de los acontecimientos, el escrito de exquisita factura, el lector cómplice, el hecho histórico, "el momento histórico que estamos viviendo" y más. Y no hablemos del uso de las tildes, de la faltas ortográficas, de las malas abreviaturas.

La lengua se distorsiona. No digo, evoluciona, que es otra cosa. Se dirá que son "signos de los tiempos", que la globalización (por cierto, término medio en desuso, después de la muerte de mundialización y hasta macdonalización que imperó en los primeros días de los cambios globales irreversibles) ha impuesto. Cierto y falso a la vez. Hay imposiciones lingüísticas irremediables y otras muchas innecesarias. Y, además, el problema mayor lo encontramos en el abuso del instrumento de la lengua, producido en gran parte por el desdén por la lectura, a causa de la deficiente realidad educativa, que no es exclusiva de nuestro país porque afecta a España como cuna de la lengua, y a otras latitudes hispanas o no. El filólogo Francisco Rodríguez Adrados en su discurso de ingreso a la RAE ("Alabanza y vituperio de la lengua"), dijo lo siguiente: "Hay, en suma, un cierto desprecio por la literatura. Los políticos ya no hacen citas literarias. Ser un poeta ya no es una categoría social y pública. La literatura, que ha sido la vía de la inteligencia, de la crítica, de la enseñanza, tiende a reducirse a un grupo de gente marginal que apenas cuenta si no es para recibir de tarde en tarde un premio". Por eso, la pobreza de vocabulario y la práctica desaparición de la elegancia en el hablar y en escribir, de la que a veces se burlan muchos. En España, la crónica deportiva llama "El rapsoda" a Jorge Valdano, el famoso dirigente de fútbol que ha demostrado, con libros muy bien escritos, que no importa ser deportista o granjero o quinesiólogo para hablar o escribir correctamente. Y los cronistas deportivos locales llaman "El poeta" al lanzador aguilucho Miguel Batista porque escribe novelas. A mí mismo, cuando he leído algún discursito se me acercan algunos para felicitarme, no por el contenido, sino por "esa voz de locutor que usted tiene".

La realidad es pues, monda y lironda: "Hoy todo parece evolucionar en contra de la expresión eficaz y de lo que significa... nunca hasta ahora los fenómenos de deterioro de la lengua habían contado con el inmenso acelerador de partículas que forman los descomunales medios de comunicación y la ya gigantesca red informática... El vocabulario de las personas se reduce paulatinamente, lo que redunda en que también disminuyan sus ideas... Perdemos vocablos y conceptos como perdemos capacidad de ideación y observación...", ha escrito Alex Grijelmo. A veces uno cree que, en verdad, está perdida la batalla para salvar a nuestra lengua.

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