RACIONES DE LETRAS|23 feb 2013, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

El hijo de Joseph, el policía, y María, la cocinera

"Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos".

Joseph Ratzinger en

su presentación como

Benedicto XVI.

Más de treinta y tres años, la edad de Cristo al morir, ha sido la duración de los pontificados de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger. No se ha dicho tal vez pero creo que ambos han conformado un solo papado. El filósofo polaco y el teólogo alemán crearon y sostuvieron una nueva plataforma eclesial, con posturas doctrinales redefinidas, un pensamiento radiante -el que con más fortaleza intelectual quizá ha servido para la evaluación y práctica de la fe-, la férrea defensa de la ortodoxia católica y una línea disciplinaria que logró poner en jaque a fuertes movimientos contestatarios dentro de la Iglesia que estuvieron a punto de resquebrajar su orden milenario.

El próximo jueves 28, cuando Benedicto XVI abandone sus oficinas papales y se traslade a Castelgandolfo para esconderse del mundo hasta el fin de sus días, habrá concluido la era de dos pontífices que fueron uno solo en visión y praxis, con sus naturales variantes, de modo que será ese día cuando finalmente pase a la historia -la de la Iglesia y del mundo- la comunión direccional del trono del apóstol que muchos tal vez creyeron terminó el 2 de abril de 2005 cuando Juan Pablo II entregó su alma a Dios.

Uno y otro parecieron ser parte de una misma siembra. Un alto prelado me confirmó que cada miércoles, salvo compromisos insalvables que ambos trataban de evitar, se reunían el día entero a puertas cerradas, como si se ejercitasen en un ritual fraterno que delineaba en el mutismo y la discreción las posturas doctrinarias, desde la visión enfrentada del filósofo y del teólogo. "El fiero guardián de la ortodoxia del pontificado de Juan Pablo II", como se le ha llamado, fue parte fundamental de aquella dirección eclesial, tanto como para que algunos vaticanistas hayan afirmado que el Papa polaco no daba curso a ningún documento importante sin que antes obtuviese la aprobación de Ratzinger, el obispo de Munich que rehusó por algún tiempo trasladarse a Roma ante el insistente reclamo de Juan Pablo, quien lo obliga no sólo a instalarse en la curia romana sino a permanecer en ella cuando el teólogo, al cumplir los 75 años, le pidió su jubilación para volverse a su tierra natal donde, junto a su hermano George, sacerdote como él, había adquirido una casita para retirarse. A pesar de esta proximidad, ambos eran singularmente diferentes. Wojtila fue un gran pastor y filósofo, mientras Ratzinger, teólogo, intelectual puro, apenas ejerció su misión pastoral por escasos dos años, antes de ser trasladado a Roma. Juan Pablo fue el papa más joven del siglo XX, llegando al trono de Pedro a los cincuenta y ocho años, lo que le permitió un largo papado, mientras que Benedicto tenía setenta y ocho cuando recibe la tiara y el cayado, ejerciendo solo por poco más de siete años. Juan Pablo era de conformación atlética, mientras Benedicto siempre fue débil, confrontaba problemas coronarios y sufrió un derrame cerebral en 1991 que le afectó el campo izquierdo de su visión. Wojtila era alegre, risueño, portador de un carisma impresionante, y Benedicto, hierático, de rostro severo y poco dado a sonreír. A Wojtila lo eligieron en ocho votaciones, venciendo el bloqueo de dos conocidos cardenales; a Ratzinger lo aprueba una mayoría aplastante en cuatro votaciones, a pesar de la férrea oposición del cardenal belga Goodfried Daneels y de su contrincante perpetuo en la curia, Angelo Sodano.

Tuvieron dos coincidencias importantes. Ambos venían de hogares humildes y cristianos, y enfrentaron de diversos modos las acciones totalitarias. La de Wojtila es bien conocida porque se aireó bastante durante su pontificado. La de Ratzinger ha sido distorsionada al extremo. Su padre, comisario de policía, mostró siempre una actitud antinazista desde tiempo antes de que Hitler llegara al poder. Sus dos hijos, Joseph y George, ingresaron al seminario en 1939, pero en 1943 el Tercer Reich obligó a los jóvenes a enrolarse en el servicio militar, y es así como los hermanos Ratzinger pasan a formar parte de las Juventudes Hitlerianas, lo cual era obligatorio para los escolares. El futuro Papa sirvió como guardián de la empresa automovilística BMW y en el servicio telefónico, de modo que se mantuvo siempre al margen de la contienda. Pero, en septiembre de ese último año fue enviado a un campo de refugiados, en el que permaneció solo una semana que Ratzinger describiría como "un recuerdo oprimente, ya que nuestro superior era un nazi fanático que nos trataba con violencia". Cuando le informaron que debía alistarse para el servicio criminal en aquel campo de concentración, Ratzinger y otros compañeros suyos declararon su intención de ser sacerdotes, sufriendo en lo adelante humillaciones de todo tipo, pero evitando de este modo ser parte de esa acción criminal. Al suicidarse Hitler, desertó y regresó al hogar, con tan mala suerte que cuando las fuerzas aliadas llegaron, su casa fue tomada como cuartel general y él enviado como prisionero de guerra hasta junio de 1945 cuando fue finalmente liberado. En los meses siguientes, junto a su hermano George laboraron en la reconstrucción de su seminario y en el relanzamiento de su vocación sacerdotal. Esa es la historia. Grandes personalidades judías han defendido a Ratzinger contra la ola de injustas acusaciones que se le hicieron en algún momento por haber sido parte de las Juventudes Hitlerianas, "un tiempo negro, criminal y sin Dios", como lo calificara.

¿Cuál es otra característica que une las personalidades de Wojtila y Ratzinger? La formación intelectual. Ambos han sido pensadores de primera línea, con un conocimiento cabal no solo de la doctrina cristiana, sino de las ideas que han signado la historia de la humanidad, expuestas en una producción literaria amplísima y docta, tal vez los dos únicos pontífices que han tenido esta cualidad tan sobresaliente, una clave para entender la trascendencia de los actos de sus respectivos pontificados, sobre todo en la visión de los problemas que plantea la civilización actual a partir de la dinámica globalizadora que nacería justo en medio de los retos eclesiales planteados por Juan Pablo II, quien visionó los tiempos y se lanzó a recorrer el mundo (solo faltaron China y Rusia por recibirle) para dimensionar la fe desde niveles nunca antes recorridos ni enfrentados.

En esa tarea, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe cumplió un rol estelar. Puede decirse que fue el estratega y brazo ejecutor de la política eclesial de Juan Pablo II, y por tanto, el seguidor de esa política y su natural heredero. El viejo dicho romano que afirma que quien entra Papa al cónclave sale Cardenal, no se cumplió en Joseph Ratzinger, quien fue el encargado de la convocatoria y organización de la elección, por lo cual, a pesar de otras candidaturas, venció convincentemente pasando a ser el Papa número 265 en la historia de la Iglesia. El "martillo de herejes" llegaba al papado para recoger la antorcha de Juan Pablo II y salvar, sin dudas, las directrices fundamentales del anterior Pontífice. El hijo de Joseph, el policía alemán (alguien llamó a Benedicto XVI el "pastor alemán", por sus dotes de guardián y la fiereza de sus actos contra los cismáticos) y de la cocinera María, arribaba a la Cátedra de Pedro dispuesto a dar continuidad a la obra de su antecesor, aunque sin su carisma y fortaleza. A su llegada al solio papal venía de enfrentar las rebeldías de su viejo condiscípulo -y compañero de consultoría en Vaticano II- Hans Kung, cuya tesis teológica combatió; del arzobispo francés Marcel Lefebvre, un espíritu conservador que amenazó el ecumenismo; y del jesuita Leonardo Boff de "Iglesia, carisma y poder" cuya Teología de la Liberación hundió en el abismo sin que se produjese un cisma. Le llamaron entonces el sucesor de Torquemada. "Nada me amarga más que ser considerado un Gran Inquisidor", dijo una vez. Pero, argumentaba que la Iglesia no podía ser rebajada al nivel de un partido político "para repudiar su programa viejo y sustituirlo con uno nuevo".

El "pastor alemán" concluye su ciclo. Hombre de origen pobre vivió muy modestamente durante su estancia vaticana previa al papado. Ocupó un pequeño apartamento donde convivía con sus gatos y su piano (dicen que tocaba a Mozart muy bien), sin tomar nunca vino y solo jugo de frutas. De esa misma forma vivirá hasta la muerte, en la celda austera de un monasterio dentro de los muros de la ciudad desde donde ayudó a gobernar a su predecesor, y gobernara él por cuenta propia por menos de un decenio. Enfrentado por católicos progresistas y aturdido por los escándalos heredados o surgidos en estos últimos treinta y cuatro años, hace mutis por el foro, convencido tal vez de que tal como afirmara al inicio de su corto pontificado, la Iglesia estaba llena de "porquería y arrogancia". No es el juicio de un teólogo de la liberación, de un radical o de uno de los múltiples adversarios de la Iglesia, sino del sacerdote de 62 años de ejercicio, del pastor de veinticinco años de cardenalato, del prefecto de la fe, del asesor teológico de Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI. No será como su antecesor un "santo súbito". Pero, tengo la certeza de que tiene las condiciones.

El "pastor alemán" concluye su ciclo.

Hombre de origen pobre vivió muy modestamente durante su estancia vaticana previa al papado. Ocupó un pequeño apartamento donde convivía con sus gatos y su piano (dicen que tocaba a Mozart muy bien), sin tomar nunca vino y solo jugo de frutas. De esa misma forma vivirá hasta la muerte, en la celda austera de un monasterio dentro de los muros de la ciudad desde donde ayudó a gobernar a su predecesor, y gobernara él por cuenta propia por menos de un decenio.

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