Lavando la mugre
Jabón, agua corriente y mucho puño para restregar. Riñones que terminan molidos. Horas y horas sudando al sol, restregando, enjuagando, exprimiendo, tendiendo, colgando para secar, recogiendo, doblando, y luego planchando. Bateas repletas de ropa pestilente, de sábanas manchadas con el esputo de los tuberculosos, los sudores fríos de los moribundos, y las deyecciones de los atacados por el cólera... Trabajo de esclavas, pero, gracias a Dios, trabajo que tenemos cuando a nuestro alrededor hay tanta gente sin poderse ganar el sustento, y con media vara de hambre que le sale por los ojos. Y los niños, las criaturitas que te miran sin comprender por qué los han traído a sufrir a este mundo... Por eso restregamos sin quejarnos, sin desfallecer, siempre al mismo ritmo, siempre sacando la mugre, definitivamente haciendo al mundo mejor, más limpio y más claro.
Somos las lavanderas del Ejército Nacional, o mejor dicho, de sus hospitales y dispensarios médicos. Nos llamamos Altagracia, viuda de Vargas, que lava en el hospital militar de la fortaleza de "San Luís", de Santiago; María Reyes, la del dispensario de la 13ª compañía, destacada en Barahona; Rosa Armelinda Mariné, la de la 18ª compañía, desplegada en La Vega. También Teresa Reyes, de Monte Cristy, Rosa Roche, de Elías Piña, y Fernanda Silvestre, de Ciudad Trujillo. Somos las de los movimientos acompasados, de los espasmos de hombros y caderas que ciertos rasos morbosos miran de reojo, sin saber que no nos interesan los hombres, que lo nuestro es ganarnos la vida restregando, enjuagando y exprimiendo al mundo, quitando suciedades y manchas, salvando a todos del contagio, a costa de contagiarnos nosotras mismas. Para eso nacimos. Para esos sudamos. Para eso sufrimos y lloramos, en silencio, y la gente confunde nuestras lágrimas con esas gruesas gotas de sudor que nos caen del rostro, que se unen al enjuague y que son, a fin de cuentas, las que obran el milagro de eliminar las manchas más rebeldes. Ese es nuestro secreto mejor escondido: es con dolor, con el mismo que nos sube de los pies al corazón, y que baja de la cabeza al pecho, con lo que dejamos la ropa más estropeada como nueva. Y en ellos nos va la vida, pero todo se justifica con tal de que el mundo quede reluciente y limpio, planchadito y oloroso, como debe ser, y no es.
Porque vivimos días feos, no radiantes. Vivimos años ajados, no planchados. Una época que huele a moho, no a ropa acabada de ser lavada y perfumada con ramos de vetiver. Y a pesar de eso, seguimos dando puño, empapadas de agua jabonosa, del vapor de las planchas que se calientan sobre el carbón, de este sudor sin el que ya no sabemos vivir, y del que sale el magro salario que nos llevamos a casa a fin de mes: Altagracia, $4.00; María, $2.00; Rosa Armelinda, $200; Ana Julia Batista, $1.00...
No nos quejamos, ¿para qué, y ante quién? Es mejor tragar en seco, apretar las piernas y seguir restregando, siempre restregando... ¿es que acaso los hombres lo pasan mejor que nosotras? A decir verdad, algo más les pagan, pero no mucho más. Por ejemplo, a quien hace y vende escobas criollas en este mes de octubre de 1945, en el país del Jefe, le pagan a $1,25, el ciento. Quien se desloma en los montes sacando madera, dando hacha, expuesto a las picadas de las avispas, a la soledad artera de la espesura, y a la humedad que trae la lepra de montaña y la mazamorra en los pies, le pagan a $0.5 centavos, el pie de madera.
No lo pasan mejor los que erigen el muelle de Duvergé pues, como Abelardo Pérez, cobran $5.00 al mes. Tampoco los que, como el compadre Emilio Pérez, construyeron la enramada de madera criolla, techada de cana, del muelle del lago Enriquillo, pues apenas recibieron $10.00, al final, y eso, poniendo y acarreando todos los materiales. O los braceros que con Julio Pérez descargaron un camión, que estaba repleto de mercancía, para repartirse $5.55, entre todos. Y si eso pasa con los hombres, ¿tiene sentido que nos quejemos las mujeres?
Y mientras dejamos la vida entre canciones que entonamos para no llorar; mientras restregamos para no pensar, y golpeamos la ropa para sacarle el churre, evitando así tener que golpear a los culpables de nuestra suerte; mientras andamos expuestas a las infecciones que eliminamos con jabón, agua y sol abundante, con el cauterio de las planchas de carbón, y el acabado de lágrimas furtivas, no podemos dejar de pensar que la lista no juega con el billete de la lotería, y que si bien pagan poco, deberían también rebajar el precio abusivo de los productos de primera necesidad, por ejemplo, los pasajes del transporte público y las medicinas.
Porque una latica de Nixodom cuesta $0.85, dos sueros fisiológicos cuestan $1.00; un frasco de Leche de Magnesia, $0.65; una botella de Aceite de Ricino, $0.90, un frasco de Expectorante Mágico, $1.00 y uno de Fitina, $2.00. Una aguja hipodérmica, $0.30 y un pomo de crema Lazar, nada menos que $1.90.
¿Y qué decir de los pasajes, para el que tenga que viajar, claro que no por turismo, sino por necesidad?
Un pasaje en carro público de Santiago a Ciudad Trujillo cuesta $4.37. Otro de Dajabón a la capital, cuesta $8.15, y el de esta a San Cristóbal, más o menos, $1.14. Dígame Usted, ¿cuántos meses de dar puño, de sudar colgando y planchando, solo para el pasaje? Y mientras, ¿qué le damos a los hijos para comer? ¿Cómo garantizarles la ropa escolar y los cuadernos, aunque no comamos nosotras? Porque la sábana no estira más, y los pies nos quedan siempre afuera...
Y aunque no queramos, siempre terminamos hablando de cómo viven los demás, los que no tienen que sudar de sol a sol, ni restregar ropa hedionda, ni exponerse a enfermedades extrañas que te acabarán, si tienes la mala suerte de que el contagio no te coja confesada. Y es cuando nos sube por la garganta una rabia oscura, espesa y peligrosa, capaz de hacernos callar, y restañar nuestras lágrimas, y dejar la ropa manchada, sin el detergente infalible de nuestra pena...
Sabemos, y claro que sabemos, que el comandante del Distrito Norte del Ejército Nacional, en este mismo mes, ha dispuesto de $300 pesos para pagar las delaciones y embustes tarifados, y a destajo, de los chivatos que escudriñan Haití en busca de enemigos y amenazas; que Nelson Cuevas Guzmán cobra $20.00 pesos mensuales por ser ayudante de Capellán, o sea, solo por servir a Dios lo que cobramos nosotras restregando durante casi un año; que $300.00 pesos es lo que se destina para subsidiar, cada 24 de octubre, día de San Rafael y onomástico del Jefe, las bebidas rebajadas de precio con que se embriagan los oficiales en el Club Militar, en brindis por la salud y eternidad del Generalísimo.
Sabemos, y claro que sabemos, porque no hay secretos que se resistan a barberos y lavanderas, de con los $40.00 pesos que le pagan al pendolista Julio Aybar por hacer un pergamino a pluma con un mensaje adulón de los oficiales del Ejército Nacional destinado a testimoniarle al Jefe una adhesión perruna, María Reyes, por ejemplo, viviría casi dos años. O que con los $241.75 pesos que se gastó el general Federico Fiallo agasajando a cinco tenientes coroneles del Ejército cubano, llegados en misión de buena voluntad, en el cocktail que les brindó en el Club Militar, la privilegiada Altagracia, viuda de Vargas, que es la que más gana de nosotras, podría mantenerse, junto a su familia, por espacio de cinco años. O que los $314.88 pesos pagados por la estancia de estos visitantes, alojados en el hotel "Jaragua", del 2 al 8 de este mismo mes y año, representan 26 años de sueldo para Julia Batista, la que menos cobra de nosotras... Dígame Usted si no hay mugre que restregar y lavar en este mundo cruel y mal repartido.
Y al final, ya no sabemos si cantar o llorar en medio de tanta pena y pensamientos tristes. Quizás valga la pena dejarnos llevar y saciar el morbo de los rasos que nos ven columpiar las caderas al compás del fregado, y nos suponen felices y gozadoras, sin serlo. A fin de cuentas, ¿de qué sirve trabajar como bestias, si jamás lograremos salir de esta miseria tenaz y sorda? ¿No sería mejor, al menos, unos segundos de placer fugaz, unas lágrimas menos, y un suspiro más?
Agua, jabón, espuma y puño... Dolor como mordidas de perros en los riñones. Hombros destrozados y caderas al garete... Lavar, planchar y esterilizar este mundo repleto de gérmenes y manchas. Pensar en los hijos, en esos ojazos de hambre con que nos miran; en los platos vacíos que nos muestran, mientras piden más. ¡Ay, qué dolor, qué pena haber nacido y haber parido!
Pero no tenemos mucho tiempo para sumirnos en estos pensamientos grises. Hay mucho que lavar, que despercudir, que restregar y colgar al tibio sol, que planchar, dejándolo todo oloroso y nuevo, como si del mundo triste en que vivimos se tratase.
Y si tenemos dudas de si las palabras que hemos usado para moderar nuestras lágrimas son lo suficientemente fuertes como para ello, y si "mugre" basta para caracterizar esta melcocha maldita en que estanos atrapadas en un mundo que, para el Jefe y los suyos, sigue siendo perfecto, no podemos menos que comentar que un ejemplar del diccionario "Pequeño Larousse Ilustrado" cuesta $5.00, o sea, dos meses de lo que gano...
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
Somos las lavanderas del Ejército Nacional, o mejor dicho, de sus hospitales y dispensarios médicos. Nos llamamos Altagracia, viuda de Vargas, que lava en el hospital militar de la fortaleza de "San Luís", de Santiago; María Reyes, la del dispensario de la 13ª compañía, destacada en Barahona; Rosa Armelinda Mariné, la de la 18ª compañía, desplegada en La Vega. También Teresa Reyes, de Monte Cristy, Rosa Roche, de Elías Piña, y Fernanda Silvestre, de Ciudad Trujillo. Somos las de los movimientos acompasados, de los espasmos de hombros y caderas que ciertos rasos morbosos miran de reojo, sin saber que no nos interesan los hombres, que lo nuestro es ganarnos la vida restregando, enjuagando y exprimiendo al mundo, quitando suciedades y manchas, salvando a todos del contagio, a costa de contagiarnos nosotras mismas. Para eso nacimos. Para esos sudamos. Para eso sufrimos y lloramos, en silencio, y la gente confunde nuestras lágrimas con esas gruesas gotas de sudor que nos caen del rostro, que se unen al enjuague y que son, a fin de cuentas, las que obran el milagro de eliminar las manchas más rebeldes. Ese es nuestro secreto mejor escondido: es con dolor, con el mismo que nos sube de los pies al corazón, y que baja de la cabeza al pecho, con lo que dejamos la ropa más estropeada como nueva. Y en ellos nos va la vida, pero todo se justifica con tal de que el mundo quede reluciente y limpio, planchadito y oloroso, como debe ser, y no es.
Porque vivimos días feos, no radiantes. Vivimos años ajados, no planchados. Una época que huele a moho, no a ropa acabada de ser lavada y perfumada con ramos de vetiver. Y a pesar de eso, seguimos dando puño, empapadas de agua jabonosa, del vapor de las planchas que se calientan sobre el carbón, de este sudor sin el que ya no sabemos vivir, y del que sale el magro salario que nos llevamos a casa a fin de mes: Altagracia, $4.00; María, $2.00; Rosa Armelinda, $200; Ana Julia Batista, $1.00...
No nos quejamos, ¿para qué, y ante quién? Es mejor tragar en seco, apretar las piernas y seguir restregando, siempre restregando... ¿es que acaso los hombres lo pasan mejor que nosotras? A decir verdad, algo más les pagan, pero no mucho más. Por ejemplo, a quien hace y vende escobas criollas en este mes de octubre de 1945, en el país del Jefe, le pagan a $1,25, el ciento. Quien se desloma en los montes sacando madera, dando hacha, expuesto a las picadas de las avispas, a la soledad artera de la espesura, y a la humedad que trae la lepra de montaña y la mazamorra en los pies, le pagan a $0.5 centavos, el pie de madera.
No lo pasan mejor los que erigen el muelle de Duvergé pues, como Abelardo Pérez, cobran $5.00 al mes. Tampoco los que, como el compadre Emilio Pérez, construyeron la enramada de madera criolla, techada de cana, del muelle del lago Enriquillo, pues apenas recibieron $10.00, al final, y eso, poniendo y acarreando todos los materiales. O los braceros que con Julio Pérez descargaron un camión, que estaba repleto de mercancía, para repartirse $5.55, entre todos. Y si eso pasa con los hombres, ¿tiene sentido que nos quejemos las mujeres?
Y mientras dejamos la vida entre canciones que entonamos para no llorar; mientras restregamos para no pensar, y golpeamos la ropa para sacarle el churre, evitando así tener que golpear a los culpables de nuestra suerte; mientras andamos expuestas a las infecciones que eliminamos con jabón, agua y sol abundante, con el cauterio de las planchas de carbón, y el acabado de lágrimas furtivas, no podemos dejar de pensar que la lista no juega con el billete de la lotería, y que si bien pagan poco, deberían también rebajar el precio abusivo de los productos de primera necesidad, por ejemplo, los pasajes del transporte público y las medicinas.
Porque una latica de Nixodom cuesta $0.85, dos sueros fisiológicos cuestan $1.00; un frasco de Leche de Magnesia, $0.65; una botella de Aceite de Ricino, $0.90, un frasco de Expectorante Mágico, $1.00 y uno de Fitina, $2.00. Una aguja hipodérmica, $0.30 y un pomo de crema Lazar, nada menos que $1.90.
¿Y qué decir de los pasajes, para el que tenga que viajar, claro que no por turismo, sino por necesidad?
Un pasaje en carro público de Santiago a Ciudad Trujillo cuesta $4.37. Otro de Dajabón a la capital, cuesta $8.15, y el de esta a San Cristóbal, más o menos, $1.14. Dígame Usted, ¿cuántos meses de dar puño, de sudar colgando y planchando, solo para el pasaje? Y mientras, ¿qué le damos a los hijos para comer? ¿Cómo garantizarles la ropa escolar y los cuadernos, aunque no comamos nosotras? Porque la sábana no estira más, y los pies nos quedan siempre afuera...
Y aunque no queramos, siempre terminamos hablando de cómo viven los demás, los que no tienen que sudar de sol a sol, ni restregar ropa hedionda, ni exponerse a enfermedades extrañas que te acabarán, si tienes la mala suerte de que el contagio no te coja confesada. Y es cuando nos sube por la garganta una rabia oscura, espesa y peligrosa, capaz de hacernos callar, y restañar nuestras lágrimas, y dejar la ropa manchada, sin el detergente infalible de nuestra pena...
Sabemos, y claro que sabemos, que el comandante del Distrito Norte del Ejército Nacional, en este mismo mes, ha dispuesto de $300 pesos para pagar las delaciones y embustes tarifados, y a destajo, de los chivatos que escudriñan Haití en busca de enemigos y amenazas; que Nelson Cuevas Guzmán cobra $20.00 pesos mensuales por ser ayudante de Capellán, o sea, solo por servir a Dios lo que cobramos nosotras restregando durante casi un año; que $300.00 pesos es lo que se destina para subsidiar, cada 24 de octubre, día de San Rafael y onomástico del Jefe, las bebidas rebajadas de precio con que se embriagan los oficiales en el Club Militar, en brindis por la salud y eternidad del Generalísimo.
Sabemos, y claro que sabemos, porque no hay secretos que se resistan a barberos y lavanderas, de con los $40.00 pesos que le pagan al pendolista Julio Aybar por hacer un pergamino a pluma con un mensaje adulón de los oficiales del Ejército Nacional destinado a testimoniarle al Jefe una adhesión perruna, María Reyes, por ejemplo, viviría casi dos años. O que con los $241.75 pesos que se gastó el general Federico Fiallo agasajando a cinco tenientes coroneles del Ejército cubano, llegados en misión de buena voluntad, en el cocktail que les brindó en el Club Militar, la privilegiada Altagracia, viuda de Vargas, que es la que más gana de nosotras, podría mantenerse, junto a su familia, por espacio de cinco años. O que los $314.88 pesos pagados por la estancia de estos visitantes, alojados en el hotel "Jaragua", del 2 al 8 de este mismo mes y año, representan 26 años de sueldo para Julia Batista, la que menos cobra de nosotras... Dígame Usted si no hay mugre que restregar y lavar en este mundo cruel y mal repartido.
Y al final, ya no sabemos si cantar o llorar en medio de tanta pena y pensamientos tristes. Quizás valga la pena dejarnos llevar y saciar el morbo de los rasos que nos ven columpiar las caderas al compás del fregado, y nos suponen felices y gozadoras, sin serlo. A fin de cuentas, ¿de qué sirve trabajar como bestias, si jamás lograremos salir de esta miseria tenaz y sorda? ¿No sería mejor, al menos, unos segundos de placer fugaz, unas lágrimas menos, y un suspiro más?
Agua, jabón, espuma y puño... Dolor como mordidas de perros en los riñones. Hombros destrozados y caderas al garete... Lavar, planchar y esterilizar este mundo repleto de gérmenes y manchas. Pensar en los hijos, en esos ojazos de hambre con que nos miran; en los platos vacíos que nos muestran, mientras piden más. ¡Ay, qué dolor, qué pena haber nacido y haber parido!
Pero no tenemos mucho tiempo para sumirnos en estos pensamientos grises. Hay mucho que lavar, que despercudir, que restregar y colgar al tibio sol, que planchar, dejándolo todo oloroso y nuevo, como si del mundo triste en que vivimos se tratase.
Y si tenemos dudas de si las palabras que hemos usado para moderar nuestras lágrimas son lo suficientemente fuertes como para ello, y si "mugre" basta para caracterizar esta melcocha maldita en que estanos atrapadas en un mundo que, para el Jefe y los suyos, sigue siendo perfecto, no podemos menos que comentar que un ejemplar del diccionario "Pequeño Larousse Ilustrado" cuesta $5.00, o sea, dos meses de lo que gano...
No nos quejamos, ¿para qué, y ante quién?
Es mejor tragar en seco, apretar las piernas
y seguir restregando, siempre restregando...
¿es que acaso los hombres lo pasan mejor que
nosotras? A decir verdad, algo más les pagan, pero
no mucho más.
Es mejor tragar en seco, apretar las piernas
y seguir restregando, siempre restregando...
¿es que acaso los hombres lo pasan mejor que
nosotras? A decir verdad, algo más les pagan, pero
no mucho más.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
Diario Libre
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