RACIONES DE LETRAS|16 mar 2013, 12:00 AM|POR Josè Rafael Lantigua

El Papa Francisco y la Sala de las Lágrimas

La Sala de las Lágrimas está situada a la izquierda del altar mayor de la Capilla Sixtina.

Visité Roma por primera vez en 1980. Hacía dos años apenas que había iniciado el pontificado de Juan Pablo II. El año anterior, 1979, tendría lugar el primer viaje de su largo pontificado, teniendo como destino a Santo Domingo, un acontecimiento histórico que los católicos mexicanos, aleccionados por el estricto protocolo vaticano, han querido siempre soslayar. El primer viaje oficial y pastoral de Wojtila se hacía a México donde permanecería varios días, y la nuestra era simplemente una escala, pero varios hechos permiten confirmar que la visita a la capital dominicana del entonces nuevo Papa debe inscribirse, con toda certeza, como la primera de su amplio periplo pastoral por el mundo durante veinticuatro años.

Los hechos son simples: fue recibido con todos los honores por el presidente Antonio Guzmán y su gabinete (primer Jefe de Estado que lo recibió); fue la primera vez que besó la tierra que visitaba, acto que veríamos repetirse en los años siguientes; oró al poco tiempo de su arribo en el altar de la Catedral Primada (la primera del Nuevo Mundo que conoció), lugar este donde presidió la eucaristía temprano en la mañana del día siguiente para sacerdotes, monjas, seminaristas y personas consagradas; ofició una misa en la Plaza de la Bandera antes miles de personas (la primera misa multitudinaria de las cientos que presidiría en los años siguientes en todo el mundo); utilizó el papa-móvil fuera de Roma (también por primera vez); y se internó en un barrio pobre, cuando visitó el hospital materno-infantil de Los Mina (con toda seguridad, la primera vez que hizo ambas cosas, que luego constituirían norma en sus viajes). Esa histórica visita a la tierra donde se impartieron las primeras catequesis, se ofició la primera misa y la que ostenta el blasón de Ciudad Primada de América, fue por tanto la primera por donde comenzó a conocerse la dinámica pastoral del Papa polaco y se inscribirían los prolegómenos de su carrera en defensa de la fe y de la proclamación de un nuevo estilo en el gobierno eclesial. Dos visitas adicionales atestiguarían la especial atención que Juan Pablo II otorgó a nuestro país durante su pontificado. Una de ellas para iniciar el novenario de años previo a la conmemoración del inicio de la evangelización americana, entregando réplicas a los representantes seglares presentes entonces en el Estado Olímpico, de aquella cruz de palo horizontal más elevado que lo conocido hasta entonces, cuya edición original, que fue la que llevaría durante la ceremonia el Santo Padre, figura desde hace años en el lateral izquierdo, desde la puerta principal, de la Basílica de San Pedro con la inscripción correspondiente de su origen, hecho que nunca se ha destacado aquí, que recordemos, y que resalta de modo especial la presencia dominicana en el centro del gobierno de la cristiandad católica.

Aquí no pude ver al Papa en 1979, más que de lejos en la avenida Luperón, pero sí pude verle de cerca en la Plaza de San Pedro, en la audiencia de los miércoles de verano un año después, mientras pasaba por donde me encontraba en su papa-móvil. Volví a Roma en otras dos ocasiones, una de ellas en el año 2000 con mi esposa y mis hijos, y en todos los casos recorrí sus instalaciones, aquellas que se permiten a cualquier turista. Siempre, sin embargo, albergué la inquietud de poder conocer otros espacios limitados a los integrantes de la curia para acercarme más a episodios de la cultura católica, pero también de la cultura, las artes y la historia universal, al margen de recorridos turísticos casi siempre muy veloces y restringidos. La oportunidad me llegaría diez años más tarde.

Por años tuve la intención de dedicar una de las ediciones de nuestra feria internacional del libro al Vaticano, pero prelados, sacerdotes y laicos de reconocido servicio a la Iglesia me hacían desistir del propósito. Casi siempre se argumentaba que el Vaticano no participaba de este tipo de eventos porque no entraba dentro de sus intereses pastorales. Descubrí que la mayoría de los que me desalentaban ignoraban la trascendente unidad de la Iglesia con los valores del libro y su difusión, la existencia de auténticos hombres de cultura en toda su andadura histórica y los incalculables valores encerrados en sus bibliotecas, archivos y museos. Dos personas abrirían las puertas de este propósito: el Cardenal López Rodríguez y el embajador Víctor Grimaldi, que no solo fueron aprobadores entusiastas de la idea que ellos desconocían que era preocupación nuestra desde hacía años, sino que se convirtieron en auténticos activistas en los estamentos de la Curia Romana que podían convencer al Sumo Pontífice de dar su visto bueno al proyecto. No vamos a detallar ahora todos los pormenores de este trayecto, no exento de imposibilidades, pues aparte de las consabidas por nuestro propio conocimiento sabíamos de antemano que el Vaticano había descartado ser invitado de honor de ferias del libro de mayor prestigio y volumen que la nuestra.

Dos viajes a Roma pues, para convencer del propósito al Cardenal Gianfranco Ravasi, el Ministro de Cultura del Papa, que simpatizó de inmediato con la idea. En la primera ocasión pude penetrar a locaciones vaticanas restringidas al turista, sobre todo cuando Ravasi -hombre de enorme saber y de cultura ecuménica- me envió a la prefectura del más alto nivel que debía recoger la invitación y sus pormenores para transmitir al Papa la solicitud. En la segunda ocasión, una vez firmado el convenio aprobatorio y realizada la rueda de prensa en el Vaticano que el Observatorio Romano destacó al día siguiente en primera plana, quisieron agasajarme con una visita especial a los museos vaticanos, a la biblioteca y a los archivos vaticanos, a más de las estancias y espacios interiores por donde no pasa nunca un turista. Había llegado la oportunidad que añoré justo treinta años atrás.

Un sitio singular me estaba reservado, uno que desconocía su existencia y del que no tenía noticias. Me advirtieron que era una concesión especial, porque allí no entraban nunca ni los mismos cardenales, menos obispos y sacerdotes que con los años pudiesen ser, aunque fuese teóricamente, papables. Strictu sensu, es una locación totalmente restringida. Se trata de una pequeña habitación o sacristía situada a la izquierda del altar mayor de la Capilla Sixtina, conocida como la Sala de las Lágrimas. Allí entra el pontífice recién escogido en el cónclave cardenalicio, para quedarse a solas por un rato y evaluar la enorme responsabilidad que asume al frente de una institución cuya misión es propagar la fe de Jesucristo, pero que a través de los siglos ha debido enfrentar los rigores múltiples de las debilidades humanas.

No tiene ningún atractivo. Es un espacio estrecho, con rastros de pinturas antiguas, de piso que me pareció rústico, donde solo existe una mesa con su silla, un sillón rojo, una imagen de la Virgen, un crucifijo, varias vitrinas con la vestimenta utilizada por papas anteriores, algunas ya afectadas por los años, y donde se coloca el ajuar papal, en tres medidas, para que se las pruebe y determine la de su uso el Papa recién elegido. Sala de las Lágrimas porque es allí donde el seleccionado para la Cátedra de Pedro da rienda suelta, como humano, por más que la selección la inspire el Espíritu Santo, a la emoción de aquel supremo momento. Solo, sin ninguna otra compañía, el nuevo Papa permanece allí el tiempo que crea prudente para orar, revestirse e intentar algún tipo de comunicación con el Señor cuya representación terrenal ostentará temporalmente. El propio elegido no había penetrado antes a ese lugar. Y los cardenales morirán sin conocerlo. Húmeda, pintada de blanco, a la que se arriba por un estrecho y corto pasillo, la Sala de las Lágrimas conecta al nuevo Pontífice con la realidad que deberá enfrentar en lo adelante. De ámbito pobre, en medio de la majestuosa estructura de San Pedro, aquel espacio impresiona y conmueve, sobre todo cuando el visitante es un simple mortal que en menos tal vez de media hora percibe que por allí ha pasado, en su primer tramo, la ancha y grande historia de la Iglesia desde que los cónclaves se establecieron formalmente en la Capilla Sixtina, bajo los frescos de Miguel Angel y la "teología del cuerpo humano" -como la definiera Juan Pablo II- que allí se exhibe.

Esta tarde del miércoles 13 de marzo en que escribo estas líneas, y observo en el monitor televisivo el proceso de la fumata blanca, el "habemus papam" del protodiácono francés y la presencia por vez primera de Jorge Mario Bergoglio en la logia de los anuncios papales, he pensado en la Sala de las Lágrimas y la presencia en ella del Papa Francisco, este jesuita argentino que entra a la historia del mundo calzando las sandalias del pescador en un momento difícil de la historia de la Iglesia.

Siempre albergué la inquietud de poder conocer otros espacios limitados a los integrantes de la curia para acercarme más a episodios de la cultura católica, pero también de la cultura, las artes y la historia universal, al margen de recorridos turísticos casi siempre muy veloces y restringidos.

La oportunidad me llegaría diez años más tarde.

Un sitio singular me estaba reservado, uno que desconocía su existencia y del que no tenía noticias. 

Se trata de una pequeña habitación o sacristía situada a la izquierda del altar mayor de  la Capilla Sixtina, conocida como la Sala de las Lágrimas. 

Allí entra el pontífice recién escogido en el cónclave cardenalicio, para quedarse a solas por un rato y evaluar la enorme responsabilidad que asume al frente de una institución cuya misión es propagar la fe de Jesucristo, pero que a través de los siglos ha debido enfrentar los rigores múltiples de las debilidades humanas.

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