RACIONES DE LETRAS|11 may 2013, 12:00 AM|POR José Rafael Lantigua

Neruda desenterrado

Pablo Neruda

Hará cuarenta años en septiembre próximo que Pablo Neruda dejó de existir, en medio de las brumas acosantes de la gendarmería pinochetista que no solo entró a sangre y fuego en La Moneda sino que violentó toda la historia de Chile para inscribirla, con rostro adusto y ejercicio férreo, entre las naciones donde el honor y la libertad partieron de vacaciones. Chile, que había sido por décadas un ejemplo de civismo continental.

El poeta estaba en su casa de Isla Negra, apenas se había levantado de la cama cuando llegaron por la radio las primeras noticias aquel fatídico 11 de septiembre de 1973. La Moneda estaba siendo bombardeada y Salvador Allende pronunciaba su discurso de despedida. Ni Pablo, ni Matilde su mujer que le acompañaba, podían creer lo que sucedía. "Esto es el final" exclamó Pablo, mientras Matilde se negaba a aceptar la realidad: "Es un tancazo más, el pueblo no lo permitirá". Para contraponerse a la situación, ordena el desayuno, pero Pablo enmudece, mueve nervioso el dial de la radio, escucha las emisiones del extranjero y por una emisora argentina termina enterándose de la muerte del Presidente Allende. "En su actitud, en sus ojos, hay un brillo vacío, inconscientemente desesperado", recuerda Matilde. Solos, en su estancia frente al mar, ambos se enteran de los primeros bandos: nadie puede salir de sus casas, el que desobedezca la orden morirá. Y Pablo, "con esa intuición profética que comprobé tantas veces -dice Matilde- tenía razón. Esto era el fin".

Pablo comienza a recibir llamadas de Alemania, España, Francia. Todos quieren saber del estado del poeta que hace apenas dos años ha recibido en Estocolmo el máximo galardón de las letras universales. Los rumores corren: Pablo ha muerto. La esposa lo niega, Pablo está vivo. Pero, en verdad, ella comenzaba a dudarlo, sentía que el poeta estaba muerto, "quebrado por dentro; esa fuerza inmensa de lucha que lo sostuvo siempre, ya no la tenía". Con vocación política y poética había caminado toda la geografía chilena dejando oír su voz a favor de la justicia y contra la desigualdad y la pobreza.

Solos, Matilde y Pablo, "sintiendo toda la amargura del mundo", se enteraban de la destrucción y el odio, los ciudadanos tirados boca abajo en las calles mientras decenas de fusiles les apuntaban, las ambulancias cargando muertos y heridos, y dolorosamente observaban en la televisión cómo tras el asalto a la Casa de los Presidentes el populacho hurtaba los enseres de la mansión. Todavía no había comenzado, empero, el calvario mayor, porque la pareja no se había enterado que a esa hora sus casas de Santiago, La Chascona, y la de Valparaíso, eran igualmente saqueadas, destruidas, incendiadas.

Pablo inicia un proceso febril. A duras penas, Matilde logra comunicarse con el médico del poeta en Santiago, quien receta inyecciones. En peligro de muerte, ante la orden de reclusión de todo Chile, sin garantías de la policía de la comarca, ella adquiere las inyecciones ordenadas por el facultativo y localiza a la enfermera del poeta quien, con riesgo de su vida, llega a la Isla para atenderlo.

Al día siguiente, mientras la vorágine sigue, Pablo mejora solo para dictar a Matilde el último capítulo de sus memorias. Lo titula "Allende" y está en la sección final que ha nombrado "Patria dulce y dura". Lo inicia diciendo: "Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende". Y luego de repasar brevemente la furia cernida sobre el gobierno del Presidente extinto -el ánimo en el suelo, las fuerzas debilitadas y la fiebre aumentando- Neruda concluye las últimas letras que escribe, dictando a Matilde: "Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile".

Apenas había concluido el dictado de aquel párrafo final de sus memorias que luego se haría célebre por todo el orbe, cuando el chofer del poeta entró asustado a la vivienda para comunicar que estaban llegando tres grandes carros llenos de militares para allanar la casa levantada con tanto esfuerzo y dedicación en los detalles por el poeta. "¿Qué pensaban encontrar en nuestra casa fuera de la poesía, que es un arma poderosa, aunque ellos no parecían saberlo?", se pregunta Matilde.

Las noticias siguen llegando con su carga oscura: los fusilamientos, los amigos presos, escondidos o muertos. Pablo sigue en estado febril. El médico ordena su traslado a Santiago, a la clínica Santa María. "Pablo está triste, hay en él una mirada lejana que no acierto a explicarme", recuerda Matilde. Su perrita, La Panda, se acurruca a su lado y nadie logra sacarla de la habitación. Gime dolorosamente, aúlla de tristeza. Presiente. En el trayecto a Santiago, los carabineros intentan revisar la ambulancia. Pretenden ignorar la grandeza del hombre que lleva aquel vehículo, ahora reducido, triste. Salen lágrimas de los ojos del poeta. El gobierno de México insiste que hay que sacar a Pablo de Chile y ofrece un avión para trasladarlo de inmediato. Al principio Pablo se niega, luego accede, finalmente cuando se entera de la forma en que han asesinado a Víctor Jara, destrozadas sus manos, dice que no dejará nunca Chile. Y cumple. "Es como matar a un ruiseñor", dice Pablo. Para sorpresa de Matilde, en su lecho el poeta hace un repaso de su vida, dice palabras hermosas a su mujer, y ella se impresiona porque es la primera vez que escucha a Pablo con ese lenguaje. "¡Qué horribles son las dictaduras, las persecuciones!", afirma llorando.

La fiebre se acentúa. Pablo está muy inquieto y Matilde está sola con él. Los amigos se han ido temprano de la clínica, a causa del toque de queda. El poeta se rasga el pijama con las dos manos y grita: "¡Los están fusilando, los están fusilando!". Alucinaciones terminales en trance de visión real. Matilde, desesperada, busca que atiendan a Pablo. Pablo está fuera de sí. Una enfermera, indiferente al dolor y a la majestad del poeta de Chile, llega y señala que hay que ponerle una inyección para dormir. Lo hace y se va de inmediato. Pablo no despertaría jamás. Mientras, su chofer no regresaría. El día anterior había ido a guardar el coche y los militares lo apresaron, lo llevaron al Estadio Nacional y lo torturaron. En la tarde del 23 de septiembre, doce días después del tancazo brutal y definitivo, Pablo siguió sin despertar. Tenía cáncer de próstata, pero no estaba para morirse. Su médico incluso había afirmado que el tratamiento estaba siendo muy eficaz. Tres mujeres: Matilde, Laura, la hermana de Pablo y Teresa Hamel, una amiga solidaria, acompañaban al Pablo durmiente. De pronto, observaron que se agitaba su cara y su cabeza, que un temblor recorría su cuerpo. Pocos segundos. Cuando se acercaron, ya Pablo había muerto. No recobró jamás el conocimiento.

La historia que siguió a este suceso, es conocida. El cambio operado en el personal que había puesto muy poco interés en aquel paciente ilustre, atendido en un pasillo oscuro y helado; el traslado de su cadáver a La Chascona destruida; el apoyo de los vecinos; las penurias de una mujer sola que hubo de buscar refugio en la casa de una vecina humilde; el desfile al camposanto en medio de milicias nerviosas; la tumba pobre; y mucho tiempo después, su traslado a Isla Negra, a la vera del mar, cerca de sus caracolas y restos de buques antiguos, de proas y flores. Cuarenta años después, Neruda ha sido desenterrado. Desde el 2004, de manera pública, aquel joven chofer de Neruda, Manuel Araya, entonces de 25 años de edad -hoy con 65- sostiene que Neruda fue asesinado y que por eso el gobierno mexicano insistía en su traslado a la capital azteca. Los restos del poeta están siendo examinados. Un juez, Mario Carroza, ha ordenado investigar al último médico que atendió a Neruda -¿el que tal vez le recetó la inyección fatal?- que las enfermeras solo nombran como Price, pero que algunos estiman que su nombre real es Michael Townley, quien trabajaba al servicio de la DINA, la temible agencia del fascismo pinochetista, y quien reside actualmente en Estados Unidos como testigo protegido, acusado de dirigir el asesinato del ex canciller Orlando Letelier.

La tragedia nerudiana todavía aturde y desequilibra la conciencia. Hace catorce años yo fui a conocer su tumba en Isla Negra y recorrí, palmo a palmo, La Chascona. Pensaba entonces, aún lo creo, que murió de asfixia moral. Y que a pesar de esos pesares, su poesía, -regional, dolorosa y lluviosa, como él la definía- no había cantado en vano. La frase de Rimbaud que él hizo suya, sigue resonando a cuatro décadas de distancia: "solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres".

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