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Adrián Javier: el poeta es siempre un sublevado

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Adrián Javier: el poeta es siempre un sublevado

En los últimos meses, Adrián Javier estaba trabajando en un volumen de entrevistas a escritores. Me pidió que fuera parte del grupo escogido. Encontré un recado suyo por teléfono el viernes y el sábado bien temprano me llegó el mensaje de un escritor amigo informándome del deceso súbito del poeta. El proyecto quedó trunco, pero su obra, que creció con solidez durante veinticinco años de ejercicio poético, completa con su muerte un ciclo de incesante y admirable presencia en el escenario literario nacional.

Adrián Javier tenía apenas veintiún años cuando saltó a la palestra poética con su primer libro El oscuro rito de la luz, que ganó en 1988 el premio de poesía Casa de Teatro, con un jurado presidido por don Pedro Mir. Llegó a la vendimia poética con un lauro y, desde entonces, no dejó de acumular premios y reconocimientos a una vida dedicada por entero a la poesía. Fue parte del ala ochentista que no provino del taller César Vallejo y aunque se movió, sin dudas, por los aleros de ese importante grupo generacional, mantuvo cierta independencia que lo llevó a realizar un tránsito muy personal, cargado de signos que surcaron influencias diferentes a las de sus colegas.

Tuvo militancia política juvenil y su primer texto poético, que nunca conocimos, fue publicado en hoja mimeografiada bajo el título Fracción vital-Monumento a Flavio Suero, escrito cuando tenía quince años de edad. Cinco años después daría el salto aludido con el premio a su primer libro y la andanza se convirtió en una armadura contra los apremios de la cotidianidad, el debate incesante de la literariedad, el discurrir sinuoso de las opacidades vitales y el enfrentamiento a muerte contra los resbalones de la salud que acabó deteriorando, temprano aún, su edad, su casaca corporal, pero no su espíritu creativo y su libertad de vivir.

¿Cómo se formó este poeta en el que encontramos, desde aquel primer libro, luces tan propias, temas tan suyos, preocupaciones tan personales, expuestas con un dominio sensible del decir poético? Reparo en el instinto poético con el que muchas veces creo, casi confirmo, que se nace. ¿Cuáles lecturas tuvo Domingo Moreno Jimenes para poetizar a la vera de un río, en la soledad de una pradera de Sabaneta, en medio de los circunloquios de la pobreza, ambulando por la geografía nacional en busca del condumio para sus hijos? Instinto, aprovisionamiento de coordenadas vitales, observación meticulosa de la aventura humana, aprendizaje por cuenta propia de los conflictos que merodean siempre sobre la psiquis, y reunión de las cuitas, saberes, premoniciones, desgastes, vitalidades, acosos, furias, sombras, misterios y osadías del delirio que acompaña toda práctica poética.

Un repaso a toda su obra nos permitirá convencernos de la calidad indiscutible de la impronta javeriana que se trazó un camino donde tuvieron cabida todos los desasosiegos de la vida y todos los espasmos de la creación poética. Un poema sacudidor y hermoso de su libro Bolero del esquizo (1994) abre una ventana, sobre los agujeros del ancestro paterno, sobre ese trajinar de "su piel dolida de canela y aguaceros". Dirá aquí: "…yo no tengo/ sombra ni navío ni suspiro ni flor pendida en la pestaña/ yo no tengo brisa ni memoria de los tonos ni lobitos/ parlanchines ni estrategias ni testamento de colores/ ni sabores yo sólo tengo pájaros pobres papá/ para domar tu ausencia…"

En la solapa de uno de sus libros escribió: "La poesía es mi máscara de fabular, tachonada de luna y pudor de estrella. Tras ella voy, desnudo de mar, con una lengua hecha de fresa y restos de violoncello, parecida al enano y travieso fantasma, que duerme satisfecho en la entrepierna de la rosa". Y continuó ofreciendo su explicación sobre lo que es, ahora, su mejor testamento poético: "La poesía es el sujeto que revelo cobarde ante lo blanco…La poesía es trazo y es estela…La poesía es dueña de todas las preguntas y esclava -¿anónima?- de la fe del poeta que la justifica como médium. El arca encendida del poema es la palabra…Un ser sin poesía es un cántaro sin luz. Un vacío violento, sin la clarinata evocadora de un espejo delator. La poesía es la fantasía de la página, así como la pasión embemolada del trino. El vuelo rasante de la magia. El eternizaje clandestino y vapuleado de la mujer. La corporeidad y expresión magnífica de la espuma. La colorida y humana combustión del caos: como religión, ruta, rumbo, meta o gemido. Ella y su médium, necesitan de ti y de la noche para la refriega". Nadie ha escrito jamás en nuestra literatura un texto tan fértil sobre la trascendencia de la poesía y su definición en el ser que la produce y subleva.

Jugó con la palabra y la domó en la fiera batalla con sus signos. Miró hacia lados diversos. Se internó en Manhattan, tocó cuerpos lascivos, merodeó en huecos escabrosos, creó el idioma de las furias, construyó la erótica de lo invisible, escribió en femenino, compuso el bolero del esquizo, y en cada movimiento de sus trillos, en cada polución de sus imágenes, en cada abrevadero de sus turbaciones, sostuvo una cadencia, un ritmo, un sensato espacio donde la música fue una desnudez vindicante y las fugas de su duelo humano un azar inaudito, quiero decir, una razón al vuelo para su constante encuentro consigo mismo.

Seguí su carrera, libro por libro, desde que en 1989 apareciese El oscuro rito de la luz y yo hiciese el primer comentario crítico de ese ciclo que ahora llega a su fin. Entonces escribí lo siguiente:

"Con esa argumentación filosófica tan aguda que caracteriza a su obra, Chesterton plantea a través de dos personajes clave de su novela El Hombre que era Jueves, la naturaleza y objetivos de la acción poética. Frente a la postura singularmente lírica de Syme al esbozar una teoría literaria que establece que el poeta, para calificar como tal, debe estar dentro de la ley, el orden y la respetabilidad, el anarquista Gregory, con "oratoria bien humorada" lo rebate afirmando que "el poeta se deleita en el desorden" y que el hacedor de poesía" estará descontento incluso en las calles del cielo" porque "el poeta es siempre un sublevado".

"Adrián Javier es un poeta joven que se abre paso agrietando una realidad poética establecida, como un acto de sublevación que intenta enaltecer los valores, la eficacia y la trascendencia del signo como material básico de valoración del quehacer. Su actitud es oblicua, porque su poesía transita hacia un cosmos de caos, matizada por efluvios sensoriales que se imbrican con sinrazones filosóficas, a veces quizá premeditadamente intolerables como si conformasen en su conjunto toda una logística del poder de los símbolos ("…todo dirá que has muerto / porque todo indetenible se dirige / a la desaparición").

"El poeta se sumerge en su realidad individual con elementos de agudos contrastes, ya prefijados en otras experiencias: la ciudad, la nada, el ser, la oquedad. En ese orden, parece a veces la poesía de Javier una construcción sobre eslabones sueltos, frías listas de adjetivos opacos, vocablos reusados, mixturas indescifrables y figuras maltrechas. El poema es, entonces, una frase que se encrepa, se subleva, se arremolina y tuerce, para volar sobre la página y volver de nuevo a descender sobre nuevas metáforas, y así sucesivamente sucediendo.

"¿Pero, son estos eslabones -una frase hecha sobre otra frase por hacerse, un verso acabado sobre otro verso por acabarse- una técnica válida de creación? Puede serlo. El poeta ambula inquieto y descontento sobre el texto apremiado en su razón. Deja sobre la página sudores y querencias. Tropieza con la filosofía y sus riesgos. Intenta hacer cumplir un cometido a las voces vulgares. La ceremonia del acto creador domina espacio y tiempo. El control se deshace atacado por la creación súbita. El discurso se acoge a la densidad del objetivo poético. Y, en definitiva, el desborde rítmico inocula su espíritu a esos símbolos que actúan sensorialmente para hacer del poema un eje de trasluz sobre el acopio de los sueños.

"La luz es profética", nos dice María Zambrano. Y añade: "La luz sabe de lo que pasa entre los hombres y más todavía de lo que va a pasar". La luz, cuyo rito oscuro dibuja Adrián Javier, tiene su cuerpo, su carnalidad. Es una luz con su propia vibración, con su propia angustia de ser, con su propio peso de no-ser, o su dilema sensorial de ser sólo eso: luz. En la oscuridad o en el silencio, en el dolor enunciado o en los escarceos de la nada, en el espejo o en la visión, en la interioridad de las palabras o en los prodigios del sueño: ("¿quién hace la apuesta sobre este ojo que se inclina / y bebe en bragada redención?"). A través de ese conjuro, la vendimia de Adrián Javier puede afirmarse en la luminosidad y en la trascendencia. Eso esperamos". Y así creemos que fue.

Visite la página web:

www. jrlantigua.com

"… ya es tiempo de migrar/ a lo ido/

…migrar es dejarse uno en el presente"

("El bosque anclado", AJ)

El poeta ambula inquieto y descontento sobre el texto apremiado en su razón.

Deja sobre la página sudores y querencias.

Tropieza con la filosofía y sus riesgos.

Intenta hacer cumplir un cometido a las voces vulgares. La ceremonia del acto creador domina espacio y tiempo. El control se deshace atacado por la creación súbita.

El discurso se acoge a la densidad del objetivo poético. Y, en definitiva, el desborde rítmico inocula su espíritu a esos símbolos que actúan sensorialmente para hacer del poema un eje de trasluz sobre el acopio de los sueños.