LA ERA|09 jun|2|POR Eliades Acosta Matos

La eternidad, según el Jefe

Todas las señales que podían leerse en el viento, aquella primavera de 1961, eran desfavorables. Recuerdo bien la sensación de naufragio que nos inundaba cuando veíamos pasar por los pasillos de Palacio a la sombra de lo que fue el Jefe, aquel que fue un semidiós implacable, de ceño siempre fruncido, estirado y escrutador, controlante y terrible, que nos hacía saltar de nuestras sillas y escritorios, como resortes cortesanos, de solo sospechar que andaba cerca, y que en cualquier momento, como era su costumbre, podía asomarse a la puerta de la oficina, solo para mantenernos en jaque, sin decir una sola palabra, quemándonos con el fuego de sus ojos hipnotizantes.

Pero de aquella presencia divina y enérgica apenas restaba un viejito malhumorado y resabioso, que se había encogido aún más, si cabía, consumido por los malos humores de sus excesos y el peso de tanto muerto gratuito y los uniformes de gala. Una presencia tenue, como un golpe de lavanda, o de incienso que se quema en su postrer deslumbramiento, que despertaba más deseos de arrullarlo y acariciarle la cabeza, donde las canas raleaban, antes que hacerle pagar, con su sangre, tanto miedo, tanta angustia y tanto abandono de la hombría de bien, como el que nos había hecho padecer.

Todas las señales eran malas, sin dudas, pero estábamos tan atados a su sino, que ni abandonarlo podíamos. Mucho menos traicionarlo, como merecía quien no respetó a nadie, ni se conmovió con madres, hijas o hermanas, ni con idealismos de jóvenes imberbes, ni con la decencia de quienes creyeron que con virtudes podían conjurar el ventarrón terrible de su mala conciencia.

Bien recuerdo que en la primavera de 1961 estábamos todos sus funcionarios congelados, esperando lo inevitable, atrapados en la inercia de quien nos educó en la pasividad de los eunucos, solo rogando, en lo más íntimo, porque el hacha que derribaría, sin falta, al viejo roble, se sintiese saciada con su sangre, y no reclamase la nuestra, ni la de nuestros hijos. Y por supuesto, que no reclamase toda la riqueza que habíamos amasado en aquellos años de bonanza para nosotros, indudablemente, los canallas.

Fue entonces cuando alguien, seguramente de la oficina del Astuto Presidente, se apareció con el texto de uno de sus discursos, pronunciado en San Cristóbal, ante el Congreso Nacional, el 27 de febrero de 1952, que actuó sobre nuestro nerviosismo como un bálsamo, evitando que se produjese, antes de tiempo, la desbandada final. "El Nuevo Estado Dominicano" se titulaba, y recuerdo, perfectamente, que nos hizo recobrar un poco de confianza en nosotros mismos, en nuestro futuro, porque nos hizo comprender que todo lo vivido obedecía a un plan perfecto, y que tanta perfección no se iba a ir por el tragante de la Historia, como si de nada hubiese valido. Y así fue.

"El único aglutinante de la interdependencia es la eficiencia de la autoridad -decía el Jefe-. Nadie le hace gustosamente concesiones al Estado, sino para que éste le devuelva en servicios, comodidad y tranquilidad el precio de sus concesiones".

Claro como el agua, pensamos en aquella primavera premonitoria. Toda la mano dura, toda la represión preventiva, todo lo que significó mantener a raya al populacho levantisco fue para demostrar eso que el Jefe llamaba "la eficiencia de la autoridad". Genial El Viejo, sin dudas, y era tan tarde que nos dábamos cuenta. Ahora sabíamos, y en lo adelante recordaríamos, que cuando no estuviese, ya nos había condenado a suspirar por el orden que representaba, y a pedir mano dura para poner a raya al vicio y la inhumanidad que nosotros mismos producíamos en los pobres. Jugada genial, sin dudas.

"Como sabéis -había dicho nueve años antes, y lo sentíamos como un consuelo- constantemente me he empeñado en renovar con hombres jóvenes e inteligentes el personal directivo de la administración, tratando con ello de preparar para el porvenir el material humano que habrá de sostener el peso de las responsabilidades que entraña el manejo de la cosa pública. Nunca he creído en los hombres insustituibles -sostenía, con monumental hipocresía y la cara dura de un Arlequín veterano- ni en la utilidad de los mascarones de proa. El gobierno es energía y vitalidad".

Pero no lo era. Al menos él ya no lo encarnaba. Por eso nos aferrábamos a sus vaticinios y premoniciones, sintiendo que nos quedaba poco; que nuestro tiempo era pasado y que se hundiría junto con la sombra de quien así había hablado. Pero leyéndolo tuvimos, en medio de nuestro crepúsculo, la seguridad del renacer, porque eso era lo que nos anunciaba: la maldición de su recurrencia debida a la incapacidad nacional para unirse en un proyecto nuevo y decente de nación. Y precisamente por eso, no saldríamos adelante sin él, y así lo dejó escrito, aun cuando los políticos renegasen públicamente de quien reverenciarían en la soledad de su inmundicia, teniéndole por el arquetipo del cabrón que jode a todos y jamás paga lo consumido. A saber, el sueño húmedo de todos nuestros políticos.

"Está bien que el esfuerzo se reparta-decía con el dejo burlón de quien se caga en todos, y aún lo goza- y que el Partido y el pueblo se convenzan de que las proyecciones de mi influencia política han alcanzado ya alcance permanente".

Y fue justamente aquí, en este punto del texto, donde comprendimos lo que no habíamos alcanzado a entender hasta ese momento, más o menos, que formábamos parte de una legión eterna, que regresaría, una y otra vez al escenario político dominicano, tantas veces como la propia nación flaquease; tantas veces como la matanza cotidiana de la delincuencia irrefrenable pusiese los pelos de punta; tantas como apareciesen cientos de cédulas en una alcantarilla de Santiago, después de las elecciones; con la misma frecuencia con que no se hablase de Patria en las escuelas, o fuese más importante la farándula que la ciencia que produjese el país.

Y fue así como en aquella primavera donde todas las señales apuntaban al naufragio total, aquel texto actuó como un detente, o un bálsamo, sobre nosotros, la burocracia trujillista, que aunque no teníamos que ver con la 40, también teníamos las manos ensangrentadas. Y en esa misma medida seguimos viviendo la buena vida que el Jefe nos regaló, con tal de que le fuésemos serviles como ovejas, confiados en que, aún tras su muerte, volveríamos una y otra vez. Y por supuesto que volvimos.

"La obra está ya arraigada en la estructura misma del Estado -concluía- hasta el punto de que sin ella volveríamos al caos y al desequilibrio. Nosotros hemos trabajado con expresión de eternidad… No podemos detenernos en la marcha porque el impulso mismo de la actual dinámica gubernamental nos empujaría a la acción y al movimiento".

Quedaba dicho, y a todos nos marcó en la frente. El Jefe convocaba a su tropa desde el más allá de la muerte, conminándola a regresar tantas veces como hiciese falta.

Pero entonces no podíamos entenderlo, más allá de la lástima reprimida que provocaba aquel viejito que iba dejando girones de poder tras su paso vacilante, y su aferramiento al pasado glorioso de su enormidad. Claro que no podíamos entenderlo, porque a los hombres no les es dado escudriñar más allá de sus circunstancias, y aquel coloso homicida se hundía sin remordimientos en la oscuridad de su propio ser, todo lo cual era inexplicable y peligroso.

Y entonces fue, en medio de nuestra tardía esperanza, que lo vimos irse un 30 de mayo, sin despedirse, dejándonos colgados de todo taconeo en los pasillos de Palacio, levantándonos como resortes cortesanos cuando creemos que va a asomarse a la oficina. Huérfanos monstruosos, suspirando por nuestra propia y evidente deformidad moral.

Trabajó para la eternidad, y no tuvo empacho en reconocerlo. Me condenó, como a tantos, a estar pendiente al taconeo por los pasillos, y a la nación, a estar pendiente de la violencia y del recelo contra la nación misma. Una refinada burla final del hijo de puta monumental que era.

Porque estoy convencido de que seguirá vivo, marcándonos qué hacer, cómo comportarnos, contra quién formar, y a quién adular; de qué manera joder al vecino; como violar la ley; de qué manera vivir bien sin trabajar; cómo eludir el pago de la electricidad que consumimos; de qué manera golpear o acuchillar impunemente a una mujer, hasta que lo enterremos definitivamente.

Y mientras no lo logremos, Él será eterno, inmortal, infalible y perfecto.

Y hasta nosotros, sus hijos predilectos, estamos anhelando su muerte definitiva. Porque tenemos miedo. Por algo nos sembró en el alma un miedo infinito a su cólera. El miedo a los demás.

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