LA ERA|14 abr|1|POR Elíades Acosta Matos

En blanco y negro

El 25 de agosto de 1949, el mayor Cesáreo Oliva, comandante del Séptimo Batallón del Ejército Nacional, recibió un paquete sellado del Estado Mayor General, llevado hasta su oficina por un mensajero medio bizco y adulón. No más verlo entrar, enroscado como una serpiente, la cosa empezó a saberle mal. Porque a pesar de su aparente rigidez, el mayor Cesáreo Oliva era buena persona, un hombre recto y disciplinado, imbuido a conciencia del honor que la vida le había deparado, al haber nacido, ingresado al Ejército Nacional, y ascendido hasta el grado que sobre sus hombros ostentaba, en el mismo tiempo histórico en que el Generalísimo mandaba, respiraba, bailaba sus merengues favoritos, descorchaba sus botellas de brandy español y se refocilaba con niñas impúberes en la Casa de Caoba. Y digo que la cosa empezó a saberle mal, porque si bien no era el mayor Cesáreo Oliva un hombre muy inteligente, había heredado de su abuela materna, que en paz descanse, la capacidad para las intuiciones que lindaban a veces en la clarividencia.

Cuando el paquete estuvo depositado sobre su mesa y el mensajero se hubo retirado, no sin antes alabarle el buen semblante que lucía aquel día, y la bizarría conque llevaba el uniforme militar, el mayor Cesáreo Oliva supo, de golpe, que el contenido del paquete le depararía algún disgusto. No en vano por la ventana se filtró una especia de angustia inasible que desplazó prontamente al resol del mediodía, y se escuchó, con descarada nitidez el golpe de un gong chino y el aleteo de cientos de pájaros invisibles. La amenaza encerrada entre aquellos papeles de estraza, anudados con finas cuerdas, se le volvió tangible cuando tuvo la visión inexplicable de un problema inminente, de un peligro en ciernes. Sin acabar de saber de qué se trataba, y sin articular ni un sonido, semiparalizado por la certeza de lo inevitable, el mayor Cesáreo Oliva dejó de escuchar cómo los sargentos se desgañitaban en el polígono de infantería, en la inútil tarea de enseñar a los rasos del último enganche, cómo debían girar a la izquierda o la derecha, según sus voces de mando.

De inicio no tuvo valor para rasgar los sellos del envío, como si temiese despertar a la cobra que probablemente sesteaba en su interior. Miró con detenimiento cada accidente de aquel envoltorio vulgar, y comprendió que nada en él debió haberle predispuesto: se trataba de uno más de los mismos paquetes aburridos con modelos para informes y redundancias de cuartel, conque el Alto Mando acosaba a los oficiales al frente de las unidades. Ellos, los de filas, los encargados de compartir la vida con los raso y escuchar sus imbecilidades; los responsables de sacar de aquella masa informe una tropa de soldados de utilidad para la Patria y la gloria inmarcesible del Ínclito Varón de San Cristóbal, eran virtualmente aplastados por el bombardeo de papeles y formularios, planillas y protocolos tan del agrado de ese pequeño burócrata ruin y perennemente asustado que era el general Negro Trujillo, el Hermanísimo, situado al frente del Ejército Nacional para que el Jefe pudiese ocuparse de cosas de alcance mundial, y no de firmar pagarés de la Intendencia, denegar solicitudes de ascensos y traslados, y hacer que los militares pagaran las míseras pensiones de un peso mensual a los hijos que desperdigaban por doquier.

Por eso, el mayor Cesáreo Oliva intentó consolarse suponiendo que algo había fallado en el hasta entonces infalible dispositivo que alertaba de los peligros envueltos que su abuela le había legado por los caprichos de la sangre y la genética, y que lo único que podía esperar que emergiese de dentro del paquete era un puñado de estúpidos formularios donde preguntaban lo mismo de diez maneras diferentes, para no ser leídos por nadie y que, claro, terminarían siendo escrupulosamente archivados. Fue entonces que después de aguantar la respiración, se atrevió a tomar entre sus manos el envoltorio y rasgarlo de un solo golpe.

Sobre su mesa de trabajo cayeron las fotos del Generalísimo como una misma cascada repetida, plantando un bosque en blanco y negro donde el famoso bigotico ridículo, la cara enharinada de Polichinela napolitano, y los entorchados de opereta competían con la extrema gravedad de la pose mayestática. En efecto, pensó el mayor Cesáreo Oliva, no había especial motivo de inquietud al recibir aquellas fotos del Jefe, pero al observar sus ojos astutos, se volvió a llenar de un terror animal, igualmente inexplicable: el Hombre lo miraba, directamente a él, no había dudas, y de nuevo se le encendieron en las venas y los capilares los glóbulos de la sangre adivinadora de la abuela.

El mayor Cesáreo Oliva tragó en seco y avanzó, qué remedio, hasta tomar en sus manos el endoso que acompañaba a las fotos.

"Se le remiten fotografías de nuestro querido e ilustre Jefe Supremo, Padre Espiritual, Generalísimo Doctor Rafael Leónidas Trujillo y Molina-escribía el remitente del Estado Mayor- Honorable señor Presidente de la República y Benefactor de la Patria, para que Usted las distribuya entre los alistados de esa organización bajo su mando"

Y eso era todo. Ni una serpiente, ni una bomba, ni una orden amenazante, ni un castigo, ni su cancelación como oficial, simple y sencillamente un puñado del mismo combustible de siempre, no pudo dejar de pensar en lo más íntimo y sin por ello atreverse a faltarle en nada el respeto al Jefe, de lo que movía las escasas neuronas de los rasos embrutecidos por el hambre, el alcohol, la falta de afecto y las violencias de toda una vida: las imágenes idólatras del culto al Dios Viviente, con el que se cementaba el país, y que eran tan necesarias como la salida del sol cada mañana, o la tenue lluvia que hacía reventar las semillas en los surcos. Puede que en lo profundo de su corazón de católico ferviente, el mayor Cesáreo Oliva no aprobase la adulación en demasía, pero se consolaba pensando, que el mismo Cristo había legado la fórmula para que los estómagos demasiado delicados, como el suyo, no se revolviesen ante los apremios de la vida real: "A Dios lo que es de Dios, y al César, lo que es del César"

Por eso, aún con el salto en el corazón con que recibiese el paquete, tomó la pluma y redactó al texto del endoso que remitiría, a su vez, a cada uno de sus alistados, explicándoles el sentido de aquel regalo personal que el Jefe había tenido a bien enviarle a cada uno, y la manera de honrar semejante deferencia.

"Esta Comandancia de Batallón-escribió- tiene especial interés en que cada hombre bajo nuestro mando, que al obsequiársele una fotografía de nuestro eximio gobernante, sepa valorar la importancia de conservarla con dignidad, orgullo, amor y el respeto que se merece, y que comprenda, en lo profundo de su alma, que por dicha consideración está en la obligación de mandarla a poner en un cuadro adecuado, y que en todas las inspecciones debe figurar en un sitio visible de la cama. Se espera de cada soldado bajo mi mando -concluía el inspirado mayor Cesáreo Oliva- que ponga la debida atención a fin de que la presente disposición sea observada adecuadamente"

Redactado su endoso, se sintió notablemente aliviado, y aunque aquellos ojos de pesadilla lo perseguían a cada paso que daba por su oficina, dedicó el tiempo a separar las cantidades debidas por pelotones y escuadras, y ordenar a su asistente, no menos lambón que el mensajero bizco, que sacara copias de su escrito para que cada raso recibiera la foto con sus instrucciones, no más regresar del entrenamiento de infantería.

Se había quedado medio dormido en la silla, arrullado por el resol del mediodía y las tensiones sufridas, quizás como su manera personal de hacer callar a la abuela que seguía rezongándole alertas y aprehensiones al oído, cuando sintió el alboroto de los reclutas entrando al cuartel. Para que descubriesen el regalo, su asistente había depositado cada foto y la copia de sus instrucciones sobre las cajas de madera que servían de baúl para sus exiguas propiedades. Optó por no mirar, por no disfrutar del asombro y el reverente fervor que debió acompañar a cada uno de sus subordinados, al recibir tamaño regalo personal del Jefe. Rumiando su placidez volvió a adormecerse.

El mayor Cesáreo Oliva nunca supo cuánto tiempo había dormido, estrujado por sus temores y premoniciones inútiles, pero sí que fue despertado por el porrazo de los gritos de los sargentos y los ayes de dolor de la masa de rasos que, a puras patadas y gaznatones era empujada por estos hacia el polígono. Alcanzó a escuchar frases entrecortadas donde la palabra "sacrilegio" no muy frecuente de escuchar en los cuarteles, competía en repeticiones con la de "mataremos a los culpables y los desollaremos vivos, por haber mancillado la cara del Jefe"

Pistola en mano se lanzó hacia el cuartel, ya vacío. Registró rincones buscando una explicación a tanta furia, y solo al entrar en las letrinas sintió el sonido de su desgracia en el gong chino y el aletear de los pájaros invisibles: en el fondo de varios excusados, manchado por sustancias viles, compartían la ridiculez de la infamia tanto su carta como varias fotos del Ínclito. Fue el momento exacto cuando el mayor Cesáreo Oliva escuchó la inconfundible risa burlona de la abuela.

 

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