Pasado y Presente|22 dic 2012, 12:00 AM|POR Juan Daniel Balcácer

El muerto de la bandera a media asta

Es preciso, ab initio, advertir al lector que debido a la circunstancia de que al historiador no le es dable fabular ni construir mundos ficticios, a diferencia del escritor de cuentos o de novelas, a continuación relataré un curioso episodio que aconteció en nuestro país en los días finales de un mes primaveral en aquel año inolvidable que marcó para siempre a casi toda mi generación. Por aquel entonces quien escribe apenas era un mozalbete, pero gracias a que pude intercambiar opiniones con algunos familiares y consultar diversas fuentes documentales, me fue posible reconstruir parte del relato que ahora comparto con el lector.

Para la gran mayoría de los dominicanos, ese miércoles se perfilaba como un día común y corriente. Desde la noche anterior, sin embargo, una serie concatenada de hechos con uno que otro giro imprevisto -como sucede en todo acontecimiento histórico-, iba a desencadenar en una insospechada atmósfera de tensión e incertidumbre para la nación. En la ciudad capital, que a la sazón se llamaba Ciudad Trujillo, la mayoría de la población laboral asistió a sus centros de trabajo, al tiempo que los planteles escolares, públicos y privados, iniciaron su jornada escolar a la hora acostumbrada. Poco antes del medio día, por lo menos en algunos centros privados de la capital, la docencia fue sorpresivamente suspendida, la vespertina inclusive (pues en esa época había que asistir a dos tandas cada día), sin que ninguna explicación fuera ofrecida a los estudiantes acerca de las razones que habían motivado esa decisión.

En mi caso particular, cuando llegué a casa con la esperanza de que durante la tarde me dedicaría a practicar algún deporte, a visitar algún amigo o, incluso, a "hacerle esquinas a la Dulcinea de mis sueños", me recibió mi abuela con rostro de contrariedad poco disimulada, cosa que me hizo suponer que tal vez se habría enterado de una que otra travesura de las que solíamos hacer los muchachos en el Colegio. De inmediato, la abuela me puso al tanto de ciertas restricciones que debía observar: me estaba completamente vedado todo permiso para salir de la casa, además de que debía aprovechar la tarde para hacer las tareas escolares pendientes. Esas interdicciones, que juzgué draconianas, me hicieron sospechar que acaso sin percatarme había cometido algo indebido, pero como en mi subconsciente no albergaba sentimiento de culpa alguna debido a que para esos días mi comportamiento en el Colegio casi semejaba la conducta de un santo, descarté que se tratara de un castigo.

A pesar de esa especie de "toque de queda" vespertino al que fui confinado, desde mi habitación pude presenciar inusuales visitas de parientes adultos y hasta escuchar conversaciones cuya temática en gran parte resultaba ininteligible para mí. Los tíos y amigos de la familia, reunidos en la sala, debatían diversos tópicos relacionados con la situación política del país y de la región. Recuerdo que con cierta frecuencia mencionaban a un tal ESTEBAN, al tiempo que todos insistían en que ese día lo más aconsejable era permanecer en las casas, atentos a cualquier novedad.

Había rumores preocupantes en la calle. Se comentaba que hacia la media noche anterior en ciertas zonas de la ciudad, especialmente en Gascue y zonas aledañas a la mansión de ESTEBAN, se habían producido inusuales movimientos de tropas militares y de los carros "cepillos" que conducían los tenebrosos agentes del SIM. Durante la madrugada se produjeron numerosas detenciones y allanamientos a casas de personas sindicadas como desafectas al régimen. Por conducto de no se sabe quién, se habían enterado de que alrededor de las 4 de la mañana, tropas de la Fuerza Aérea, que entonces llamaban La Aviación, acompañadas de algunos caliés, penetraron al recinto del Colegio Santo Domingo y arrestaron a monseñor Tomás Francisco O´Reilly, quien se "salvó en tablitas" gracias a la firme intervención y resistencia de las monjas que, con el revuelo que se armó, impidieron que la violenta intrusión de los militares degenerara en hechos más lamentables; pues según se supo luego los militares agredieron a varios curas a patadas y trompadas, al tiempo que las alumnas internas gritaban despavoridas. La situación alcanzó su punto más álgido cuando se produjeron varios disparos al piso, matando a uno de los perros guardianes que tenían las monjas. Monseñor O´Reilly fue arrestado y conducido al Palacio Nacional.

En esos sectores, se afirmó, muy poca gente pudo conciliar el sueño. Ciertamente, por lo menos en la capital, desde el alba, se había desatado una ola de represión inesperada (luego trascendió que en diversas ciudades del interior se llevaron a cabo similares operativos miliares). Parecía que las autoridades actuaban precipitadamente, como si obraran impulsadas por la improvisación. Hubo quienes consideraron que ese accionar respondía a la presión internacional, sobre todo porque el bloqueo económico impuesto al país por las sanciones de la OEA era cada vez más riguroso y la situación social había devenido mucho más alarmante . Esa delicada coyuntura, se decía, no se resistiría por mucho tiempo porque había demasiada escasez de productos importantes; había muchos jóvenes presos y muchos desaparecidos; y el pueblo había sido sobremanera tolerante con el gobierno. Por tanto, los servicios de inteligencia tenían fundamentadas sospechas en el sentido de que la resistencia (a despecho de la gran redada de enero de 1960), se lanzaría a las calles a protestar con el aval de una organización internacional de renombre, la OEA tal vez, y había que evitar a toda costa que tal posibilidad se materializara.

En este punto conviene aclarar que los sucesos descritos precedentemente no eran del conocimiento público toda vez que los medios de comunicación eran escasos y se encontraban bajo el control absoluto del régimen dictatorial. Algunas personas residentes en el entorno en que ocurrieron los hechos eran conscientes de la situación y así los transmitieron a través de llamadas telefónicas a diferentes contactos quienes, a su vez, lograron que un reducido segmento de la clase media se enterara de cuanto estaba sucediendo en la capital dominicana. En el seno de esos sectores de clase media se sabía que había sucedido algo bastante grave, que nada halagador presagiaba; pero el desconocimiento de las verdaderas causas de los desplazamientos de contingentes de soldados, de los caliés amedrentando a la ciudadanía, de vehículos circulando por las calles a alta velocidad, llegando a Palacio, saliendo de Palacio, de inesperadas visitas de jerarcas militares al hospital militar Dr. Marión y también a las diferentes fortalezas que había en la ciudad, contribuía a agudizar la incertidumbre y el misterio que rodeaban el proceder de las autoridades.

Otro ingrediente que contribuyó a generar mayor incertidumbre fue el hecho de que al despuntar la mañana quienes residían en la zona colonial o se desplazaban por la calle Las Damas pudieron notar que en la Fortaleza Ozama la bandera nacional ondeaba a media asta; cosa que también se observó en otras instituciones públicas tanto en la capital como en el interior del país. Eso no era casual. Se rumoreaban diversas historias, puras conjeturas tal vez, pero muchas personas aducían que por algún motivo muy singular la bandera ondeaba a media asta y nadie, hasta ese momento, había podido descifrar la incógnita. Si la enseña tricolor había sido enhestada a media asta, ello evidentemente obedecía al hecho de que había fallecido alguna persona de prestancia. Pero, ¿quién era el muerto de la bandera a media asta? La respuesta a esa interrogante no tardó en devenir un misterio.

Proliferaron las especulaciones: algunos sostenían que tal vez había fallecido algún familiar cercano del dictador, o acaso un alto jerarca militar del que se decía estaba muy enfermo; mientras que había quienes señalaron que podía tratarse del fallecimiento del jefe de un Estado amigo, como cuando murió el viejo Somoza. Pero de ser ese el caso, no se justificaban los encarcelamientos ni mucho menos los desplazamientos de tropas lo mismo en la capital que en el Cibao, principalmente en Santiago, Moca, La Vega, San Francisco y Puerto Plata, en donde pudo saberse que durante la madrugada también se habían producido allanamientos y detenciones de reconocidos opositores del régimen así como familiares de otros que ya estaban presos. Era evidente que algo olía muy mal, y no precisamente en Dinamarca…

Existía también el temor de que todos esos movimientos de tropas y operativos represivos contra civiles sindicados como desafectos, obedecían a medidas preventivas ante la inminencia de una posible "invasión". Estaba muy fresco aun, en la memoria colectiva, el maremágnum que se armó en el 59, cuando el fallido intento de los expedicionarios que vinieron desde Cuba. Para el oficialismo, cuanto desencadenó esa acción militar fue una cosa de locos: hubo momentos de mucha tensión y desasosiego en las alturas palaciegas y hasta que no apresaron a la mayoría de los expedicionarios, la alta jerarquía militar y la cúpula política del régimen lucieron muy nerviosos, dando palos a ciegas, toda vez que se desconocía cuál sería la suerte del grupo en el poder, en caso de que se lograra una victoria popular. Hubo algunos analistas discretos según los cuales el gobierno no superaría esa crisis. Pero, al final, terminaron venciendo y masacrando a esos muchachos, los mataron casi a todos, ¡cuántas vidas jóvenes y valiosas se perdieron!

Incluso en algunos pueblos del interior hasta se llegó a rumorear que se había frustrado un golpe de Estado supuestamente fraguado por el general Juan Tomás Díaz y su hermano Modesto junto a otros compadres y amigos. Ahora, en esta nueva crisis -si se le podía llamar así-, quienes analizaban la situación política descartaban la remota posibilidad de una "invasión", a pesar de informaciones que circulaban dando cuenta de movimientos de tropas hacia la frontera; de que diversas carreteras habían sido abruptamente bloqueadas (como cuando las expediciones de Junio del 59); de que los puestos militares habían sido reforzados y extremadas las requisas; y de que algunas emisoras de radio en la capital y en el interior habían sido silenciadas sin ofrecer explicación a sus oyentes.

Así, en medio de esas tropelías y del vendaval de rumores, discurrió la tarde de ese miércoles: con los militares acuartelados; los carros del SIM ambulando por toda la ciudad; el persistente e incesante ring ring de los teléfonos y las conversaciones sotto voce entre adultos. La rara atmósfera de desasosiego que caracterizó ese día, en especial la enseña tricolor a media asta, era un indicio de que si bien se desconocía quién era el muerto, al menos se intuía que no se trataba de un muerto cualquiera, que tenía que ser un muerto muy pesado, como consignó en su Diario el periodista puertoplateño Alonso Rodríguez Demorizi, y de quien hemos tomado prestado el título que encabeza el presente artículo.

Al cabo de de las 4:30 de la tarde en mi casa se recibió información para que sintonizaran cierta emisora radial porque iban a difundir una noticia trascendental relacionada con ESTEBAN, cosa que hicieron de inmediato. Serían, pues, las 4:45 de la tarde de ese miércoles 31 de mayo de 1961, cuando a través de Radio Caribe, primero, y poco después de la Voz Dominicana (en especial del canal 4), se disiparon todas las dudas y rumores que durante casi todo el día habían mantenido en vilo a mucha gente: el país pudo escuchar las voces trémulas, audibles y visiblemente compungidas de los locutores oficiales, algunos de los cuales no pudieron contener el llanto al momento de leer el siguiente parte noticioso:

"Ha sido vilmente asesinado el generalísimo doctor Rafael Leónidas Trujillo Molina, el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva… El alevoso crimen se perpetró en la autopista que conduce desde Ciudad Trujillo a la ciudad de San Cristóbal."

Fue entonces cuando el pueblo dominicano supo con certeza que el muerto de la bandera a media asta no era otro que el mismísimo dictador Trujillo. Nueve días con sus noches duró el duelo decretado por el Gobierno; y nueve días con sus noches permaneció la bandera nacional a media asta.

Una serie concatenada de hechos con uno que otro giro imprevisto iba a desencadenar en una insospechada atmósfera de tensión e incertidumbre para la nación. 

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