Manuel Arsenio Ureña, un hombre del tamaño de las montañas más altas

Cuando a alguien le han ponderado una persona y uno está en ascuas por conocer alguien importante, la primera impresión resulta escudriñadora. Sin embargo, mi pariente Heddel Cordero me invitó a su casa campestre de la Cumbre sin advertirme que habría un invitado especial, sino sencillamente que estaría don Manuel.
Lo mejor que sucede en los encuentros abiertos en camaradería sana, escanciando buenos vinos y comiendo viandas frescas bajo los árboles, es que fui sin saber quién era, solo se trataba de un amigo de un amigo. Me fascina conocer otros seres humanos abiertos y francos que saben sonreír. De modo que la conversación fluyó con naturalidad campechana y menudearon los chistes y las anécdotas. Así conocí sencillamente a un hombre que me cayó bien porque respiraba bonhomía; es posible que sus ropas fueran de grandes marcas, camisa mangas cortas, pero nada de ostentaciones. Se veía, sí, que era un próspero hombre de negocios y de un momento a otro saltó el nombre: don Arsenio.
Voy a confesar que soy el ciudadano más ignorante en este país de las personas que tienen fortunas; sencillamente para mí todos los seres humanos somos iguales y el dinero no es algo que diferencie si no es por la insolencia del poder. De modo que aquel ciudadano alegre y despreocupado que me cuenta que es de Sajoma, una región muy amada por mí, descendiente de militares españoles que al terminar la guerra de Restauración enamorados de la tierra o de algunas criollas o simplemente de las montañas feraces, decidieron quedarse dando lugar a esas hermosas serranas de ojos claros y cabelleras rubias, me conquistó plenamente.
Yo conocí a don Manuel Arsenio Ureña como un simple ser humano. Charla franca y amena y reclamos de quienes sabían que cantaba. Al despedirse nos regaló una de esas melodías que atesoraba y que guardaba para familiares e íntimos: nos cantó un tango gardeliano. Lo hizo con potente voz y modulación perfecta. Quisimos que repitiera, pero con aquella sonrisa suya que tajaba cualquier diferencia, se marchó dejándonos el recuerdo de su personalidad fulgurante.
Días después me envió una nota de historia donde atestiguaba sus orígenes hispanos, y de ahí en adelante por pura afinidad humana cultivamos una amistad muy hermosa, que no turbaba, aunque me había dado su teléfono personal, pero que produjo luego inolvidables encuentros.
Después de aquel contacto, siempre mantuve el deseo de volver a encontrarme con él, fuera de la ciudad y de la burocracia y, naturalmente, me quedé con las ganas de escucharlo cantar otros tangos.
En uno de esos turismos literarios por el interior del país fuimos Rafael Castillo, Pedro Pompeyo Rosario y José Javier Bueno a visitar al compañero de estudios y viejo periodista Miguel Ángel Ruiz Brache, que junto con su esposa Dochy se habían encampanado en las sierras de Sajoma y amanecimos los cuatro primeros entre las lomas pinares adentro.
En la mañana, pasando pomares y pinares, respirando el aire delgado y puro de las serranías, cuando bajábamos hacia la población de San José de las Matas vimos una capilla exótica en medio de la lujuriosa sinfonía del bosque y, fascinados, como relaté en esa ocasión, bajamos para oír terminar la misa de domingo y pasear por caminitos bordados de flores.
Los lugareños que calentaban sus huesos a la vera del camino nos informaron que esa era la Capilla de doña Camila y que don Arsenio estaba en misa.
Don Arsenio y doña Camila, así, sin apellidos, como lo que eran y ahora son, dos personajes de novelas.
Esperamos y fuimos ampliamente recompensados porque nos llevó a su casa campestre, nos brindó excelentes caldos que me dio a escoger en su cava, comimos de los jamones iberos que perfumaban el ambiente y más que nada disfrutamos de su conversación y de su simpatía. Le leí unos capítulos de mi novela inédita "La Luisa" y de ahí en adelante siempre me preguntaba por uno de los personajes, porque el que sintió una piedad muy especial, por el pobre padre Purito.
Mantuvimos esa discreta y cálida amistad de dos personas de edades a quienes gustaba tanto el vino, al extremo de que una noche me acompañó adonde un francesito que tenía una vinatera en Gascue y luego me envió a casa porque era temporada de pelota y quería ver el final del juego de las Águilas.
La única vez que le ocupé para ayudar a un amigo con problemas, solo me dijo que cuánto era y extendió el cheque personal a nombre de la persona, sin saber quién era.
Don Arsenio nunca hizo ostentaciones. Todo lo contrario, contaba con mucha gracia sus orígenes, sus trabajos en Santiago desde los más humildes realizados con ese tesón del que han hecho gala los serranos a través de los tiempos.
Tuvo la suerte también de encontrar una compañera solidaria y paciente, que además de reunir las prendas de una dama, siempre mantuvo ese qué sé yo de la mujer clásica cibaeña de ocupar su lugar con dignidad, amén de amar las flores con la devoción con que lo hace doña Camila Rodríguez.
Informado por mi pariente Heddel Cordero de su gravedad y de lo inminente de su tránsito, me preparaba para estar presente junto al viejo y querido amigo, pero desde la clínica donde me encontraba confinado solo pude seguir los ecos de su despedida y en medio de la fiebre y de las incomodidades tuve las naturales pesadillas viendo cómo se van los buenos que no pueden ser reemplazados porque, los únicos son únicos, aunque el país no se dé cuenta cuando los pierde que es peor que si se quemara la sierra. En el infinito espacio del recuerdo lo veo otra vez en medio de las macadamias sembradas por sus manos, bajo cuyas sombras atenuamos el rigor del mediodía en Los Montones, y lo siento crecer sobre su tumba y con el paso de los días agigantarse desde que brille el sol hasta alcanzar las alturas de las montañas más altas.
Yo conocí a don Manuel
Arsenio Ureña como
un simple ser humano.
Charla franca y amena
y reclamos de quienes
sabían que cantaba.
Al despedirse nos regaló
una de esas melodías
que guardaba para
familiares e íntimos.
Don Arsenio nunca hizo
ostentaciones. Todo lo
contrario, contaba con
mucha gracia sus
orígenes, sus trabajos en
Santiago desde los más
humildes realizados con ese tesón del que han
hecho gala los serranos
a través de los tiempos.
Diario Libre
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