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Jérjes y las fronteras violáceas

En realidad, yo lo que quería era besar a la hija del dueño del circo, esa amable amazona rubia y rosada, a la que las ligas de las medias y el mallot trazaban fronteras violáceas en la parte trasera de los muslos, allí donde arranca el sitio divino en que la espalda pierde su nombre. Solo eso, pero siendo tan sencillo y comprensible, de todas formas se me antojaba inalcanzable. No era tan fácil que un simple tarugo de circo pudiese soñar. Y yo lo hacía, especialmente en la madrugada, entre la sequedad de mi jergón y el silbido de las serpientes pitón que custodiaba, oyendo resoplar a Bobo, el elefante agonizante que, a su vez, soñaba con las selvas infinitas de Birmania. Era en ese pequeño intervalo de silencio, un verdadero lujo en un circo bullanguero, y para más inri, dominicano, cuando estiraba mis labios buscando los de Estela, la inigualable belleza rubia de las ligas y el mallot ajustado, y solía despertarme conectado a la trompa de Bobo, un cilindro baboso y chupador, plagado, además, de pelos duros como alambres.

Era mi sino, y mi maldición soñar, la de un humilde muchacho nacido en una familia de muertos de hambre de la Línea Noroeste, llevados, casi a la fuerza, a una colonia agrícola con el objetivo de dominicanizar la frontera, imaginar lo imposible, lo inalcanzable, no mantenerme pegado a mi circunstancia, anhelar lo que no me tocaba.

Ni mi pobre madre, y mucho menos mi padre, una sombra silenciosa y dura, curtida en los combates por la vida, las hambres de la infancia, la desesperanza, la falta de ternura y los malos alcoholes, pudieron entender cómo su hijo número catorce, en nada diferente por fuera a los demás, pudo haberles salido soñador e idealista. Una verdadera vergüenza, pensaban, cuando me miraban con la lástima con que se suele mirar a los leprosos, o a los que nacen con un labio leporino.

Desde que tengo uso de la memoria, ellos, y todos a mi alrededor, me consideraron, como un chico anormal, enfermo por haber nacido con un derroche criminal de sesos puestos en la sesera de un simple campesino; anormalmente propenso a las fantasías que, por ley natural, estaban vedadas a los andrajosos miserables, como nosotros. Porque bastante teníamos con resistir las sequías, los aguaceros, la soledad del monte, la escasa comida, el andar descalzos, los parásitos, el analfabetismo, la mortandad derivada de un simple acceso dental o un parto, los mítines incomprensibles de la Junta Municipal del Partido Dominicano, los palos y las gabelas a pagar a los rasos o los Alcaldes Pedáneos, como para andarnos con sueños tontos de señoritos, o gente ociosa de la ciudad.

Y precisamente por eso, yo me distinguía. Y por ello me tomaban algunos de aquellos infelices como un iluminado, y otros, la mayoría, como un endemoniado. Y por esa causa salí huyendo un día en que oí lo que estos últimos se proponían hacerme, para sacarme el demonio del cuerpo, y que comunicaban a mi madre llorosa, y a mi padre, resignado. Y así me escapé de la choza donde nací, y dando vueltas y traspiés, llegué a este circo ambulante de ripios y costras, donde me aceptaron como tarugo. Y fue entonces cuando, como un rayo inesperado, fui derribado por la imagen rubia de Estela, por su olor inmisericorde a mujer limpia y nueva, por esa visión de las fronteras violáceas en las corvas que me empezaron a perseguir más que la trompa babosa de Bobo, o los silbidos nocturnos de las pitón.

Sencillamente me enamoré. Y lo que hubiese sido algo natural y hasta hermoso, era monstruoso, y un desafío al orden natural del mundo, tratándose de lo que sentía un mísero peón de circo por la hija del patrón, o sea, algo tan escandalosamente subversivo como haberse cagado, Dios me libre, en el Jefe, o en su augusta madre, Doña Julia Molina. Pero así resultó, y nadie pudo impedirlo.

Muchas veces me dije que esa obsesión terminaría por tragarme, y en efecto, me tragó. Y no solo me tragó, sino que también me masticó, dejándome descoyuntado y macilento en esta prisión donde cumplo mi pena, entre viciosos inveterados, que jamás sueñan, y tipos mal encarados que matarían por un trago de clerén, dos cigarros, o que los saquen a trabajar en el desyerbe de la hacienda "Fundación", de donde, los más audaces y descarados, han regresado como cabos o sargentos, ni siquiera como simples hombres libres, según les hayan caído en gracia a los Trujillo, o se hayan prestado para vapulear hasta la muerte en "El Coliseo" a los pobres presos políticos que el régimen, cada cierto tiempo, devora en hecatombe no menos circense que la nuestra.

Todo ocurrió de manera inesperada, y a la vez inevitable. Era una noche cálida, de esas en que las enredaderas del monte estallaban en olores de leyenda, haciéndonos olvidar los límites, especialmente a los soñadores crónicos. Las gradas del circo estaban repletas, y aunque circulaban entre el público las botellas, como era natural, nadie se había propasado con Bobo, levantándole el rabo en busca del sexo, ni aún habían intentado, como solía ocurrir, hurtar una de las pitones para ver qué tal era el sancocho que daba. Nunca supe que entre los presentes había una comisión de personeros del gobierno, en misión de supervisión fronteriza, ni que tales personajes, acribillados por el calor y las picadas de los mosquitos, habían empinado el codo más de lo debido.

La función había transcurrido con normalidad, incluso algo aburrida, hasta que Estela salió a escena con sus medias de locura, su mallot subversivo, y aquellas marcas violáceas en las corvas perfectas, preludio de lo que se podía sacar, con buen tino y cierta sabiduría, de aquella piel tan fina y tan blanca. Por supuesto que no era la primera vez que la veía actuar, pero sí la primera en que el olor de las enredaderas me liberaba de mi conciencia, como si me emborrachase, como si una nube me tragase y me transportase a un mundo ideal, donde solo habitaban mujeres y hombres, no hijas de patrones y empleados miserables enamorados, como suicidas lamentables.

Ella actuaba con sus caballos, con sus loros, con las pitones y Bobo, y hasta con un exótico jaguar malhumorado que nos habían vendido unos indios pétreos, cuando irrumpí en la pista, como un loco, como un esclavo de amor, como un suicida, fuera de control, carente de decencia y de responsabilidad, al ver que aquel elefante apátrida envolvía ese cuerpo perfecto con la trompa cilíndrica de mis malas noches. No pude más, y todos los sueños represados estallaron, llevándose por delante, en primer lugar, mi propio instinto de supervivencia. Salté al ruedo y aquel salto me trajo hasta aquí, hasta esta prisión malsana donde solo sale la tercera parte de los que entran, y jamás, los soñadores.

"¡Maldita sea la estirpe de los elefantes!-me contaron luego que grité, al saltar al ruedo- ¡Malditos sean estos fofos esclavos de Jérjes y de Alejandro Magno, indignos lambones, capaces de toda traición y desafuero, babosos y mastodónticos, como tantos poderosos que yo conozco!"

Por supuesto, que fue esta última frase la que me perdió, sepultándome lejos de la libertad, de mis sueños, y de Estela.

Me sometieron, apenas transcurridas dos horas después, acusándome de subversivo e ingrato con el Jefe, a quien todo dominicano debía la felicidad, la paz, y el acceso a la modernidad. Esa fue la acusación de los funcionarios llegados de la capital. De más está decir que me pasaron varias veces por "El Coliseo", donde mis compañeros de prisión me vapulearon de lo lindo, como si jamás me hubiesen conocido.

La justificación de mi castigo no fue que había violado las fronteras inviolables de las diferencias sociales, sino que había infringido la Ley 4280, del 14 de septiembre de 1955, que estipulaba lo siguiente:

"Todo aquel que sea por discurso, gritos o amenazas proferidas en lugares públicos, sea por medio de escritos o impresos distribuidos, puestos en venta o expuestos en lugares o reuniones públicas, altere de manera categórica, con el definido propósito de crear confusión y de engañar al público, la verdad histórica positiva o real, según haya sido admitida o determinada por la Academia Dominicana de la Historia o antes, será sancionado con penas de prisión correccional y multa de RD $10.00 a RD $ 500.00, o con una de las dos penas, según las circunstancias…"

¿Cómo yo podía haber sabido, antes de saltar al ruedo y proferir mis imprecaciones, que la venerable y docta Academia (trujillista) de la Historia, había establecido antes, como verdad revelada, que Jerjes y Alejandro Magno eran " agentes del progreso y precursores de La Era, con sus reformas y geniales transformaciones sociales, preludio y prefiguración de las nobles iniciativas del Benefactor de la Patria, y Padre de la Patria Nueva"

Y aquí estoy, definitivamente lejos de Estela, de las pitones y de Bobo, a quien, en rigor, no odiaba. Juzgado por los señoritos fofos llegados de la capital, condenado por un crimen imaginario. Muerto en vida.

¿Cómo iba yo a saber, pobre y casi analfabeto, que la venerable Academia Dominicana de la Historia había publicado la obra de Rodríguez Demorizi titulada "Jerjes: ¿Héroe epónimo de Persia?"