RACIONES DE LETRA|09 feb 2013, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

"Aniversario" de Pedro José Gris

Portada de "Aniversario" de Pedro José Gris.

En la fraseología del poema, de cualquier poema, se integran, necesariamente, tres componentes: el óptico o visual, el sensorial y el cognitivo. El poema se aprehende primero visualmente. El establecimiento poético con sus coordenadas lingüísticas y físicas, constituye el elemento primario de la relación poema-autor-lector. A este armazón visual, ha de seguirle el componente sensorial, que nos contacta con la energía que el poema impulsa, con su vitalidad interior, con la fortaleza de su construcción, de modo que el tránsito poético se realice de modo pleno, llevando antes que a otro lugar al espacio de los sentidos que es donde se propicia su trascendencia.

En tercer término, el componente cognitivo nos traslada al conocimiento con el cual el poeta levanta su territorio y nos obliga a indagar, tras los andamios de su construcción y debajo de su crecimiento sensorial, el origen y materialización de su escultura.

Se dirá que el poema no necesita del conocimiento intrínseco, íntimo, interior, para ser decantado por el lector. La apreciación podría parecer correcta si nos quedamos, como lectores, en el aspecto visual, o sea en el propiamente constructivo, que nos liga necesariamente al momento sensorial, ese espacio clave en que se va a desarrollar en nosotros el interés, el entusiasmo, incluso la algarabía si el discurso poético nos penetra y sacude interiormente. Pero, cualquier poema, incluso el más insignificante, traduce en su complejidad una provisión de conocimientos desde los cuales el rapsoda ausculta su realidad y la subleva, y con la que transgrede las normas de la comunicación para enhebrar su historia como un pensar dialéctico, o dicho con otras palabras, desde un pensamiento que dialoga con el conocimiento real, diluyendo el mismo hacia una abstracción esencial. El poema es, por tanto, visualización, sensorialidad y conocimiento. Y sobre esos tres andamios se levanta su elevación y dignidad.

No es posible sostener el poema, erguirlo sobre una plataforma de cristal, sino se encumbra su meditación: el pensamiento del poema como estimulación sensorial de un hallazgo, de una vida real, de un decantar personal, de una vibración interior nacida en el descubrimiento o redescubrimiento de una hazaña o episodio humanos. El poema se erige sobre esa construcción sentimental y allí hace su multivocidad de la cual nace su identidad. En un poema embriagante, que tal vez sea preludio del poema de largo aliento que hoy conoceremos, titulado "Voy hacia mi casa", el poeta Gris exclama, como dirigiéndose a alguien que es parte de la narración poética:

¿Qué has hecho de tus días, qué de vidas. Yo sin odios te recrimino, / te convido al asomo./ Qué de miedos si todo se ha perdido! / Yki me ha confesado haber visto / a dos amigos en horrendos escenarios virtuales / y que ellos no saben que se han muerto…/ Cuando abro la ventana de mi casa / y distingo el humo de los soles apagados en la noche / en la otra noche cotejada: temo…

Aquí la narración poética tiene un destinatario y tiene actores intermedios. Y en ese devenir hay sombras, lunas recrecidas, soles perdidos, dolores atesorados en la memoria, sueños, ángeles, muertes, tenues modos de decir la vida y de oscurecer sus signos. El poeta estremece desde la estructura física del poema que construye el andamio de su razón, y en ese ámbito exprime, solivianta, fulgura sus sentimientos, su interioridad, su pensar.

En el amplio poema -que no poemario, a mi decir- que es "Aniversario", subtitulado con lo que debió ser encabezado: "La nostalgia no tiene territorio", el poeta santiaguense transita por esta avenida sensorial, desde una inteligente perspectiva del acontecimiento que subyace -o renace- en su narración. El largo territorio de la razón memoriza un decir del conocimiento real para entregarlo a las fauces del poema, a su desgarradora visión de la vida y de la muerte. El sujeto del poema narrativo -El Romanof- es introducido por el poeta a modo de memoria que se sustrae a un suceso específico. La imagen del que fue, el "pasado determinado" arbitra la realidad que el poema narra. La "ficción de las recordaciones", la "atmósfera respirada" vivifican una memoria que en el pórtico del poema anuncia su materia.

Luego todo lo que viene es dilatación del instante, frenesí del suceso humano, sensación y arcano. Hay que introducirse en las variables que plantea el poema para entender este proceso de expurgación del conocimiento. "!Cuál de nosotros guardará lo que hemos sido hoy!", dice el poeta, enunciando los círculos en que se mueve su pasión, su cuerpo, su espacio. Un espacio que trae nombres directos: Santiago, Sosúa, Cabarete, Florencia, el cementerio de la 30 de marzo en Santiago, pero que puede ser del mismo modo, el de la materialidad misma, el que crea el ensueño y los perímetros del ser, o sea, la nada y el todo, lo finito y lo infinito. Hay destellos y hay sombras sobre esos espacios, cartografías indescifrables o presumibles, que son las que permiten al lector adentrarse en imágenes sórdidas, en las que crea y sostiene el maestro, el sujeto de la narración, el Romanof, aquel que "aniquilado por la suma de todo lo pequeño…nadó hacia adentro, pura y alta imagino la noche…hasta ahogarse".

Es el ahogo del sueño y de la realidad que crea. Romanof era un "griego que nunca habitó Grecia ni se zambulló jamás en el mar de los dioses", se "quedó varado en la isla de Santo Domingo", a quien el poeta intenta tratar con respeto en la descripción del suceso humano, de aquel espíritu socrático "oral, homoerótico, transparente", que amaba "la magnificencia del catolicismo ortodoxo, cuya fe no profesaba", y que "no rezaba en ninguna lengua, ni concebía, al final, la providencia". Era "un místico sin Dios" que ingería "peyote y mezcalina en noches marinas que no se volvieron a clarificar, aspirando marihuana, probando los hongos alucinógenos que prosperan en el estiércol de la vaca, hasta que le cogió con matarse, y cambió". Y esta muerte lo elevó más que los estupefacientes con los que bregaba, hasta alcanzar la cima del poema que lo habita y lo trasciende, desde la visión de un encuentro imposible donde la conciencia tiene roles duales dentro de "un universo despiadado, aniquilante…"

El poema asciende desde la reminiscencia de "tiempos deslumbrantes" donde hay nombres y referencias que forjan el paisaje gris, "aquel aire lácteo" que circunvalúa todo el poema, donde se describe vívidamente, sentenciosamente, con transparencia y sentido poético mayor, la "velada indefensión" del maestro que "prestaba ideología a la depresión". El poeta juega con sus argucias, vuelve a sus poemas anteriores, regresa de ellos para relatar -retozar, dijo- "con los tiempos juntos, de cristal a cristal". Neruda sentenció que no debemos volver a los lugares donde alguna vez fuimos felices. El poeta Gris lo remeda señalando "No regresaremos al lugar añorado/ aunque lo visitemos. Retirémonos al hogar de lo vivido. Sobre lo que hemos sido no hay azar".

El poeta, y el poema, entran en su fase mayor, ese estado poético en que lo narrado se vigoriza al extremo, llega a su nivel cimero cuando la narración afirma su sorpresa y cede solícita a los manes de la conciencia. La muerte y la vida, juntas, en una atmósfera que aniquila y subvierte a la razón. "Qué es acaso un recuerdo sino la imaginación de lo pasado?" El Romanof, o sea la muerte y el sujeto que la contempla y vive en ella, regresa al poeta con frecuencia. Y frente a su tumba de pobre, el poeta hará su dictamen: "¡ninguna cosa conocida es verdadera! Todo está a la espera de ser revelado/ eternamente".

Este libro es pues, lo dice el poeta sabiamente, el archivo de la reminiscencia de la vida y de la muerte. El aeda ha resucitado al Romanof, aquel griego dominicano real que se deslizó hacia la nada, donde parece que siempre estuvo sumergido. El fantasma regresa para beber el vino irrecuperable del suicida, que antes de morir dejó escrito su testamento: "Me embriagué de vino hasta perder la conciencia. Y me lancé al Mar. No culpen a nadie". La muerte disuelta en una realidad conmovida. Un convite de amor y de belleza en la dura y ajena pulcritud de los sueños poblados de la gravedad del ser y sus conjuros. "…aún los suicidas anhelan conmovidos/ suspendidos en el acto eterno de morir, los fenómenos de la tierra./ En el universo atribulado que corre hacia todas partes a la vez/ el icono formidable de lo que hemos llegado a Ser en el amor/ establecerá paradigma a los que todavía no aman".

El poeta sabe que "la nostalgia no tiene territorio" y que "nunca, al parecer, podremos juntarnos en lo vivido". La narración que construye bautiza el cautiverio del suicida y en los fastos de la muerte vivida recupera la vida y el espectro que la consume en el vacío. El poema se hace intenso, la realidad que lo anima prodiga su credencial biográfica en un espacio donde el recuerdo de la muerte "levita en recuerdos obsesivos". Dije al principio que el poema era una mezcla visual, sensorial y de conocimiento. Debería añadir ahora que es, además, virtud.

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