Una alegre cofradía
De todos los que estamos aquí encerrados, era el único al que todos respetan, al que nadie se atrevía a injuriar, y mucho menos a herir. Me llamaban El Intocable, no por ser el más fiero, ni el más fuerte, ni el más distinguido por los guardias, ni por disponer de dinero o un buen apellido. El crimen por el que me condenaron tampoco resultó del tipo espeluznante que provoca en los demás mantener una cauta distancia, y no cruzar siquiera una mirada. Podía decirse, hasta hoy, que era moderadamente privilegiado, por supuesto, en medio del infortunio de estar privado de libertad. Soy, o era, El Cuentero, ese que con las infinitas historias y relatos de extraordinarias aventuras que se sabe de memoria hacía más llevadera la vida de estos infelices asesinos, violadores, traficantes y vagos que conforman la población de esta prisión.
Para entender cómo puede ser motivo de distinción en la cárcel el saber narrar historias, aderezarlas con sonidos y gestos, provocar estruendosas carcajadas, desatar angustias, y hasta lágrimas en este círculo de ojos crueles y rostros lombrosianos que me rodea cuando cae la noche, y antes del toque de silencio, hay que haber estado tras estos muros y rejas, en San Cristóbal, y en este año de 1937.
En la pirámide jerárquica de la cárcel, yo me encontraba, por obra y gracia de mi talento narrativo natural, mi simpatía histriónica, y mi excelente memoria, justo por encima de los tres presos que reparten las comidas, y solo por debajo del que funge como secretario del capitán Febles, que es el mandamás aquí. No había tenido que imponerme a puñetazos, ni rebajarme a concesiones nefandas, ni comprar mi integridad con cigarros o alimentos introducidos de contrabando, pagados a precio de oro. Me había bastado, simplemente, abrir la boca, compartir con estos mulos apaleados, con esta marea de analfabetos llenos de cicatrices, deformados por el trabajo en el campo, estragados por el hambre, los excesos y la mala vida de perros, este don que Dios puso en mí: el saber contar historias disparatadas unas veces, y tiernas otras; aventuras exóticas de colonos en Sumatra, y de las pompas y el oropel de la corte de Bizancio, con las que no solo lograba que me tuviesen como un Iluminado, sino que hacían que hasta los guardias se uniesen al coro y dejasen, al menos por unos minutos, de repartir culatazos y macanazos, sin ton ni son.
He comprobado que solo la palabra bien dicha amansa a las fieras, y que quien la domina es invencible y siempre saldrá con provecho de todo lance en la vida. Vale más que el oro, y nadie te la puede robar. No hace bulto, ni te fatiga llevarla contigo. No se gasta y se embellece con los años. Jamás hubiese pensado, en mi infancia y juventud, que los libros y revistas que devoraba como lector impenitente, me iban a garantizar el futuro y blindarme más que las armaduras de aquellos caballeros de la Tabla Redonda del Rey Arturo, cuyos relatos de heroicidades contra magos y dragones, y sus rescates de princesas y desvalidos me eran pedidas, una y otra vez, por esta turba de canallas, que apenas sabe hablar, pero que se muere de curiosidad.
Porque aunque me hayan visto con la cabeza rapada al cero, la cara mal afeitada, andrajosamente vestido y abundantemente piojoso, como todos los demás que formamos esta masa gris e indistinguible que purga aquí sus pecados, alguna vez fui un respetado maestro de escuela, impecablemente vestido y recibido en sociedad como un hombre de bien y respeto, un joven caballero cultivado, un buen partido para las muchachas casaderas de las mejores familias, y alguien que, además, tenía un prometedor futuro en la política, pues para tribuno, yo me pintaba solo.
Debo confesar que la palabra que hasta ahora me había servido de tanto, fue la misma que, por un artero golpe del destino, frustró mis sueños y proyectos, y me sepultó en el no-ser de este antro pestilente y degradante. Porque ya lo dijo Azorín, el novelista español de "Diez minutos de parada", relato del que, dicho sea de paso, tengo una versión truculenta en clave de aventura prostibularia y con personajes del hampa, que fue uno de mis grandes éxitos narrativos: "El tiempo es un niño que juega a los dados". Y para mi desgracia, un día nefasto, hace ya dos años, perdí la apuesta en el juego de la vida. Lo mismo que me acaba de pasar hoy.
Cortejaba a una bella muchacha de una de las mejores familias de la ciudad, emparentada, por vía materna, con una hermana del Jefe, hija de un mayor del Ejército Nacional. Ella, que no era ningún ángel, me abría de noche las ventanas de su habitación, y no solo su corazón, derretida por los versos de Luis Ángel Bueza, y los fragmentos de las novelas pomposas de Vargas Vila, que me sabía de memoria. La disfrutaba a plenitud y sin costo alguno, y como suele suceder cuando uno goza de placeres impunes, llegué a acomodarme a la molicie y a perder los reflejos del gato montés, que han de acompañar siempre a todo amante furtivo.
Dormido en los laureles, o mejor dicho, entre los brazos y junto a la piel esplendorosa de aquella pícara beldad, no me di cuenta que ella misma había tramado un plan para que su padre nos sorprendiera, garantizando así la retención, a su lado y para siempre, de que quien tanto la enamoraba con la declamación de poemas empalagosos y algún que otro fragmento de "La dama de las camelias". Todo hubiese culminado de la manera esperada por ella, una calurosa madrugada de julio, de no ser porque al entrar su padre a nuestra habitación, hecho una fiera, con el revólver en la mano, y sacado yo de improviso de un hermoso sueño donde me veía como Tom Mix o Hapolong Cassidy cabalgando por las infinitas praderas del Oeste y baleando con relampagueante rapidez a mis enemigos en el salón, tuve el reflejo inconsciente de dispararle primero y al bulto. Y ahí fue donde se jodieron Tom Mix y Hapolong Cassidy.
El juicio fue breve y más relampagueante que mi habilidad soñada como pistolero. El Jefe en persona envió recado al Juez de su ciudad natal, donde mandaba aún más, si cabe, que en el resto del país, advirtiéndole que "... de no condenar ejemplarmente a quien había privado a su familia de un pariente, y a su Ejército de un pundonoroso oficial, iría en persona a colgarlo de un farol, usando para ellos las tripas que antes, con sus propias manos, me habría arrancado". ¿Asombra que se me haya condenado a 725 años, 8 meses y 16 días de prisión, con trabajos forzados, y sin posibilidad de amnistía?
Aquí la vida es dura, es verdad. Estás expuesto al calor, la mugre, los mosquitos, los piojos, las ratas humanas y las de verdad, estas últimas, menos peligrosas y asquerosas. Se padece sed y hambre, pues en las raciones de un preso apenas se gastan $0.13 centavos diarios, el desayuno eterno consiste en jengibre y un mendrugo de pan correoso, y las otras comidas, invariablemente, en harina de maíz y bacalao medio crudo. Los oficiales, los guardias abusadores que se complacen en sonar impunemente a los presos, y los tres cocineros que parecen cochinos rollizos, emulan en robar el dinero o los productos de nuestras raciones, para revender en la calle. Y para colmo, aún con hambre y fatiga, con el cuerpo quebrantado o lleno de los verdugones de las palizas, hay que trabajar largas jornadas en las fincas del mismísimo Jefe o de sus familiares y protegidos; hay que rendir y no dejar de sonreír. Y así día tras día, por años.
Es por eso que tanto cuidaba mi voz, masticando astillitas de sábila, y abrigando mi garganta con un pedazo de bandera del campamento, desechada tras ser ultrajada por todos los rigores de la intemperie, ni más ni menos, como nosotros mismos. Y todo me había ido de maravillas, hasta hace unas horas, cuando rayando el alba me levanté del jergón y descubrí, para mi horror, que alguien, mientras yo dormía, había robado mi trapo protector, y que el relente de la madrugada había hecho lo suyo, dejando mi garganta, y con ella mi voz, más estropeada que la enseña dada de baja.
Durante todo el día, consciente de mi desdicha, traté de mantenerme alejado de los demás, ocultando lo que me sucedía. Sudé frío pensando que, tarde o temprano caería la noche y a mi alrededor, inexorablemente, se abriría el círculo de mis oyentes, ávidos de saber, al fin, cómo se había escapado el Conde de Montecristo de la prisión de la isla de If. Rogué a todos los santos, sin haber sido muy devoto, pero todo fue en vano.
Hace diez minutos que estoy parado ante estos hombres, aplastados por la mala vida y el desamor, la desesperanza y la violencia, pujando por sacar algún sonido de mi garganta deforme por la hinchazón y escupiendo sangre. Contrariamente a lo que esperaba, ni me apalearon, ni me acuchillaron con esos chuzos que fabrican de mangos de cucharas, y que con tanto arte esconden en los lugares menos pensados, burlando inspecciones y requisas.
Primero me dieron palmaditas y masajes. Luego me trajeron agua en sus jarros percudidos. Y cuando estremecidos por el desamparo, la impotencia, y la premonición de que El Cuentero había perdido para siempre la capacidad de hablar, estallaron en un coro de mugidos y sollozos, como los de un ganado que llevan, sin apelación, al matadero.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
Para entender cómo puede ser motivo de distinción en la cárcel el saber narrar historias, aderezarlas con sonidos y gestos, provocar estruendosas carcajadas, desatar angustias, y hasta lágrimas en este círculo de ojos crueles y rostros lombrosianos que me rodea cuando cae la noche, y antes del toque de silencio, hay que haber estado tras estos muros y rejas, en San Cristóbal, y en este año de 1937.
En la pirámide jerárquica de la cárcel, yo me encontraba, por obra y gracia de mi talento narrativo natural, mi simpatía histriónica, y mi excelente memoria, justo por encima de los tres presos que reparten las comidas, y solo por debajo del que funge como secretario del capitán Febles, que es el mandamás aquí. No había tenido que imponerme a puñetazos, ni rebajarme a concesiones nefandas, ni comprar mi integridad con cigarros o alimentos introducidos de contrabando, pagados a precio de oro. Me había bastado, simplemente, abrir la boca, compartir con estos mulos apaleados, con esta marea de analfabetos llenos de cicatrices, deformados por el trabajo en el campo, estragados por el hambre, los excesos y la mala vida de perros, este don que Dios puso en mí: el saber contar historias disparatadas unas veces, y tiernas otras; aventuras exóticas de colonos en Sumatra, y de las pompas y el oropel de la corte de Bizancio, con las que no solo lograba que me tuviesen como un Iluminado, sino que hacían que hasta los guardias se uniesen al coro y dejasen, al menos por unos minutos, de repartir culatazos y macanazos, sin ton ni son.
He comprobado que solo la palabra bien dicha amansa a las fieras, y que quien la domina es invencible y siempre saldrá con provecho de todo lance en la vida. Vale más que el oro, y nadie te la puede robar. No hace bulto, ni te fatiga llevarla contigo. No se gasta y se embellece con los años. Jamás hubiese pensado, en mi infancia y juventud, que los libros y revistas que devoraba como lector impenitente, me iban a garantizar el futuro y blindarme más que las armaduras de aquellos caballeros de la Tabla Redonda del Rey Arturo, cuyos relatos de heroicidades contra magos y dragones, y sus rescates de princesas y desvalidos me eran pedidas, una y otra vez, por esta turba de canallas, que apenas sabe hablar, pero que se muere de curiosidad.
Porque aunque me hayan visto con la cabeza rapada al cero, la cara mal afeitada, andrajosamente vestido y abundantemente piojoso, como todos los demás que formamos esta masa gris e indistinguible que purga aquí sus pecados, alguna vez fui un respetado maestro de escuela, impecablemente vestido y recibido en sociedad como un hombre de bien y respeto, un joven caballero cultivado, un buen partido para las muchachas casaderas de las mejores familias, y alguien que, además, tenía un prometedor futuro en la política, pues para tribuno, yo me pintaba solo.
Debo confesar que la palabra que hasta ahora me había servido de tanto, fue la misma que, por un artero golpe del destino, frustró mis sueños y proyectos, y me sepultó en el no-ser de este antro pestilente y degradante. Porque ya lo dijo Azorín, el novelista español de "Diez minutos de parada", relato del que, dicho sea de paso, tengo una versión truculenta en clave de aventura prostibularia y con personajes del hampa, que fue uno de mis grandes éxitos narrativos: "El tiempo es un niño que juega a los dados". Y para mi desgracia, un día nefasto, hace ya dos años, perdí la apuesta en el juego de la vida. Lo mismo que me acaba de pasar hoy.
Cortejaba a una bella muchacha de una de las mejores familias de la ciudad, emparentada, por vía materna, con una hermana del Jefe, hija de un mayor del Ejército Nacional. Ella, que no era ningún ángel, me abría de noche las ventanas de su habitación, y no solo su corazón, derretida por los versos de Luis Ángel Bueza, y los fragmentos de las novelas pomposas de Vargas Vila, que me sabía de memoria. La disfrutaba a plenitud y sin costo alguno, y como suele suceder cuando uno goza de placeres impunes, llegué a acomodarme a la molicie y a perder los reflejos del gato montés, que han de acompañar siempre a todo amante furtivo.
Dormido en los laureles, o mejor dicho, entre los brazos y junto a la piel esplendorosa de aquella pícara beldad, no me di cuenta que ella misma había tramado un plan para que su padre nos sorprendiera, garantizando así la retención, a su lado y para siempre, de que quien tanto la enamoraba con la declamación de poemas empalagosos y algún que otro fragmento de "La dama de las camelias". Todo hubiese culminado de la manera esperada por ella, una calurosa madrugada de julio, de no ser porque al entrar su padre a nuestra habitación, hecho una fiera, con el revólver en la mano, y sacado yo de improviso de un hermoso sueño donde me veía como Tom Mix o Hapolong Cassidy cabalgando por las infinitas praderas del Oeste y baleando con relampagueante rapidez a mis enemigos en el salón, tuve el reflejo inconsciente de dispararle primero y al bulto. Y ahí fue donde se jodieron Tom Mix y Hapolong Cassidy.
El juicio fue breve y más relampagueante que mi habilidad soñada como pistolero. El Jefe en persona envió recado al Juez de su ciudad natal, donde mandaba aún más, si cabe, que en el resto del país, advirtiéndole que "... de no condenar ejemplarmente a quien había privado a su familia de un pariente, y a su Ejército de un pundonoroso oficial, iría en persona a colgarlo de un farol, usando para ellos las tripas que antes, con sus propias manos, me habría arrancado". ¿Asombra que se me haya condenado a 725 años, 8 meses y 16 días de prisión, con trabajos forzados, y sin posibilidad de amnistía?
Aquí la vida es dura, es verdad. Estás expuesto al calor, la mugre, los mosquitos, los piojos, las ratas humanas y las de verdad, estas últimas, menos peligrosas y asquerosas. Se padece sed y hambre, pues en las raciones de un preso apenas se gastan $0.13 centavos diarios, el desayuno eterno consiste en jengibre y un mendrugo de pan correoso, y las otras comidas, invariablemente, en harina de maíz y bacalao medio crudo. Los oficiales, los guardias abusadores que se complacen en sonar impunemente a los presos, y los tres cocineros que parecen cochinos rollizos, emulan en robar el dinero o los productos de nuestras raciones, para revender en la calle. Y para colmo, aún con hambre y fatiga, con el cuerpo quebrantado o lleno de los verdugones de las palizas, hay que trabajar largas jornadas en las fincas del mismísimo Jefe o de sus familiares y protegidos; hay que rendir y no dejar de sonreír. Y así día tras día, por años.
Es por eso que tanto cuidaba mi voz, masticando astillitas de sábila, y abrigando mi garganta con un pedazo de bandera del campamento, desechada tras ser ultrajada por todos los rigores de la intemperie, ni más ni menos, como nosotros mismos. Y todo me había ido de maravillas, hasta hace unas horas, cuando rayando el alba me levanté del jergón y descubrí, para mi horror, que alguien, mientras yo dormía, había robado mi trapo protector, y que el relente de la madrugada había hecho lo suyo, dejando mi garganta, y con ella mi voz, más estropeada que la enseña dada de baja.
Durante todo el día, consciente de mi desdicha, traté de mantenerme alejado de los demás, ocultando lo que me sucedía. Sudé frío pensando que, tarde o temprano caería la noche y a mi alrededor, inexorablemente, se abriría el círculo de mis oyentes, ávidos de saber, al fin, cómo se había escapado el Conde de Montecristo de la prisión de la isla de If. Rogué a todos los santos, sin haber sido muy devoto, pero todo fue en vano.
Hace diez minutos que estoy parado ante estos hombres, aplastados por la mala vida y el desamor, la desesperanza y la violencia, pujando por sacar algún sonido de mi garganta deforme por la hinchazón y escupiendo sangre. Contrariamente a lo que esperaba, ni me apalearon, ni me acuchillaron con esos chuzos que fabrican de mangos de cucharas, y que con tanto arte esconden en los lugares menos pensados, burlando inspecciones y requisas.
Primero me dieron palmaditas y masajes. Luego me trajeron agua en sus jarros percudidos. Y cuando estremecidos por el desamparo, la impotencia, y la premonición de que El Cuentero había perdido para siempre la capacidad de hablar, estallaron en un coro de mugidos y sollozos, como los de un ganado que llevan, sin apelación, al matadero.
Podía decirse, hasta hoy, que era moderadamente
privilegiado, por supuesto, en medio del infortunio
de estar privado de libertad. Soy, o era, El Cuentero,
ese que con las infinitas historias y relatos de
extraordinarias aventuras que se sabe de memoria
hacía más llevadera la vida de estos infelices
asesinos, violadores, traficantes y vagos que
conforman la población de esta prisión.
privilegiado, por supuesto, en medio del infortunio
de estar privado de libertad. Soy, o era, El Cuentero,
ese que con las infinitas historias y relatos de
extraordinarias aventuras que se sabe de memoria
hacía más llevadera la vida de estos infelices
asesinos, violadores, traficantes y vagos que
conforman la población de esta prisión.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
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